Alberto Chiu
Alberto Chiu

A la hora de elegir a un diputado, que será –por lo menos en teoría– uno de nuestros representantes populares, casi nunca nos fijamos en el nombre que aparece junto al suyo, el de su suplente. Y como muchos de ellos ahora agarran la curul sólo para convertirla en una especie de trampolín que los catapulte a nuevas posiciones (más lucrativas, claro), no es raro que tras un proceso electoral acabemos con representantes populares a los que ni siquiera conocemos, o que de plano no están hechos para la gravísima tarea de legislar para el pueblo.

Y en la actual legislatura, nos han regalado varios ejemplos de esto. Muchos de los que finalmente quedan como suplentes de los diputados locales (y en uno que otro caso de los suplentes de diputados federales también), efectivamente carecen no sólo de formación política, sino que además llegan a plasmar su nombre en esas listas de suplencia sólo porque el candidato y su partido necesitaban llenar un espacio en blanco, a pesar de que no les pase por la cabeza ni su preparación ni su formación.

En algunos casos, esos mismos suplentes aceptan que llegan al Congreso local “a aprender”. ¡Bueno fuera que llegaran con ese cometido y que lo cumplieran cabalmente en poco tiempo! Pero no, en el mejor de los casos muchos sólo aparecen como “calienta-bancas” en lo que el titular regresa (sobre todo si se sabe que no tiene posibilidades de ganar una elección), y en el peor de los escenarios llegan tan sólo a cobrar una dieta… que ya sea íntegra o al menos en parte, irá a parar al titular de la curul ¿o cómo cree la gente que podría financiarse una campaña?

Como quiera que sea, la improvisación en el nombramiento de suplentes de los legisladores es un problema añejo, que no permite que los más calificados puedan servir a su nación y a su estado simplemente porque esos espacios están destinados a los amigos, a los “ayudantes” de los políticos, a los advenedizos que sólo buscan una pequeña tajada de recursos públicos, y por supuesto a los títeres que sin criterio ni formación propios aceptan que su nombre sea utilizado por los partidos y los propios legisladores, con tal de cumplir con un requisito electoral pero sin importarles en lo mínimo el trabajo que deberían realizar en caso de ausentarse los titulares.

Obviamente, no se trata de negarle a cualquiera el derecho que tenemos todos de servir a la nación, y mucho menos desde un cargo tan importante como lo es la legislatura, pero… tampoco debería ser pretexto para poner a cualquiera “por si las moscas”, y esperar que cambien las condiciones del estado para mejorar en su desarrollo o en el marco jurídico que nos rige o en la vigilancia del cumplimiento de la ley que, se supone, son los primeros que deben velar por ella.

¿Habrá alguna manera de delimitar mejor los perfiles no sólo de los candidatos a diputados sino también los de sus posibles suplentes? No se vale sólo poner gente para “rellenar” los espacios, a cambio de “pagar” cuotas políticas (o de género, o de lo que usted guste y mande) y creo que es una irresponsabilidad de los propios partidos en lanzar al ruedo a quienes no tienen ni idea de la legislación y del impacto que tienen las acciones de los diputados, ya sea en la vigilancia del ejercicio de los recursos públicos, o en la correcta generación o modificación de leyes.

Cuando se supone que a la Legislatura deben llegar los mejores, los ciudadanos que puedan aportar mejor sus conceptos, su formación política, su conocimiento legal y su visión de Estado, es triste toparse con que luego tengamos curules ocupadas por la más pura y perfecta improvisación y avenencia de la que son capaces unos cuantos políticos, que sólo buscan en beneficio personal propio- ¿Tendremos algún día, alguna vez, los diputados que nos merecemos y que necesitamos urgentemente?


Los comentarios están cerrados.