SAMUEL R. ESCOBAR*
SAMUEL R. ESCOBAR*

Hace más de cuarenta mil años que el hombre, al tratar de imitar cuanto percibía a través de sus oídos, y bajo la necesidad progresiva de darse a entender con el (o la) de al lado, comenzó a balbucear sonidos prolongados, cortos, de alturas o frecuencias distintas; a tañer, pulsar, palmear, percutir, cuanto le rodeaba. Los antropólogos han dado por llamarle en ese momento y contexto de su desarrollo y evolución, el Homo musicus. Desde esa incipiente organización de sonidos ya producidos por percutir objetos, ya emitidos desde su propio cuerpo, principalmente los que manaban de su garganta (entiéndase aparato fonador), no ha dejado de acompañar al hombre en su evolución eso que hoy conocemos como música, cuya trillada y simplista definición se refiere a ella como el arte de combinar sonidos y tiempo. Sin embargo, muchos saben que este fenómeno es más complejo de lo que nos aferramos a suponer quienes no somos iniciados en los misterios de ese arte temporal.

No malgastaré líneas, por ahora, en alegar a favor de la importancia que la música fue cobrando en la vida toda del hombre. Me bastará con decir que en el lapso que limita nuestro paso por este planeta, son más las ocasiones que escuchamos música que las que abrimos un libro de historia o de cualquier otro tipo de ficción (para leerle, claro), que las que visitamos a un médico, o que consultamos un abogado, que requerimos de la asesoría de algún ingeniero, o que nos sentamos a discutir con un filósofo sobre la inmortalidad del cangrejo. Lo anterior lo escribo sin menoscabo de profesión alguna y sin afán de picar crestas, sólo es para ratificar que, como dice el párrafo anterior: son ya miles de años que la música es nuestra compañera, y pareciera que, al igual que el aire que respiramos o los alimentos que ingerimos, por consuetudinarios e inherentes a nuestra vida rutinaria, pasan desapercibidos para muchos, y son vitales (o mortales, según sea el caso). Pero atribúyale usted el grado de importancia que guste, incluso la nulidad de ésta.

Acépteme continuar en ese tenor y recordar, por si fuera necesario, que la música nos acompaña en todas nuestra actividades ordinarias y simples, tanto como en aquellas a las que hemos otorgado algún significado trascendental. Hay quienes no podemos realizar los quehaceres del hogar sin la incidental motivación auditiva, aquella que nos hace cantar a grito abierto cuando nadie nos ve ni escucha, y en un cerrar de ojos transformar ese objeto de limpieza, por todos conocido, en una finísima guitarra eléctrica estilo rockstar. Por otro lado: no se sabe de ritual religioso o cívico en que la música esté del todo ausente, su presencia parece imprescindible, entonces. Literalmente desde el nacimiento hasta la muerte este fenómeno sonoro está ahí. Aprovecharé aquí el momento para hacer gala de la vilipendiada sentencia atribuida a Nietzsche, y decir que “sin música: la vida sería un error”.

Tengo la impresión de que no es casualidad que los fabricantes de automóviles otorguen un lugar tan estratégico (¿al lado del volante? ¡Piénselo!) al reproductor de música, y debo decir que hasta ahora no conozco un coche de agencia con cavidad para botiquín (no entiendo la insistencia). Dese cuenta que, con eso, me he referido a tareas que realiza cualquier simple mortal, neófito y carente de conocimientos técnicos o teóricos de la disciplina en cuestión, qué decir entonces de quienes dedican sus vidas, o buena parte de ellas, a esta disciplina en cualesquiera de sus terrenos, niveles y géneros. Pero siendo un tema que da para tanto, iremos dejando retazos de tela para cortar y coser en otro momento.

Váyanle pensando, queridísima lectora y queridísimo lector, hasta dónde pueden influir en nosotros como individuos, como entes sociales, como ciudadanos, esos productos que consumimos de manera cotidiana. Pienso en esas frases hechas como: “somos lo que comemos”, y aquí se antoja, de manera bastante arriesgada, parafrasear a Barthes al decir que nuestra conciencia ES producto de la “polifonía” que producen en nosotros esas voces de nuestra madre, de nuestra abuela, de la tía, de los amigos, de la profesora, del entorno, y de cuanto ingerimos a través de los sentidos, vínculos con los que nos compenetramos con el mundo (me abordó la imagen de un cubrecama de mi abuela, hablando de retazos).

Entonces, si somos lo que comemos, también somos lo que vemos (y a ello le hemos delegado una responsabilidad enorme), y somos lo que olemos, lo que tocamos y, por supuesto y con sobrada razón, lo que escuchamos. No sé si ya deba comenzar a llamarle “cultura” a ese caleidoscopio sensorial que ejerce una surte de efecto de hipnótico y de fascinación en nuestra vida a solas y como ciudadanos. Pero, si nos es posible determinar qué comer y qué no, y sabemos que nuestra elección generará efectos positivos o negativos en nuestro organismo, ¿por qué no habría de suceder lo mismo con lo que consumimos por otros sentidos, por los oídos, por ejemplo?

Respire y piense un poco lo siguiente: uno puede cerrar los ojos si no quiere ver, contener la respiración si no quiere oler, no tocar si así lo decide, no separar sus labios si no desea degustar, pero: ¿puede uno no escuchar, o interferir el sentido del oído sin el recurso de las extremidades? Parece que la respuesta es clara ahora que lo piensa y ahora que coloca la punta de sus índices y medios justo en donde les tiene en este momento. En síntesis: parece que estuviéramos hechos para escuchar, de ser así, quizá ya cobre importancia lo que ingerimos día a día por conducto del oído, y sobremanera, aquello que el hombre fue configurando, hace esos tantos miles de años, para que fuera percibido a través de éste.

Demos ahora un salto abrupto para ir cerrando esta cavilación, a la complicada tarea de discriminar y emitir juicios y prejuicios, ya no sólo la importancia de la música, sino de su calidad y efecto que ésta surte en la ciudadanía. Cómo ese fenómeno sonoro demasiado humano, producto de la búsqueda de un código de comunicación y que tomó camino por sí mismo, al margen del lenguaje verbal, se ha convertido en medio y elemento básico de construcción (y deconstrucción) social. Hagamos más estridente la pregunta sobre el papel que juega en la configuración de la superestructura y su nivel de trascendencia.

Se antoja por demás difícil intentar concluir pisando el terreno estético del fenómeno musical, no lo haré, sólo dejaré en su lugar la pregunta de la relevancia de lo que consumimos como música y su influencia en nosotros como ciudadanos, y haré mención de una coda sobre los efectos de escuchar apologías a la violencia, al narcotráfico, a la misoginia, por ejemplo, y más grave aún: de consagrar como sociedad a los representantes de los géneros de tal índole en nuestro contexto político. No sobrepondré un género a otro, pues en su momento, muchos estilos y propuestas musicales que hoy consideramos de culto fueron denostados sin miramiento. Recuerde que el mismo Vasconcelos habló pestes del jazz, al igual que Theodor Adorno. Shostakovich fue apedreado en su propia casa por no cumplir con las exigencias del sistema político en turno. A Stravinsky lo querían linchar después de la “premier” de La consagración de la primavera. Incluso el rock en sus orígenes fue un tabú para las familias conservadoras.

Sin embargo, ninguno de los géneros o compositores mencionados surgieron loando el crimen, ni las masacres callejeras, ni el terror que nos desarticula como individuos ni como sociedad. Y no ha sido fortuito el lugar que el paso del tiempo les concedió ni la justicia estética que les fue conferida. En fin: quién iba a pensar que las palmaditas y los balbuceos de hace cuarenta mil años dieran para tanto. Tenga usted un buen día acompañado de su música de cabecera.

*Docente-investigador, Universidad Autónoma de Zacatecas

 

 


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