ADOLFO LUÉVANO*
ADOLFO LUÉVANO*

 

“Desde su aparición, Casa de muñecas ha sido una obra controvertida debido a que confronta el matrimonio y más aún la maternidad con el derecho de la mujer a ser, por encima de cualquier otra cosa, un individuo auténtico, libre”

 

 

ADOLFO LUÉVANO*

 

Ya ha pasado más de un siglo desde la publicación y el estreno de Casa de muñecas; todo un siglo junto con un par de décadas y, sin embargo, el drama más célebre de Henrik Ibsen sigue alterando algo en los lectores, en el público del teatro. Todavía nos pone un tanto inquietos la transformación de Nora, su protagonista, esa muñeca que poco a poco va despertando del sueño en el que habita, hasta cobrar una vida auténtica, tal como lo hiciera el juguete de Carlo Collodi pero, desde luego, en un grado distinto: como si Pinocchio, siendo ya un niño de verdad, descubriera que eso que le ha sido concedido (la carne y la piel, la sangre y los huesos, la obligación de morir) no es suficiente.

Por supuesto, Nora no es una muñeca de madera ni de porcelana… Nora es una mujer, pero es tratada como una muñeca. Con esto no quiero decir que se le manipula como hace un niño con sus juguetes, llevándolos de allá para acá, imponiéndoles oficios, asignándoles papeles, prestándoles la voz pero no la capacidad y mucho menos el derecho de hablar. O, pensándolo mejor, tal vez sí. Sin lugar a dudas, Nora es manipulada pero de un modo distinto, mucho más sutil, al punto en que ella –y puede que también quienes la manipulan– no se da cuenta de ello. Nora es una mujer europea, de clase media alta, es joven y bella, de carácter alegre, está casada y tiene tres hijos, todavía pequeños. Se puede decir que tiene una vida feliz, despreocupada. Aunque no se encuentra rodeada de lujos, está claro que ha conseguido lo que muchas mujeres podrían desear y jamás obtener. Y sin embargo, conforme avanza la obra, Nora descubre que ese sueño hecho realidad no le alcanza para ser feliz, para ser realmente. De modo que cuando decide renunciar a todo eso, aun cuando podemos entender su renuncia e incluso apoyarla, algo dentro de nosotros tiembla. Y eso que tiembla es precisamente lo que Ibsen se propuso poner a temblar: las ideas tradicionales sobre el matrimonio, sobre el hombre y, por encima de todo, sobre la mujer.

Desde el inicio del drama, incluso desde el título, notamos algo sospechoso en el mundo de Nora, algo que no termina de convencernos. Están ella, el marido, los hijos, la casa acogedora, los sirvientes: todo es tan como-debería-ser que se antoja artificial, demasiado bueno para ser real. Por suerte, no tardamos mucho en identificar las grietas. Lo primero que nos es dado para sopesar es el intercambio de palabras y de gestos entre Nora y su marido, Torvald Helmer. Ambos se tratan con tanto cariño que en esto no puede haber sino una constante y mutua evasión. Nora, para hacerle saber a Helmer que ya ha llegado a casa, pone en marcha un juego a todas luces frecuente: se pone a tararear cerca de la puerta cerrada del despacho del esposo, y cuando éste la llama ella se finge sorprendida. Por su parte, Torvald gusta de dirigirse a Nora no por su nombre sino por sobrenombres aparentemente inofensivos, como “la alondra” y “la ardilla”. En general, Torvald trata a Nora como a una niña; procura consentirla pero también la reprime en cuanto ésta hace uso del dinero como si ganarlo fuera cosa en extremo sencilla.

Y precisamente es el dinero el elemento que desencadenará el resto de la historia. Descubriremos que tiempo atrás Nora falsificó la firma de su padre para conseguir un préstamo y, así, costear unas vacaciones prescritas por el médico de Torvald, quien se encontraba muy enfermo por exceso de trabajo y sin suficiente dinero para pagar esa medicina. Desde luego, Nora ha mantenido oculto esto, pues sabe que su esposo jamás hubiera accedido a conseguir el dinero con semejante subterfugio, en especial porque él es uno de los empleados del banco que entregó el préstamo. No obstante todos sus esfuerzos por salir bien librada, y después de un enredo teatral exquisito, Nora conoce realmente a su marido cuando éste descubre la verdad y, temeroso de aparecer como un cómplice, de terminar manchado por las acciones de su esposa, la llama delincuente, hipócrita, inmoral, indigna de él y de los niños que en ese momento duermen en alguna habitación de la casa. Entonces, y a pesar de que Torvald la ha perdonado, Nora decide irse para atender unos deberes tan sagrados como los de ser esposa y madre, pero más urgentes: “Deberes conmigo misma”.

 

Torvald.— Ante todo eres esposa y madre.

 

Nora.— Ya no lo creo así. Lo que creo es que ante todo soy un ser humano, yo, exactamente como tú… o, en todo caso, que debo luchar por serlo. Sé perfectamente que la mayoría te dará la razón, Torvald, y que algo así se lee en los libros. Pero ya no puedo contentarme con lo que dice la mayoría ni con lo que se lee en los libros.

 

Desde su aparición, Casa de muñecas ha sido una obra controvertida debido a que confronta el matrimonio y más aún la maternidad con el derecho de la mujer a ser, por encima de cualquier otra cosa, un individuo auténtico, libre. Frente a la imagen tradicional del sacrificio y la resignación maternales, Nora aparece como una rebelde, para algunos heroica y para otros –ojalá cada vez menos– errada. Nora es una Medea contemporánea, con la diferencia obvia de que ella atenta contra algo más duradero, fuerte y mucho más apreciado que cualquier ser humano: las ideas de la mayoría. Ignoro si el objetivo de Ibsen fue derrumbar la idea del matrimonio o la de la maternidad; lo dudo. Pero sí me atrevo a decir que por lo menos quiso que entre todos las revisáramos, que las escrutáramos a través de ese espejo de la sociedad llamado teatro y que al final decidiéramos si sería justo continuar con ellas dejándolas intactas, o bien, cambiándolas. Después de un siglo y más, todavía atestiguamos la dureza del muro contra el que Nora decidió, aquella noche, enfrentarse.

*Profesor y lector

 


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