Agencia Reforma / ntrzacatecas.com
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Antes de amanecer, la periodista mexicana Alma Guillermoprieto recibió la noticia en Bogotá: había ganado el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Tronaron los cohetes madrugadores, no en la capital colombiana, sino en México, por la celebración del 3 de mayo, Día de la Santa Cruz y de los trabajadores de la construcción.
Que la concesión del galardón coincida con la fiesta de los alarifes permite a la cronista señalar las correspondencias entre el trabajo periodístico y el obrero.
“Es talachero, (hay que) poner ladrillos y todas las demás variaciones, entre otras cosas lo mal pagado. Sobre todo lo que hacemos nosotros es trabajar, con ganas y con entusiasmo”, afirma quien se reconoce más como reportera que como periodista, oficio que ejerció tras abandonar la danza. Estudiaba por las tardes esta disciplina en Nueva York; por las mañanas era camarera.
“Quise entrar a la compañía de una coreógrafa a la que idolatraba, no me aceptó. Me ofrecieron una plaza en el lugar que menos me hubiera podido interesar en todo el mundo, me pareció un buen lugar para esconder mi humillación, y aterricé en una Cuba aún en plena efervescencia revolucionaria. Nunca volví a ser la misma. Tampoco volví a bailar. La fe revolucionaria es dura y exige sacrificios absolutos: la danza me pareció de repente una disciplina frívola”, escribió en Desde el país de nunca jamas.
Se estrenó como reportera con la insurrección nicaragüense en los años 70 para The Guardian. En 1982 destacó como una de las dos periodistas que revelaron -ella en The Washington Post- la masacre de civiles en El Mozote (El Salvador) por parte del Ejército salvadoreño. Los funcionarios finalmente reconocieron la matanza, cuyos detalles se corroboraron muchos años después, al descubrirse las fosas comunes.
Una pregunta existencial ha regido su trabajo periodístico, advierte vía telefónica desde Bogotá, donde reside desde hace cinco años. Ha dormido poco más de dos horas desde el anuncio del premio, pero sopesa las palabras espabilada, con escrupulosa atención.
“Si yo no lo digo ¿quién?, no que soy la única, sino que la pregunta existencial es esa; tengo la obligación de hacerlo, porque: ¿quién más?, no puedo pasarle esta obligación a alguien más”.

¿Qué tan necesario es este periodismo ahora que la inmediatez se impone al periodismo meditado?
Tengo la impresión de que la gente está empezando a darse cuenta de que necesita más información; está empezando a saturarse de periodismo chatarra, de eso internético que ni siquiera alcanza a llamarse periodismo, y que en tiempos tan confusos, como los de hoy, necesita más. No sé si este nuevo periodismo que creo que va a nacer sea capaz de unificar sociedades tan divididas como las nuestras, pero definitivamente contribuye.

¿Unificarlas en el sentido de darles identidad?
No. Unificarlas en el sentido de que internet y el periodismo en internet han creado pequeños feudos, han contribuido a radicalizar los discursos, a que no sintamos necesidad de escucharnos los unos a los otros, y cada quien se va a su propio rincón de internet y se nutre de la información que le parece, o de lo que no es información. Y yo creo que el periodismo consciente, bueno, puede crear otra vez una plaza pública.

Ha comentado su inicio circunstancial o accidental en el periodismo, pero en sus coberturas parece tener posturas muy claras. No es accidental dónde pone la mirada.
Fue totalmente accidental, me parece que por instinto, no sé, puede influir un poco la capacidad nata. Miré donde me tocaba mirar, pero no por diseño ni porque me haya trazado un plan maestro ni una reflexión, no.

Pero descubrió que ese era su lugar…
Descubrí que ahí era donde yo podía ser útil y estar bien conmigo misma.


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