BEL RIVERO*
BEL RIVERO*

La pasada entrega de los Oscar no fue de mis favoritas, he de confesarles estimado lector, lectora. La ceremonia la encontré sosa y aburrida, sin elementos que verdaderamente me llenaran, no sólo el ojo sino el deseo de ver un buen espectáculo; como el que cada año presenta Hollywood.

Sí, ganó Guillermo del Toro, el gran Guillermo del Toro; mexicano, jalisciense, con un talento inigualable. Lo supimos desde que vimos Cronos (1993), película que muestra la gran facilidad del director, en este caso Guillermo, para desarrollar una historia compleja, con buen argumento y un toque de suspenso. Qué gusto que Del Toro sea merecedor del Oscar; y toma mayor importancia en esta época donde ser mexicano cuesta, cuesta mucho, debido a la discriminación, a la falta de oportunidades en el país, a la mentalidad mediocre que permea en las oficinas y las ganas de molestar a la persona de al lado, nada más por molestar. Por eso y más, qué gusto que Del Toro gane, triunfe y sea el mexicano estrella en estos momentos. Hace falta, hace falta alguien que nos diga que sí se puede tener éxito, que sí se puede crecer, pese a que tengas personas poniéndote trabas para que no avances y queriendo joderte en todo momento.

Para mí, eso fue lo rescatable de los Oscar: Guillermo del Toro; pero no la película ganadora, La forma del agua, ésa no. No me enganché con ella, no la volvería a ver; pero eso no impide que sea súper fan de Guillermo del Toro. Lo amo y punto.

Bueno, pero no escribiré de Guillermo, no es mi intención. Quiero decirles que el documental ganador del Oscar, Ícaro, es una barbaridad de largometraje; impecable, bien cuidado y con un giro inesperado que te hace enloquecer. Sí, la primera parte de Ícaro está destinada a explicarle a la audiencia cómo es que trafican con la orina de los atletas de alto rendimiento. Las redes de complicidad, las técnicas y las personas que se convierten en cómplices. Documental interesante, porque son pocos los cineastas que se atreven a explorar el mundo del deporte, hay poco material al respecto.

Ícaro muestra varias perspectivas, todas dignas de una historia en específico; y cuando piensas que el documental se consolida, da un giro brutal que te permite ver el otro lado de la mafia, el que nadie muestra.

Ícaro no sólo es un documental, va más allá. Quizá sea el mejor documental de todos los tiempos, debido a que es adictivo, intrigante, fascinante y con una narrativa que te envuelve a tal grado que comienzas a respirar lento, suave; no quieres perder ningún detalle. Al principio te da la impresión de que estás viendo un Súper Size Me del director Morgan Spurlock, cuyo personaje principal se somete a una alimentación basada en hamburguesas y con el paso del tiempo comienza notar cómo se deteriora su cuerpo; bien pues Ícaro es algo similar, los personajes principales son un deportista que decide explorar el tráfico de orina y un experto en dopaje deportivo. Ambos deciden ir de la mano en el documental, de tal manera que van desnudando y exhibiendo el sistema antidopaje.

Definitivamente, este documental se convierte en un argumento agudo, porque estoy segura que una vez que termine de verlo, no se volverá a confiar en el deporte de alto rendimiento.

Ícaro te estremece, te conquista y te provoca no sólo dudar de las autoridades sino también de la capacidad del ser humano para destacar en cualquier ámbito.

Ya lo puede ver en Netflix, créame es imperdible.

 

*Aficionada al cine, la literatura y el vino tinto.

Mi palabra favorita es alevosía

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