FERNANDO QUIJAS
FERNANDO QUIJAS

Para ser honesto, nunca vi venir esa oportunidad de ir al Pa’l Norte en plan de trabajo, por eso aún recuerdo esa sensación en el estómago cuando ya estaba todo preparado para ir al que podría ser considerado uno de los festivales más importantes del continente.

Al ir en plan de trabajo quería, al menos, parecer profesional, por lo que creí que cinco cervezas en el camino de Zacatecas a Monterrey ayudarían para sacarme la espinita y no tomar dentro del festival. Obviamente este plan de sobriedad no funcionó.

No tenía ni dos minutos dentro del festival cuando ya estaba comprando mi primer vaso de Tecate original ¡por 100 pesos! “¿¡Qué!? Qué difícil es volver al trago con esta economía”, pensaba mientras la señora que me servía la cerveza me regalaba una sonrisa que decía “Vas a volver, cabrón. Lo sé”. La mujer tenía razón.

Caminé hacia el escenario Tecate Light, donde me tocó ver a un apagado Rey Pila encargándose sin muchas ganas de abrir las presentaciones musicales del festival, mientras poco a poco llegaban cada vez más personas cruzando algunos charcos de lodo que formó la lluvia en el Parque Fundidora un día antes.

Desde que llegamos a Nuevo León pudimos ver que aún había nubes atravesando el cielo; pero éstas sólo ayudaron a que el clima fuera más que perfecto para todo ese fin de semana.

No esperé a que Rey Pila acabara de tocar cuando fui a encontrarme con Raúl Martínez, amigo melómano y quien se encargaría de tomar las imágenes del Pa’l Norte con su nuevo lente marca Mamalón.

En cuanto nos topamos, lo primero que hicimos fue comprarnos un par de cervezas para escuchar a los chilangos de DLD y de ahí pasarnos en chinga a ver a Richard Ashcroft, ex líder de The Verve y figura emblemática del Brit Pop.

Aunque Raúl no estaba familiarizado con la música de Ashcroft, pude ver una emoción genuina de su parte al escuchar y descubrir los temas del cantautor inglés, quien ofreció una de las mejores presentaciones de todo el festival Pa’l Norte al interpretar canciones como Music is Power, They Don’t Owe Me y el clásico Bittersweet Symphony, mientras el atardecer adornaba el cielo regiomontano.

Después de digerir la experiencia de escuchar a Richard Ashcroft a través de varios “¡No mames, no mames, no mames!”, tocó el turno de ver a Band of Horses y Franz Ferdinand, dos de las bandas más esperadas por todos, aunque ésta última fue la mejor aprovechada, ya que la energía que soltaron hizo que gran parte de quienes estaban reunidos en el escenario Tecate Original brincaran y cantaran junto con ellos.

De haber sabido lo que nos esperaba después, nos hubiéramos quedado la presentación completa de Franz Ferdinand, pero no. Decidimos ir hasta el otro lado del Parque Fundidora, donde se presentaba Zoé y donde más tarde también estaría Muse para encontrar un buen lugar, aunque esto al final nunca pasó.

No recuerdo haber visto a tantas personas reunidas en un sólo espacio, entonces dejamos de ser optimistas para vernos tercos y obstinados. Llegó un momento en el que era imposible moverse del lugar. Y cuando había oportunidad usando el tradicional y casi siempre efectivo “con permiso”, lo mucho que podíamos avanzar eran tramos de cinco pasos para el frente, casi siempre llevándonos mentadas e insultos, sobre todo de chaparritas enojonas que no alcanzábamos a ver que ahí estaban (dato real).

De repente, una muchacha desconocida se nos unió en nuestra aventura a través del bosque de las chaparritas enojonas. Ella se había perdido en su viaje al baño y no sabía cómo regresar con sus acompañantes. Llegó un momento en el que al finalizar la presentación de Zoé decidimos rendirnos y salirnos de la bola, sin haber podido ver bien a la banda mexicana.

Ya con un vaso de Indio, sólo me fui a sentar con Raúl y nuestra nueva amiga a esperar la tocada de Muse. Ya no quisimos intentar meternos al lugar; eso iba a ser imposible. Preferimos ver el show desde un lado. Sin broncas. Aunque nos juramos que al día siguiente no nos iba a pasar lo mismo.

Para el segundo día del festival, en cuanto nos topamos nos fuimos a ver a El Gran Silencio. Necesitábamos un levantón de actitud y eso fue justamente lo que la banda regia ofreció para su gente. Y es que ver a El Gran Silencio en su tierra natal es una experiencia tan especial como haber probado el mejor cabrito.

Decidimos también esperar en el mismo escenario principal del Pa’l Norte a la banda fresnillense, Enjambre, quienes demostraron la madurez y evolución que han tenido a lo largo de tantos años ante su público, siendo de los mejor recibidos.

Al finalizar, decidimos recorrer el Parque Fundidora para conocer los otros espacios que el festival había instalado para los 210 mil asistentes que se esperaban. La verdad, yo ni presté atención. Estaba más clavado viendo el chingo de rostros felices. Todos traían una gran actitud y eso de alguna manera me hizo sentir orgulloso de esta nueva generación, por lo que decidí brindar con otra cerveza Indio.

Raúl y yo queríamos agarrar un buen lugar para la presentación de Queens of The Stone Age, por lo que después del recorrido fuimos a prepararnos para su actuación en el escenario Tecate Light, donde estaba Bunbury, quien entre sus temas nuevos y viejos, así como con nuevas versiones de sus éxitos con Héroes de Silencio, pudo atrapar a su público.

Después de una hora, dos vasos de cerveza más y tres viajes seguidos al baño, pudimos encontrar el mejor lugar para la presentación de Queens of The Stone Age, una de mis bandas favoritas. Aunque sinceramente debo reconocer que esperaba un set más chingón del que tocaron, es innegable que cada uno de los integrantes es un animal sobre el escenario, demostrando el talento y poder que se cargan, llegando a destruir, literalmente, todo lo que se encuentran a su paso.

Fue después de esta presentación que Raúl y yo nos despedimos. Él se quería quedar a ver a Molotov y yo, pues no, por lo que le agradecí con un abrazo por haberme acompañado en esta aventura y empecé a caminar entre pirotecnia y la pista de El Rey, de José Alfredo Jiménez, que sonaba en el audio general del festival.

Y aunque todavía me quedé a ver a Justice y Bersuit Vergarabat, ni atención les puse. Haciendo una recapitulación de mi experiencia en el Pa’l Norte, no sé cómo terminé pensando en la pérdida de un celular, el trabajo y hasta en mi vida amorosa. Después de dos días, la cerveza estaba haciendo efecto al fin.

Fue entonces que se acabó el festival, tiré mi cigarro y le di un último trago a mi cerveza para olvidar esos asuntos que en aquel momento no tenían importancia y decir: ¡A la chingada! ¡Qué bueno estuvo esto!

Fotos: Raúl Martínez

*Periodista. El Diario NTR


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