Alberto Chiu
Alberto Chiu

En un punto de equilibrio óptimo, se supondría que en un núcleo poblacional habría por lo menos las suficientes oportunidades y plazas para que sus habitantes tuvieran un empleo y manera de desarrollarse económica y socialmente. Y que éstos, a su vez, dispusieran de la capacitación suficiente para insertarse precisamente en esos empleos, dependiendo de sus propias vocaciones e inclinaciones profesionales. Pero la realidad es otra, y en Zacatecas estamos a años luz de que eso suceda.

Pero es peor. Ni tenemos el número de plazas disponibles para todos aquellos que se preparan profesionalmente (ingenieros, doctores, abogados, arquitectos, etcétera), ni hay un nivel industrial que pueda albergar a toda la masa laboral que aun sin estudios profesionales necesita un empleo, ni siquiera en el sector primario (la producción en el campo) se goza de las mejores condiciones pues muchos de los que podrían estar laborando ahí… ya migraron.

Los estudios más recientes de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, el Seguro Social, o hasta el Inegi, sólo nos muestran ciertas caras parciales de una realidad que muchos conocen de cerca: la necesidad de dedicarse a empleos menos retribuidos y hasta sin seguridad social, cuando se llega a tener incluso una maestría o un doctorado. Y en su defecto, la necesidad que orilla al resultado que nos es común, que consiste en largarse a otra entidad o a otro país, porque aquí nada más no se puede progresar. ¿Le suena conocido?

Ante esta situación, tal como se describe en esta edición de El Diario NTR, tal parece que el actual gobierno ha decidido hacer “viajes de atracción” a otros países, con el fin de endulzar lo suficiente el oído de algunos inversionistas para que se decidan a invertir en Zacatecas, fundar empresas aquí, y promover desarrollo. No es nada nuevo, se ha intentado desde hace varios gobiernos, y los resultados han sido realmente magros.

Todo ello, a pesar de las tan famosas, llevadas y traídas “ventajas competitivas” que harían de Zacatecas un lugar “competitivo para la inversión” enfrente de las demás opciones que pudieran ofrecerles nuestros estados vecinos. Ventajas que, por lo visto, no son apreciadas de tal manera por los inversionistas, si no, ya estuvieran aquí peleándose por terrenos para instalar naves industriales o fundar fondos de inversión o apoyar escuelas superiores para preparar a sus propios empleados… tal como ha sucedido en otras entidades.

Todos podríamos preguntarnos por qué, por ejemplo, las presumidas ventajas como nuestra posición geográfica, facilidad de trámites para iniciar y abrir negocios, estímulos fiscales o “suficiente mano de obra” no compiten, a final de cuentas, con nuestros vecinos que sí logran atraer cada vez más empresas grandes, medianas, y logran promover incluso a las pequeñas empresas locales.

Así mismo, tendríamos que recordar –y volver a preguntarnos– ¿qué carajos pasó con aquél proyecto del famoso “puerto seco” o aduana interior que nos daría otra ventaja competitiva y la posibilidad de abrir las opciones de exportación para los productores locales? ¿qué pasó con todos los proyectos que año tras año se dice darán impulso y fortaleza al campo y los campesinos?

Una parte de la respuesta, por supuesto, está en la educación, en la mejor preparación de nuestra mano de obra para que sea verdaderamente atractiva para los inversionistas. Otra parte sin duda lo son los estímulos fiscales. Y por supuesto, en el apoyo a las actividades primarias existentes.

Pero me parece que donde está coja la mesa es precisamente en la parte que le toca al gobierno; en el diseño de las políticas públicas de desarrollo económico de largo plazo que simplemente no aparecen, sino que por el contrario están condenadas a reinventarse a cada cambio de gobierno. Y creo que ahí está el meollo del asunto: pasamos tanto tiempo reinventándonos cada seis años, que en eso se le va la vida y el esfuerzo a cada gobierno, menos en pensar a futuro y sentar las bases definitivas para el desarrollo de la población.


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