ARMANDO FUENTES "CATÓN"
ARMANDO FUENTES "CATÓN"

El mejor escudo contra la tentación es preguntarte: “¿Y si se sabe?”. Era día de ayuno y abstinencia, pero el padre Arsilio sintió la irresistible tentación de comerse un buen trozo de carne. Fue a un restorán y pidió un sirloin término medio, jugoso. Sabía lo que los buenos cocineros saben: que lo cocido, bien cocido, y lo asado, mal asado. Sabía también que la única manera de librarse de una tentación es caer en ella. (Una de sus feligresas, la señorita Peripalda, confesaba que nunca luchaba contra las tentaciones. Decía: “¿Y luego si no vuelven?”. Tenía razón: en la primera mitad de la vida es difícil no caer en las tentaciones; después es muy difícil encontrarlas). El mesero le trajo su sirloin al padre Arsilio, y él lo cortó para probarlo. ¡Qué bueno se veía! Estaba tierno, de un incitante color róseo, suculento. Se llevó a la boca el primer trozo de aquel rico manjar. En eso se oyó el fortísimo trueno anunciador de una tormenta de verano. Alzó la vista a lo alto el padre Arsilio y preguntó, contrito: “Señor: ¿tanto escándalo por un poco de carne, y que ni siquiera es de la otra?”. Babalucas le contó a un amigo: “Mi perro persigue a todos los que pasan en bicicleta”. Le sugirió el otro: “¿Por qué no lo encierras?”. “No me gusta tenerlo encerrado –replicó Babalucas–. Mejor le voy a quitar la bicicleta”. El sultán reunió a sus trescientas esposas. “Siento decirles que voy a pedir el divorcio. Perdónenme, pero en el corazón no se manda, y me he enamorado de otro harén”. Díaz Ordaz nos dejó de herencia la sangre derramada. Echeverría nos dejó de herencia la demagogia populista. López Portillo nos dejó de herencia la frivolidad. Miguel de la Madrid nos dejó de herencia la inflación. Salinas de Gortari nos dejó de herencia la ambición y la sospecha. Ernesto Zedillo nos dejó de herencia el respeto al voto y a la alternancia democrática. Vicente Fox nos dejó de herencia la decepción. Felipe Calderón nos dejó de herencia el miedo. ¿Peña Nieto nos dejará de herencia a López Obrador?… Don Poseidón tenía en su finca un estanque de aguas claras. Cierto día de calor canicular le vino en gana refrescarse en él, pero lo halló ocupado por cinco hermosas chicas de la ciudad que habían sentido el mismo antojo y disfrutaban en paradisíaca desnudez el frescor reconfortante de las linfas. Al ver a don Poseidón las bellas féminas se sumergieron en el agua hasta el cuello. El vejancón, sin decir palabra, se sentó en el suelo con actitud de quien va a esperar. Le dijo una de las muchachas, irritada: “No saldremos de aquí hasta que usted se vaya. Por mucho que aguarde no podrá vernos sin ropa”. Replicó don Poseidón: “No vine a verlas. Vine a darle de comer al cocodrilo”. Entonces sí el astuto viejo vio a las chicas en todo su esplendor. Un vanidoso actor fue a entretener a las ancianitas de un asilo, pero ninguna pareció reconocerlo. Le preguntó a una de ellas: “¿No sabe quién soy, abuela?”. “No –respondió la viejecita–. Pero pregunta en la oficina. Ahí te lo recordarán”. Una huéspeda del hotel se presentó en la administración y reclamó con voz airada: “¿Qué clase de lugar es éste? Alguien llamó a la puerta de mi habitación, y cuando la abrí me encontré frente a un sujeto armado con una escopeta de dos cañones. Me dijo que si no cedía yo a sus impulsos de libídine me quitaría la vida”. “¡Coño! –exclamó el gerente del hotel, que era de barba cerrada, cejijunto y coñodicente, como describía Novo a los peninsulares–. Y ¿qué hizo usted?”. “¿Cómo que qué hice? –rebufó la mujer hecha una furia–. ¿Acaso escuchó usted disparos de escopeta?”. FIN.

 

MIRADOR

El gato está sentado, inmóvil y hierático –jeroglífico egipcio–, sobre la barda del corral. Abajo la gallina abre las alas para amparar a sus pollitos y salvarlos de la amenaza del felino.

Le pregunto a don Abundio:

-¿De quién es ese gato?

-De nadie –me responde–. Los gatos no tienen dueño. Los perros sí, pero los gatos no.

Es cierto lo que dice. Tú tienes un perro; un gato te tiene a ti. El perro está en tu casa para cuidarla. El gato está en tu casa para que lo cuides tú. Un cierto amigo mío les preguntaba cuando joven a las chicas: “¿Te gustan los perros o los gatos?”. Si la muchacha decía que le gustaban los perros sentía el impulso de protegerla. Si decía que le gustaban los gatos sentía el impulso de protegerse él.

El gato es una fierecilla no domada. Ronronea para ocultar al tigre que lleva dentro. Cuando un perro te mira es el amor. Cuando un gato te mira es el misterio. Tú, mujer que me miras, dime si.

¡Hasta mañana!…

 

MANGANITAS

“. Legislación electoral.”.

Hay propósitos insanos,

aviesos y bien medidos,

pues la ley da a los partidos

lo que es de los ciudadanos.


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