ADOLFO LUÉVANO*
ADOLFO LUÉVANO*

“El doctor Lecter tiene seis dedos en la mano izquierda”. Así es, en la novela su monstruosidad no sólo es espiritual sino además física y con obvias implicaciones simbólicas: el número seis y el lado opuesto al diestro, o sea, el siniestro

 

 

ADOLFO LUÉVANO*

 

Pocas películas me deben de gustar tanto como me gusta la de El silencio de los inocentes. He procurado, no obstante, verla unas cuantas veces, para así garantizarme una emoción próxima a la que experimenté cuando la vi por primera vez. Desde aquella ocasión, me pareció perfecta y encontré en ella una oportunidad extraordinaria para poner a prueba esa ley que reza: “El libro es mejor que la película”. Apenas conseguí el libro, lo cual –a propósito– no fue nada fácil (pues la traducción al español parece estar agotada desde hace muchos años), me di a la tarea de comparar ambas experiencias: la de ver la película con la de leer el libro. Pronto advertí que se trataba de experiencias tan disímiles que contrastarlas resultaría absurdo. El libro es tan buen libro como la película es buena. Entonces, ahora me limitaré a anotar trece cosas que sólo se pueden conocer si se ha leído el libro. Es libre de usar estas notas quien quiera presumir de ya haber hecho el ejercicio de leerlo, desde luego sin haberlo hecho en realidad.

  1. El silencio de los corderos (traducción más precisa del título original) es una novela compuesta por 61 capítulos, escrita por Thomas Harris y publicada en 1988; tiene una dedicatoria al papá del autor, y dos epígrafes: un fragmento de la Segunda Carta a los Corintios y otro de un poema de John Donne. El de Donne es un acierto magnífico: “¿Habré de contemplar una calavera en un anillo,/ yo que llevo una en el rostro?”. Incluir aquí estos datos formales puede parecer pueril, pero es básico tenerlos a la mano. Los siguientes deben ser más atractivos, pues se trata de diferencias con respecto a la famosísima y excelente versión fílmica de Jonathan Demme, o bien, de información que en la misma ha sido omitida.
  2. La celda del doctor Lecter no tiene ese enorme y grueso cristal con orificios. Es como las demás celdas del tétrico pasillo: con barrotes. La diferencia es que, por la “parte interna, a mayor distancia de la que alcanza un brazo humano, hay una segunda barrera, una resistente red de nailon tendida desde el suelo al techo y de pared a pared”. Por cierto, los realizadores del film han comentado que decidieron utilizar un cristal para así poder ver con claridad a Anthony Hopkins haciendo el papel de su vida; pero, en medio del proceso de planeación, de pronto se dieron cuenta de que las voces de los actores rebotarían en el muro transparente, por lo que le agregaron los orificios a través de los cuales con descaro olfatea a Clarice.

III. “El doctor Lecter tiene seis dedos en la mano izquierda”. Así es, en la novela su monstruosidad no sólo es espiritual sino además física y con obvias implicaciones simbólicas: el número seis y el lado opuesto al diestro, o sea, el siniestro. Cabe agregar que el doctor Lecter no hace ningún esfuerzo por ocultar su deformidad. E incluso la sabe aprovechar muy bien: cuando se escapa de la reja, en Tennessee, se esconde la llavecilla entre los dedos de la mano derecha, anticipando que el pobre oficial Pembry se quedará mirando la izquierda mientras le coloca las esposas.

  1. Por cierto, la llavecilla que utiliza para abrir las esposas no es, como cuenta la película, la pieza minúscula que le ha quitado al bolígrafo de Chilton: sí se trata de una pieza de bolígrafo, pero el doctor Lecter la ha obtenido mucho tiempo atrás, gracias a un descuido de un psiquiatra que lo fue a entrevistar en Baltimore. Es el tubo de la tinta recortado en dos pequeñas secciones, al que luego le ha agregado otro pedacito de clip, obtenido en circunstancias semejantes, y que además ha perfeccionado con mucha paciencia valiéndose de los tubos de su cama, todo esto en la espera de encontrar el momento oportuno para utilizarlo sin posibilidades de que le falle. Es, en fin, una herramienta de dos partes fáciles de ocultar en el cuerpo y en la ropa. El doctor Lecter decide esconderla en el pliegue de la encía.
  2. Frederick Chilton no tiene estudios de doctorado, y si los tiene, no cuenta con el título. El doctor Lecter (que obviamente sí es Doctor) se regocija mucho con esta información y en la novela la utiliza en un momento crucial, desde luego para humillarlo: cuando Chilton interrumpe la última entrevista entre Lecter y Clarice Starling.
  3. El papá de Clarice tampoco era un oficial de policía. Clarice, que padece un profundo complejo de inferioridad por su posición social, su origen humilde y la historia gris –sin nada bueno que destacar– de su estirpe, le dice al doctor Lecter que su papá era policía y que había muerto tras quedar herido durante el enfrentamiento con unos ladrones; pero el doctor Lecter, cuya suspicacia es a prueba de todo, en especial a prueba de balas, termina sacándole la verdad: el papá de Clarice era un cuidador nocturno, sin uniforme, sin pistola (en cambio tenía un rifle, cuyo lento sistema de disparos le costó la vida), sin placa, sin título, sin nada. De ahí la necesidad de Clarice de sobresalir del resto, de salvar su nombre y el de su papá.

VII. Clarice también busca acallar los lamentos de los corderos (de ahí el título de esta historia), pues en la granja de sus tíos efectivamente los sacrificaban durante la noche pero, a diferencia de lo sucedido en la película, Clarice no salva a un cordero. En la granja, además de corderos, se mataban caballos, caballos enfermos para convertirlos en pegamento y en comida para perros. Ella se había encariñado con una yegua ciega y la yegua correspondía al afecto de la pequeña Clarice. Cuando el asunto de la matanza salió a la luz, Clarice decidió escapar con la yegua. El nombre de ésta era Hanna y vivió mucho tiempo, se podría decir feliz, en el orfanato en el que Clarice creció después del periodo en la casa de sus tíos. Murió un año antes de que Clarice se involucrara en la cacería de Buffalo Bill.

 

*Profesor y lector


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