ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Qué esperanzas que, hace algunos años –ni tantos, hasta eso– se hablara de depresión en cualquiera de sus manifestaciones. Había menciones sobre quien sufría por mal de amores; o casos extremos de quien se “moría de la tristeza” (literalmente) cuando fallecía algún ser querido; o de casos de personas que se postraban (se vino abajo, decían) al perder un trabajo. Pero ¿depresión? Ahora nos acostumbramos a mencionarla como padecimiento común, incluso en menores de edad.

Durante el Coloquio de Investigación Retos Actuales de la Psicología, realizado en nuestra ciudad, especialistas en psicología se dieron a la tarea de abordar éste y otros temas relacionados precisamente con los males de nuestro tiempo que provocan manifestaciones de preocupación, nerviosismo, fatiga, cansancio, dolor o cosas peores, y que afectan en mayor medida a las mujeres que a los hombres.

¿Qué es lo que lo está provocando? Según los especialistas, hay factores como la violencia que percibimos diariamente, o los abusos de herramientas tecnológicas (y la exposición a contenidos violentos o estresantes por estos medios) que nos están haciendo cambiar nuestros sentimientos. Desde cuando alguien ve un video musical explícitamente misógino y de abierta connotación sexual, hasta cuando alguien –un menor de edad, por ejemplo– se engancha con alguno de esos jueguitos como el de “la ballena azul” o “el abecedario del diablo”.

O como cuando accedemos, ya sea por accidente o voluntariamente, a pseudonoticias de contenido abiertamente violento, sangriento, relacionado con la muerte de personas por ejemplo, en hechos perpetrados por la delincuencia organizada o fanáticos religiosos en cualquier parte del mundo (bombazos, ejecuciones, ataques suicidas, etcétera). Sí, las herramientas tecnológicas del internet y las redes sociales nos han abierto la puerta a todo eso y mucho más.

Y si a eso le agregamos lo que día con día se va compartiendo de boca en boca, en conversaciones entre amigos y familiares o conocidos, acerca de que “acaban de robar tal casa de la colonia”, o de que “se llevaron a don Fulanito mientras iba a dejar a los hijos a la escuela”, o de que “ya mataron al compañerito de escuela de los hijos”… pues es comprensible que la sociedad vaya albergando, en aumento, esos sentimientos de preocupación y temor. Fundados o no, ahí están, y ahora los médicos están empezando a ver cómo carajos tendrán que lidiar con esa nueva ola de padecimientos psicológicos para los que todavía falta mucha atención.

Ahí están las altísimas tasas de suicidio en todas partes, derivadas de la desesperación, la depresión, el temor y muchas causas más, que reflejan la debilidad de la naturaleza humana ante realidades que parecen rebasarnos y dejarnos inermes, sin defensa alguna. Pero el chiste es que sí debería haber defensa, y no basada solamente en que se prohibiera la difusión de tales contenidos por medios de comunicación electrónicos. No, la mejor defensa considero que debería ser la formación de las personas desde el núcleo familiar.

Ahí, precisamente, es donde tanto la sociedad civil como el gobierno deben poner atención, desde su obligación compartida de la tutela de la población. Mediante políticas públicas de educación integral, así como políticas públicas integrales de atención social (salud, servicios básicos, empleo y vivienda digna, oportunidades, etcétera).

Ahora que estamos en época de campañas, a mí me gustaría escuchar de los candidatos cuál es el plan que tienen (desde el municipio, el estado, las legislaturas) para darle tranquilidad a la sociedad que tiene miedo; para darle certeza a quienes no encuentran empleo y ven en la delincuencia una solución a sus males; para darle esperanza a quienes no reciben servicios médicos porque ni médicos tienen en la cercanía.

De lo contrario, me parece que entonces bajo esas mediciones y esos análisis que han hecho los psicólogos, es claro que una buena parte de la intención del voto está determinada –o al menos influenciada–, lamentablemente, por el miedo. Y que no se hagan tontos los políticos: es miedo a cualquiera, o quizás a todos.


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