Alberto Chiu
Alberto Chiu

Mientras a nivel nacional se siguen cocinando diversos escándalos y crisis de distintos tamaños en todos los partidos políticos que participan en la actual contienda electoral (entre acusaciones de fraude, peculado, lavado de dinero, corrupción generalizada, compra de conciencias, enriquecimiento inexplicable, falsedad de declaraciones y de promesas, y sígale usted por ahí, amable lector…), aquí en lo local no cantamos mal las rancheras.

Tan sólo ayer, la zona metropolitana de Zacatecas–Guadalupe se vio por momentos asfixiada en varios puntos de las principales vías de comunicación, debido a manifestaciones de personas que pedían servicio de agua potable, o que exigían entrega de apoyos para el campo, o para pedir protección ante la posible pérdida de sus propiedades, o para demandar atención a un caso añejo de viviendas inservibles, o hasta para presionar a la UAZ a que ponga buenos maestros.

Para muchos, algunas de estas manifestaciones y reclamos populares son perfectamente válidas y congruentes con la situación que padecen quienes salieron a las calles. Para otros, sin embargo, las mismas responden más bien a intereses de grupos políticos que utilizan a estos ciudadanos –y aprovechan su coraje y su inconformidad– para meterle ruido al proceso electoral, para denostar a los actuales gobiernos municipales y estatal, y por supuesto minar al partido en el poder y a sus candidatos, principalmente al que aspira a la Presidencia de la República.

Sea o no motivo de investigación el trasfondo de estas manifestaciones, el tema del descontento social es uno que está vivo entre la gente no de ahora, sino desde hace años. Y no es raro encontrarse ya, todos los días, con personas que en la calle o el trabajo, o la escuela de los hijos, hablan abiertamente de ese descontento y lo descargan, naturalmente, en aquellos blancos visibles por la temporada electoral: los candidatos.

Ahí es donde encuentro yo una de las más importantes tareas que tendrían dichos candidatos: hablar con la verdad, reconocer los problemas como éstos que manifiestan los inconformes, buscarles alguna vía de solución y preparar el camino para que, de llegar a ser electos para algún cargo, tener las herramientas necesarias y las posibles decisiones que incidan en resolver esos conflictos y muchos otros que todavía no son manifestados.

Lamentablemente, ni todos los candidatos se ocupan de ello –le dejan la tarea a los gobiernos o a la legislatura que están por terminar–, ni todos los que intentan meterse en estos asuntos logran salir avante ya sea por falta de preparación, por desconocimiento de los temas, o simplemente porque lo único que buscan en “colgarse” de dichas problemáticas para sacar raja política y aprovechar montándose en la ola de comentarios que las manifestaciones provocan, a ver si consiguen uno o dos votos más.

Por supuesto, no es que a todos los candidatos les interese de verdad solucionar los problemas que se manifiestan públicamente. Ni siquiera es que tengan la intención de conocerlos realmente. Lo que sí les interesa, y se puede constatar, es atraer reflectores y hacer campaña.

Pero una vez que asumen el poder, es común –porque así ha sucedido reiteradamente– que a los candidatos se les olviden las promesas, se les pierdan las hojas de petición, y se monten ahora en la ola de inercia que lleva a los políticos a “adaptarse” al vaivén burocrático-político, a anteponer los intereses partidistas (y los personales, claro) a los de la gente que seguirá manifestándose, y a esperar que las cosas sigan su curso lo más terso posible, para que el problema le quede al que sigue, y no a ellos.

Es difícil para aquellos que no están metidos en la política, o que no conozcan las historias de los grupos que se manifiestan, o que simplemente simpaticen con los reclamos porque sus problemas se parecen a los propios, conocer las intenciones reales de las manifestaciones. Así que pongamos mucha atención y busquémosle el trasfondo, para no irnos con la finta y acabar como títeres de candidatos mercadotécnicos.


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