JUAN MANUEL RIVERA JUÁREZ Y ELVA CABRERA MURUATO*
JUAN MANUEL RIVERA JUÁREZ Y ELVA CABRERA MURUATO*

Cuando hablamos del sonido, usualmente pensamos en ese estímulo que ocurre en nuestros oídos. Sin embargo, cuando un árbol cae en un bosque desierto sin un oyente cerca, ¿existe un sonido? Asimismo, cuando sentimos escuchar un sonido que en realidad es generado dentro de nuestro aparato auditivo y no en el mundo exterior, ¿existe un sonido? En ambos casos la respuesta correcta sería: sí, existe un sonido. En el ámbito de la física se conoce como sonido a todo fenómeno constituido por ondas mecánicas (ondas que requieren para su propagación de un medio material, el sonido no se propaga en el vacío), las cuales se desplazan a través de un fluido elástico, produciendo el movimiento vibratorio de un cuerpo determinado, sin importar si estas ondas son audibles o no para el oído humano. Con respecto al sonido que puede ser percibido a través del oído, los especialistas distinguen entre dos tipos de ondas: las sonoras y las acústicas, la cuales, a pesar de sus diferencias físicas, básicamente son ondas que viajan en forma de oscilaciones a través del aire, y que se reciben por el oído humano, donde se transforman en ondas mecánicas productoras de vibraciones, que son percibidas por el cerebro, órgano que además las interpreta, relacionándolas con significados específicos. Desde la antigüedad, pensadores como Aristóteles y Galileo se interesaron por el estudio profundo de este fenómeno al visualizarlo como una onda que era capaz de viajar en el aire. La historia del sonido está enlazada estrechamente con la historia de las ondas. Posiblemente la referencia más antigua en la que se habla del sonido refiriéndosele como una onda, se encuentra en una declaración hecha por Aristóteles, en la que el pensador griego se refiere al sonido como ondas sonoras, al tiempo que reconoce que se propagan en el aire, siendo impulsadas por éste. Sus limitadas bases se evidenciaron cuando hipotetizó sobre el hecho de que las altas frecuencias se desplazaban a mayor velocidad que las bajas frecuencias. Después de la oscura Edad Media, Leonardo da Vinci retomó la idea de que el sonido se desplazaba mediante ondas en el aire, pero nadie se planteó firmemente medir su velocidad, hasta Marin Mersenne. Desde aquellos tiempos, la experiencia cotidiana les indicaba que se veía el relámpago antes que oír el trueno, de lo que concluyeron que la luz se movía mucho más rápido que el sonido. A causa de que en ese entonces no se disponía de la tecnología suficiente, no resultaba sencillo determinar con precisión la velocidad del sonido. Si bien en este caso se podía hacer una buena aproximación (a diferencia del caso de la medición de la velocidad de la luz), las aproximaciones tenían una fuerte dependencia de la capacidad de reacción del ser humano que efectuaba la medición. A principios del siglo 17, Francis Bacon lamentaba que la única relación conocida que vinculaba el sonido con algún parámetro físico era la proporción numérica pitagórica entre la longitud de las cuerdas y la altura de las notas. Bacon coincidía con Kepler en que el sonido está conformado por una Specie udibili, entidad que, independientemente del oyente, es propiedad del cuerpo sonoro. Por la misma época, Galileo, Mersenne y Descartes, desde posiciones mecanicistas, concibieron en cambio al sonido como una sucesión de impulsos regulares, impresos al aire por el movimiento vibratorio del cuerpo (en particular las vibraciones de las cuerdas) y transmitidos a través de dicho medio de manera similar a como lo hacen las ondas en el agua. Marin Mersenne era un matemático francés, frecuentemente llamado el padre de la acústica. La mayor parte de su vida la pasó buscando el sentido matemático de la música. Fue así que en uno de sus experimentos (de los muchos que realizó) analizando el eco del sonido, intentó medir la velocidad del mismo. Su método, pese a la ausencia de un sistema de medición preciso, le permitió establecer una velocidad del sonido con una incertidumbre menor a 10 por ciento, por lo que, considerando el nivel tecnológico de la época, es considerada como una aproximación casi perfecta. Después de Mersenne, varios fueron los que intentaron determinar la velocidad del sonido en el aire por diversos procedimientos, pero debido a la excesiva dependencia de la capacidad de reacción de la persona que realizaba la medición, los resultados tuvieron una incertidumbre muy similar a la obtenida por el científico francés. (Continúa el próximo jueves…)

 

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