ENRIQUE LAVIADA CIREROL*
ENRIQUE LAVIADA CIREROL*

Hace unos pocos días, por una inquietante casualidad me encontré con un artículo firmado por Juan Arias, a la sazón primer responsable de Babelia, suplemento cultural de El País, en el que daba cuenta a finales de 1998 de la entrega del doctorado “honoris causa” al controvertido dirigente checoslovaco, Alexander Dubcek, por parte de la Universidad de Bolonia, la más antigua del mundo. El acto daba un peculiar mérito al líder que intentó sin éxito anticipar dos décadas lo que entonces presenciaba asombrado el mundo entero bajo las sonoras palabras de Perestroika y Glasnost, emprendidos por el líder soviético, Mijaíl Gorbachov, quien, por cierto, también sería final e infelizmente derrotado. En la ocasión de su regreso al escenario político, un endurecido Dubcek no pudo contener las lágrimas, colmado de reconocimientos tras haber estado relegado tanto tiempo “en el basurero de la historia”. Su crimen había consistido en un intento atrevido por hacer coincidir el socialismo y la democracia.

Alexander Dubcek era hijo de una familia eslovaca que compartía un profundo compromiso con los ideales comunistas, por lo que ingresó en el Partido Comunista de la entonces Checoslovaquia en el año de 1938. Su generación luchó heroicamente en contra de la ocupación nazi y durante los trágicos tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Luego de la derrota del fascismo hizo filas con los millones de personas que creyeron en un futuro socialista de igualdad, paz, progreso y esperanza. En 1962 fue nombrado por méritos propios miembro del Comité Central del partido y a los pocos años, el 5 de enero de 1968, gracias a su carisma y capacidad de conducción, fue nombrado secretario general del partido. De inmediato, Dubcek lanzó una convocatoria y un programa económico reformista y de liberalización que pronto recorrería el mundo no como un fantasma sino como una luz de aliento con el nombre de “socialismo con rostro humano”. Su solo anuncio desató una euforia popular sin precedentes en un país integrante del bloque del Este. Pero que, naturalmente, también provocó primero la desconfianza y muy pronto la abierta hostilidad de la poderosa burocracia soviética, encabezada por Leonid Brezhnev, en los espesos tiempos de la Guerra Fría que confrontaban de manera rutinaria los intereses norteamericanos y soviéticos en todo el planeta. La condición bipolar del mundo colocaba al movimiento de Dubcek al borde de lo imposible, del mayor de los atrevimientos, de la locura incluso. Había que estar loco para desafiar a los atroces herederos del estalinismo. Por más intentos que el propio Dubcek y su grupo realizaron para convencer a los señores del Kremlin no sirvieron de nada, ni tuvieron siquiera una mínima oportunidad de aceptación, acuerdo o algún tipo de negociación. Las ideas de cambio de los checos topaban con el gigantesco muro de los intereses de la más impresionante burocracia jamás creada por un Estado en la historia moderna de la humanidad.

Los checoslovacos decidieron retar a Moscú y salieron a las calles a apoyar con valentía el programa de reformas propuesto por Dubcek, formando una auténtica marejada social y de unidad nacional gracias a la esperanza en la otra primavera, la que sucedía al otro lado de la “Cortina de Hierro”, la llamada “Primavera de Praga”, un movimiento político de tendencias progresistas y liberales que enarbolaba la idea de fundirse con el socialismo real. Las propuestas de reforma incluían: coexistencia de la propiedad colectiva y la propiedad privada; un sistema plural de partidos y elecciones democráticas; independencia de las organizaciones sindicales y sociales; igualdad entre checos y eslovacos e inclusión de todas las minorías; derecho al ejercicio religioso; plena libertad de creación artística, cultural y de investigación científica, y, por último, relaciones de colaboración con Moscú fundadas en la soberanía y el respeto mutuos. Debo confesar que me resulta imposible no expresar que ese programa podría ser completamente actual, si no fuera porque el olvido y el común desprecio de la historia nos han unificado en la inercia más absurda demasiado tiempo y aparentemente sin remedio.

El 21 de agosto de 1968 todo terminó. Los tanques soviéticos invadían Checoslovaquia, los soldados del Ejército Rojo embestían en contra de las multitudes, compuestas principalmente por jóvenes y ahogaban de un solo golpe todas sus aspiraciones de libertad. La represión generalizada en contra del movimiento tuvo toda la efectividad de la cual es capaz una tiranía. El aparato estalinista a nivel mundial justificaba la invasión diciendo que se trataba de una acción que correspondía al “internacionalismo proletario” en un descomunal alarde de cinismo. Alexander Dubcek y sus seguidores fueron apresados y llevados hasta Moscú para ser sometidos a las torturas y presiones acostumbradas. A su regreso a Praga, un disminuido Dubcek dirigió un doliente discurso a sus compatriotas llamándolos a desistir del movimiento. Una semana después fue humillado, destituido de su cargo, defenestrado y enviado a purgar una condena de aislamiento como agente forestal en una apartada región eslovaca, donde le fueron prohibidas cualquier relación o contacto con la vida política de su país e incluso con los integrantes de su familia, a quienes sólo podía recibir mediante permisos especiales. Dos décadas después pisó Bolonia, al norte de Italia, entre los majestuosos ríos Reno y Sabena, para recibir su doctorado “honoris causa” y asumir personalmente su propia reivindicación política.

Las escenas de los tanques soviéticos, de las que abundan fotografías en blanco y negro, el heroísmo de los jóvenes checos que llegó al paroxismo de la autoinmolación, parece así no quedar condenada al olvido. Las dificultades para hacer coincidir el socialismo y la democracia fracasarían con el golpe al gobierno de Gorbachov. El llamado “socialismo real” caería en pedazos estrepitosamente con el muro de Berlín. En 1989 la llamada “Revolución de Terciopelo” de Václav Havel, puso de regreso a Dubcek a la participación llegando a ocupar el cargo de presidente de la Asamblea parlamentaria. Murió en 1992 a causa de las lesiones sufridas en un accidente automovilístico. Su vida y su otra primavera conjugan la ilusión y la derrota, el avance portentoso del cambio y la tragedia de la capitulación, las inmensas ganas de humanizarlo todo y perderlo en unas horas, la necesidad de compartir la riqueza y de producirla, la defensa de los derechos sociales y la libertad, entre el nuevo orden y la democracia plena, vivir el presente y soñar el futuro, en suma: la eterna lucha entre la civilización y la barbarie. La lucha que iluminó la otra primavera y que nos sigue infundiendo una necia esperanza en el futuro. A pesar de los tiranos de antes, de ahora y de siempre.

 

*Periodista, Director general de NTR Medios de Comunicación

 


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