YOLANDA ALONSO*
YOLANDA ALONSO*

 

*Fragmento del texto Junturas, inédito

 

 

¿La Puga me eligió a mí o yo a ella? No importa, la cuestión es que nuestras vidas quedaron unidas. Conocí a Isaac Levín, su marido, a algunos de sus amigos, a unos cuantos alumnos, por supuesto, la cabaña en medio de un bosque, enfrente de un lago, su escritura en tinta sepia, sus libros, pero no a ella. En estos dos años de fiebre sólo la he soñado una vez. A Isaac le conté a medias el sueño, después, cuando el diagnóstico había sido confirmado, lloré con él por teléfono y le conté la otra mitad, en la que se anunciaba su muerte.

María Luisa: Isaac está mal y no tengo un buen presentimiento, casi no he querido pensar en ello, pero tengo una sensación de malestar, porque la situación de la cabaña no se resuelve y él está pendiendo de un hilo. El final que todos necesitamos es poder comprarle para que pueda disponer de su dinero y morir tranquilo, porque es lo que hay en el fondo, no creo que pueda superar su actual condición de salud sobre todo porque la vida sin ti para Isaac, ha perdido alegría.

Cuando pienso en el desarrollo de la historia sí me sorprende, luego la cubro en esa especie de marasmo y así la dejo durante un tiempo hasta que vuelve, porque María Luisa siempre vuelve. Cuando lo conté en el taller de los noctívagos me hicieron notar que ahí tenía una historia, supongo que sí. Pero yo la siento como si contara la muerte de mi madre, que en su momento fue revolcarse en una ola de esas en las que tragas agua, te asfixias y te escupe todo raspado, ahora sólo pienso que mi madre murió, una pena suave que me permite estar y hacer, punto.

Así he querido ver esta historia, como una ola que embiste a otro, del que me burlo al verlo revolcado en la arena, y después pongo semblante serio para que no me sorprenda. Lo he querido así para no enfrentar la pregunta, la misma que el propio Isaac me hizo, –entonces qué Yolanda ¿te vas a dedicar a escribir o a ser burócrata? –. Es entonces cuando la ola me embiste a mí, pongo cara de desconcierto y respondo tibiamente que a escribir. Yo misma no he estado convencida, no he tenido el arrojo, inútilmente corro en lugar de clavarme directo a la curva del agua.

A tres meses de la muerte de Isaac, en la aparente calma de la resignación, sin pensar más en la humedad de Zirahuén, en la gotera en el techo de la cabaña que seguro dejó un charco que se consume de a poco, volví a escuchar el nombre de María Luisa Puga. No estaba en los planes, me encontraba en la FIL de Guadalajara, disponía de dos horas antes de emprender el regreso a casa, así que decidí ir a la actividad que se tuviera programada a esa hora y era justo un volumen de cuentos de Mónica Lavín, comentado por David Martín del Campo. Como ya dije, el tema eran los cuentos, pero Mónica habló de la novela que Martín del Campo había presentado la noche anterior, La inocencia de María, en la que hacía un homenaje a María Luisa Puga, una escritora que dejó todo y se fue a vivir a un pueblito de Michoacán, donde también impartía talleres y es todo lo que un ataque de tos le permitió decir.

Así que al final de la presentación, el motivo ya no fueron los cuentos sino La Puga. Me acerqué a David ¿tú la conociste?, me preguntó. “No, hice mi tesis de licenciatura sobre ella. Conocí a Isaac”. ¿Supiste que murió? “Sí”. Ella y yo teníamos planeado un libro a partir de cartas, de ahí surge mi novela. Nos vemos en el stand L17 en 10 minutos, ahí te firmo el libro.

Ya en carretera iba leyendo: “La verdadera literatura inicia cuando abandonamos al infame yo”. Niña huérfana, abnegada, admirada, de cierto talento. De ella es de quien quisiera desprenderme de una buena vez.

 

*Directora de Policromías Servicios Editorial


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