Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento

“Los grandes líderes son casi siempre grandes simplificadores, que reducen argumentos, debates y dudas para ofrecer una solución.”

Colin Powell

 

Es la solución perfecta: terminar el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, pero sólo con dinero privado. La propuesta viene del propio Andrés Manuel López Obrador, el candidato puntero que rechaza continuar con la construcción, en oposición a especialistas y empresarios que mantienen que la cancelación sería un golpe al desarrollo del país. El candidato dijo finalmente este 8 de mayo: “Si insisten en hacer el aeropuerto en el lago de Texcoco, lo único que pediríamos es que no se hiciera con dinero público.” Ya antes López Obrador había sugerido: si Carlos Slim está tan interesado en el aeropuerto, “que lo construya con su dinero y se le da la concesión”. Federico Patiño, director del Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México, aceptó que un proyecto concesionado sería viable. Hasta este momento la obra tiene un 70 por ciento de inversión privada y 30 por ciento pública. Hacerla completamente privada no sería difícil y sí disminuiría los riesgos de corrupción. La privatización sería también una prueba de fuego para la rentabilidad del proyecto; las empresas sólo le apostarán recursos si realmente piensan que pueden obtener utilidades. Muchas obras gubernamentales nunca habrían sido realizadas con dinero privado porque estaban condenadas a tener pérdidas, como el tren Toluca–Ciudad de México. Si bien la mayoría de los aeropuertos del mundo fueron públicos en un principio, al igual que muchas aerolíneas, la consecuencia era usar dinero del erario para subsidiar un servicio que solo beneficiaba a los ricos. Con la liberalización del transporte aéreo se privatizaron aerolíneas y aeropuertos, lo cual generó más competencia, bajó los precios y aumentó los pasajeros. En 1987 la primera ministro británica Margaret Thatcher privatizó la British Airport Authority, que manejaba los principales aeropuertos británicos, entre ellos Heathrow. Los aeropuertos de París, incluyendo el Charles de Gaulle, fueron privatizados en 2005, aunque el gobierno francés mantuvo una posición accionaria en Groupe ADP. El aeropuerto de Fráncfort, Alemania, es hoy propiedad de Fraport, empresa privada, también dueña o socia de otros aeropuertos en el mundo. Paradójicamente en Estados Unidos, la patria del capitalismo, la mayoría de los aeropuertos son propiedad de instituciones públicas, pero concesionan muchos de sus servicios a compañías privadas. En México se privatizaron una treintena de aeropuertos en 1998 para venderse a tres grupos privados: OMA, GAP y ASUR. Los que no fueron del interés de estos consorcios se concentraron en la firma gubernamental Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA). El aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, la cereza del pastel, quedó en manos de otra paraestatal, Grupo Aeroportuario de la Ciudad de México. Concesionar el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México es una solución sana a un problema que parecía infranqueable. Coincido con López Obrador: no debe usarse dinero público para un proyecto que puede ser rentable con empresas privadas. El gobierno en el transporte aéreo, como en el terrestre, debe ser regulador y no dueño u operador. López Obrador ha querido mandar una señal de sensatez para resolver una disputa que podía volverse tóxica. Es una señal que nos revela que el candidato está dispuesto a buscar soluciones pragmáticas.

 

Robo de trenes

El descarrilamiento por criminales de un tren de Ferrosur en Acultzingo, Veracruz, para robar su carga de polietileno me hizo recordar el mensaje de Twitter de López Obrador de octubre de 2016: “En vez de acabar con la corrupción y combatir la pobreza, mandan mil soldados a Irapuato para enfrentar a los que roban trenes por necesidad.” Espero que la posición del candidato haya cambiado.

 

Twitter: @SergioSarmiento


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