FRANCISCO LEANDRO*
FRANCISCO LEANDRO*

Era el año 93. Yo caminaba por las calles de Zacatecas, y justo al lado de un internado de señoritas llamó mi atención el olor a cartón húmedo y a policloruro de vinilo; lo agudo en la voz de Robert Plant, gritando: “Hey, hey, mama said the way you move, gonna make you sweat, gonna make you groove…”, me invitaron a entrar.

Era de ensueño, cientos de discos, muchos casi nuevos y otros maltratados por las manos de uno que otro melómano dipsómano, bueno, eso imaginaba al ver marcada en la portada una circunferencia como de base de vaso sobre la cara de Janis Joplin o sobre el ojo de Johnny Cash.

Caminé, observé, mis dedos índices y medio parecían piernas de bailarina cuando pasaba portada tras portada. Mi emoción era tan grande que quería ver todo a la vez. En un rincón, viéndome a lo lejos estaba un señor al lado de un rack con varios aparatos que ecualizaban esa alucinante atmósfera.

Fui varios días a ver los discos una y otra vez. No terminaba de apreciar todo “el material” (como se dice en el argot musical callejero). Un buen, gran y azul día, encontré el recopilatorio de The Beatles (1967-1970), y en la cara b del disco uno, estaba como penúltima Hey, Jude, justo antes de Revolution, es aquí amigos, donde empezó de manera más seria mi viaje musical.

Mientras el “Naaanaanananananá, hey, Jude” llegaba a un ‘crescendo’ que me enchinaba la piel, el señor Miguel acomodaba sus gafas ‘teashades’ color dorado y me platicaba que es una canción que McCartney había escrito para Julian, el hijo de John Lennon, tras el divorcio con su madre, entre otras cosas que un niño de 9 años con una familia regularmente funcional no entendería.

¡Carajo! Empecé a portarme bien, quería pedirle a mi padre que me comprara todos, todos esos discos grabados en casete, quería conocer absolutamente todo de ellos, me había convertido en un fan más del grupo más importante de la música pop de la historia.

Un día llevé a quien en vida fuera mi progenitor y mentor musical, fue una gran sorpresa ver que él y el señor de los lentes vintage y el morral de manta eran grandes amigos de la juventud. Platicaron mientras yo seguía en mi ‘Magical Mystery Tour’, ese día me regalaron los álbumes rojo, azul y blanco de los rompecorazones de Liverpool, la pasé increíblemente las próximas semanas. Disfrutaba tanto moverle al ecualizador de mi estéreo Fisher; me entretenía entender cómo en varias de las canciones la voz se escuchaba en una bocina y la música en otra.

Mis siguientes regalos por “bien portado” fueron Willy and the Poor Boys de Creedence Clearwater Revival y más, muchos más. Es así como Hey, Jude fue mi puerta a este estilo de vida, es así como el divorcio de John Lennon inspiró esa canción que me invitó al rock, ah, no, al pop rock, ah, no, no sé a qué, a la música, a sentir, a vivir. A escribir esto en el autobús de regreso a casa de uno de los festivales de música que más he disfrutado. A seguir creyendo que si Yoko Ono hubiera tenido nalgas, el rumbo de la música hubiera sido diferente; tal vez no hubiera existido un divorcio, y no existiera la canción, y tal vez cualquier otra cosa me hubiera llevado a otro rumbo.

 

*Periodista. El Diario NTR


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