ALBERTO CHIU | NTRZACATECAS.COM
ALBERTO CHIU | NTRZACATECAS.COM

En el poco tiempo que llevamos de precampañas y primera parte de campañas para el actual proceso electoral, los partidos políticos nos han mostrado a todos los zacatecanos de qué tamaño son sus ganas, sus anhelos, sus deseos de obtener el poder a como dé lugar, y me parece que no han representado muy buenas noticias que digamos. Nos han dado muestras de qué tan grande es su ambición –y la de sus personajes, principalmente–, y qué tan chiquita les queda la entidad.

Pero no es nada nuevo, o no debería ser nada nuevo para nosotros. Y quizás para ningún otro mexicano. Pero es que Zacatecas es tan pequeño (electoralmente) que para un estado que no representa casi nada (aunque pretenciosamente lo presenten como la joya de la corona, como el estado más priísta, etcétera), las ambiciones personales de los Borrego, los Cervantes, los Romo, los Monreal, los García, los Alonso… han sido mucho más grandes que los mejores intereses de la población.

Conseguir el poder primero, y aprovecharse de él después, con las evidentes muestras de que a todos ellos (y sus allegados, claro, nunca van solos) les ha ido bastante bien en cada una de sus administraciones, contrasta escandalosamente con las evidentes muestras de que el estado no ha tenido, ni de lejos, el mismo nivel de crecimiento y desarrollo que ellos. Mucho menos, comparado con las entidades vecinas nuestras que, sin que suene a cuento, sí han crecido en su economía, en el número y calidad de sus empleos, en la calidad de vida de muchos de sus habitantes, etcétera.

Aquí, por el contrario, la búsqueda del poder –principalmente en las temporadas de campañas electorales– se ha convertido primero en un bonito negocio para quienes tienen empresas que pueden “venderle” algo a los candidatos. Y después, convierten muchos de esos negocios en otros con los que puedan seguir lucrando a la sombra del gobernante en turno, a quien apoyaron en su momento, y con el que finalmente también reportarán algo de su propio beneficio.

Pero ¿qué tendría de malo que fuera tan grande la ambición de los políticos, si esa ambición fuera por perseguir el bienestar y la paz social, la generación de riqueza y desarrollo, la consecución de más y mejor educación y salud para todos sus gobernados? Lo malo es que muchos de ellos ambicionan, primero, conseguir su propio bienestar; luego, el de algunos cuantos “compromisos” adquiridos; y al final –si algo queda– ver qué se puede hacer por “el pueblo”.

Para el actual proceso electoral, yo le invitaría a conocer bien a todos los candidatos. Y no solamente a través de sus campañas, de sus anuncios espectaculares o de los volantes que repartan (si es que reparten algo). Busque información sobre ellos, trate de saber de sus vidas (son personajes públicos, que no le saquen) y vea cuáles son sus relaciones políticas y personales. Vea con quién andan, y con quién anduvieron, y sabrá usted quiénes son, y si son leales, o chapulines, o acomodaticios, o simplemente… ambiciosos.

Que conste: la ambición no es un pecado. Es al contrario un motor que ayuda a que un hombre o mujer persiga sus ideales, sus sueños, sus anhelos. El problema es cuando esos ideales, sueños y anhelos están cifrados primero en sí mismos, y al último consideran a los demás, a quienes votan por ellos, a quienes se deberían en primer término como servidores del pueblo.

Que no nos engañen ni nos dejemos engañar; a los políticos (candidatos o ya en funciones) hay que exigirles con todo el rigor y dentro de la ley que cumplan con su deber. Gritárselos de una y mil formas, para que entiendan que primero es el pueblo. Y si no pueden con ese paradigma, pues mejor que se dediquen a otra cosa, y no al servicio “público”, pues es tan grande su ambición, que en los puestos públicos simplemente no caben.

O qué, ¿es tan grande su ambición?


Nuestros lectores comentan

  1. ¿Donde se dan políticos diferentes?, los partidos o los gobiernos no saben trabajar con servidores púbicos que no sean mediocres, abusivos, ambiciosos, deshonestos, etc.