Alberto Chiu
Alberto Chiu

Hoy se celebra, internacionalmente, el Día de la Mujer y aunque la conmemoración tiene muchas y muy diversas “fechas de origen”, así como sucesos en los que se vieron involucradas mujeres, generalmente se acepta que este día se use para recordar las luchas emprendidas por mujeres en distintos puntos del orbe, en defensa de sus derechos ya sean éstos los laborales, o electorales, u otras libertades conseguidas apenas hasta el siglo pasado. ¿Y cómo hay que conmemorarlo?

Me gusta pensar que, más allá de conmemorar una lucha de género, en pleno siglo XXI el reto es implementar una lucha de conciencia sobre la persona, independientemente de si se es mujer u hombre. Si desde nuestras legislaciones estamos considerados iguales, no tendría por qué haber discriminación alguna, por ejemplo, en cuanto a los salarios distintos que ganan hombres y mujeres en un mismo trabajo. O sobre el acceso a las candidaturas a puestos de elección, que ahora se asignan por “cuota”, y no necesariamente por capacidades o habilidades políticas.

Pero es cierto, también en este pleno siglo XXI ese reto no puede ser alcanzado cuando todavía existen (en nuestro país y en otras muchas partes del mundo) atavismos misóginos, machistas, que no permiten pensar en las mujeres como personas iguales en derechos, sino muchas veces como empleadas, subordinadas, débiles, desvalidas, etcétera. Esas discriminaciones se dan tanto en lo laboral como en el ámbito familiar –que es lo peor–, y su práctica es ejemplo que va formando generaciones enteras de hombres “superiorizados” (permítaseme el término) y mujeres “menospreciadas”.

Justamente una educación libre de prejuicios debería llevarnos a que entre hombres y mujeres nos viéramos de igual a igual, sin pensar que “las mujeres”, por ser mujeres, son menos o son débiles, cuando también entre los hombres (por ser hombres) hay distinciones de superioridad y hay menospreciados, ya sea por características físicas o capacidades mentales o funcionales.

¿Cuántos de los contenidos educativos oficiales se enfocan en fomentar precisamente esa consideración de la otredad sin dividir por género? ¿Cómo se educa a los menores para que aprendan a respetar a la persona, sea hombre o mujer? ¿Cómo se inculca el reconocimiento a la dignidad de las otras personas, independientemente de la orientación sexual que manifiesten, en este mundo globalizado? ¿Cómo erradicar de sus mentes en formación las ideas de discriminación por género, obligación de cuotas de género, o subestimación del otro por las mismas causas?

Creo que son muchas y muy variadas las vertientes de estudio que los especialistas abordan en estos temas, en estos tiempos, como para encasillarlas en una sola política pública general, y aun en la norma vigente me parece que hay exageraciones, como por ejemplo en las cuestiones electorales, donde estoy convencido debería haber mecanismos que garanticen la participación de todos, anteponiendo las capacidades personales a la situación del género. Sí, sé que suena utópico y hasta a sueño guajiro, pero si queremos un mundo con equidad, hay que empezar pensando en ella, viviéndola, practicándola todos los días desde la experiencia personal.

Que los hombres y las mujeres son diferentes, es obvio. Que su conformación física es distinta, es una agraciada circunstancia por la que subsiste la especie. Pero también que hombres y mujeres tienen por igual el potencial necesario para destacar en cualquier ámbito, sea el de la política, los deportes, la vida laboral, la experiencia empresarial, es también innegable, y ahí están para recordárnoslo los ejemplos de aquellas que lucharon mediante huelgas, o gobernando países, o haciendo descubrimientos científicos o regalándonos logros deportivos.

Ojalá que este Día de la Mujer todos –hombres y mujeres; mujeres y hombres, sin importar el orden enunciativo– o al menos usted, amable lector, empiece a pensar en cómo desarrollar su vida diaria tratando a quien tiene enfrente como persona, con las características individuales que tenga, con sus errores y aciertos, y le dé el lugar que se daría a sí mismo. Conmemoremos, pues, haciendo conciencia.


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