Alberto Chiu
Alberto Chiu

Ayer tuvo Zacatecas nuevamente la visita de un candidato presidencial, en este caso Ricardo Anaya de la coalición Por México al Frente (conformada por PAN, PRD y MC), y tuvimos la oportunidad de escuchar, por enésima ocasión, la retahíla de promesas y frases hechas que prácticamente todos usan, con el objetivo de convencer a la población de votar por ellos.

Es obvio que la ciudadanía tendría que poner muchísima atención a los discursos públicos de quienes pretenden ser nuestros gobernantes o legisladores, y analizar todas aquellas cosas que nos prometen, como por ejemplo, “gobernara para y con la gente”. ¿Pues ni modo que para quién más o con quién más vaya a gobernar?

Entre otras cosas, Ricardo Anaya se comprometió a “devolver la seguridad” a los zacatecanos, y hay muchos que nos preguntamos cómo carambas plantea hacerlo, porque hemos visto ya mucho esa figura en forma de promesa, y la verdad es que nadie ha podido hacerlo. Prometió “sacar las vías del ferrocarril” de la ciudad, y es otra de las promesas que hemos escuchado infinidad de veces, sin concretar una sola de ellas.

Igualdad salarial para hombres y mujeres que desempeñan un mismo trabajo; personal y medicamento suficiente para todas las clínicas de salud del estado; la conclusión de la carretera Jerez-Guadalajara; empleo y oportunidades para que no se vayan más zacatecanos como migrantes a buscar el “sueño americano”… promesas y más promesas, una y otra vez escuchadas en voz de todos y cada uno de los presidenciables y de los candidatos locales a algún cargo como presidentes municipales o legisladores.

Ante la similitud de las propuestas de todos los que aspiran hoy a ganar un cargo de elección, se hace necesario –urgente– que los ciudadanos aprendamos a distinguir perfectamente cuando las palabras se usan sólo como recurso retórico, y cuándo vienen cargadas de algún otro significado más profundo, con contenido basado en un programa de acción bien fundamentado y con conocimiento de su base presupuestal y su factibilidad política y financiera.

Pero vayámonos entendiendo. Hay que entender primero que los políticos –sobre todo cuando quieren que votemos por ellos– usan la retórica como esa herramienta que les ayuda a “hablar o escribir de forma elegante y con corrección con el fin de deleitar, conmover o persuadir”, tal como lo señala el diccionario general. Y preguntémonos: lo que estamos escuchando de ellos ¿nos deleita, nos conmueve o nos persuade a votar por ellos?

En otras palabras: ¿suena bonito? ¿nos convence? Y hay que ir más allá: ¿cómo carambas plantea hacer todo eso que nos está prometiendo? Casi nadie le busca los tres pies al gato a la hora de analizar los discursos de los candidatos, y casi nadie utiliza la más básica estrategia de dudar, dudar de todo lo que nos dicen, hasta tener “los pelos de la burra en la mano” para poder decir que es parda.

Me parece que tenemos que exigirnos, personalmente, el dejar a un lado las primeras impresiones que nos provocan esos discursos melosos o cargados de buena onda, y buscar más datos si es que queremos tomar una decisión que valga la pena para seleccionar a quien tendrá en sus manos los destinos del país o las normas jurídicas que nos rigen en la cotidianidad. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de elegir tal vez al que habla más bien, o tiene un mejor estilo, pero puede ser que no necesariamente sea quien mejor y más conocimiento tenga de cómo gobernar o cómo solucionar nuestros problemas.

Y ahí también tenemos que atenernos a las experiencias que tienen esos candidatos en sus respectivas carreras profesionales, para que nosotros elijamos en conciencia a quien mejor puede demostrar que sabe cómo resolver las situaciones que enfrenta todos los días la población.

En suma, ojalá pronto los mexicanos dejemos de seguir las promesas y la retórica para mejor atender al análisis y el examen exhaustivo de los candidatos, pues nuestra decisión marcará el futuro del país.


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