Alberto Chiu
Alberto Chiu

Según Salvador Eduardo Villa Almaraz, el relativamente nuevo fiscal especializado en el Combate a la Corrupción, son todavía muchos los retos que hay que enfrentar para lograr que el sistema estatal anticorrupción funcione a cabalidad, que se necesitan más recursos (sí, dinero para la instancia oficial), más y mejores estrategias, más profesionalización de los servidores públicos, etcétera.

Asegura que ha incrementado el número de denuncias interpuestas ante la oficina que dirige (sustancialmente en sus primeros meses de existencia), y que entre los más señalados están desde las policías Estatal y Ministerial, hasta funcionarios de nivel medio y presidentes municipales, por toda clase de inconsistencias y violaciones a ordenamientos legales. Es decir, no hay novedad, sólo el hecho de que ahora se conocen más de estos hechos, muchos de ellos ligados a actos de corrupción.

Pero ¿qué nos falta entonces para que el sistema anticorrupción funcione mejor y le dé a los zacatecanos como resultado una administración digamos medianamente “limpia”? Me parece que una buena parte de la solución está en perder el miedo.

El famoso miedo a “las represalias” por parte de los propios funcionarios y servidores públicos corruptos que amenazan a constructores, comerciantes, profesionistas o ciudadanos de a pie con entorpecer sus trámites si llegan a denunciarlos, o si no les entregan alguna “mordida” o prebenda.

El miedo a resultar “involucrado” y que el sistema se vuelva en su contra y no en contra de quienes verdaderamente le están haciendo un mal a la sociedad con su flamante impunidad.. El miedo a que la propia sociedad los señale como “chismosos” o delatores de otros más que también son parte de la misma congregación, pensando que si nos callamos todos, entonces no hay manera de que nos traten mal, haciéndonos al mismo tiempo cómplices de lo que tanto criticamos en voz baja pero no somos capaces de denunciar en voz alta.

Sí, se nos tiene que acabar ese miedo. Y por supuesto, cifrar nuestra esperanza en que aquellos que han sido nombrados para la grave tarea de luchar contra la corrupción, se mantengan firmes en tan noble propósito y no sucumban ni a la tentación de corromperse, ni a la tentación de “salvarse” por la vía de “hacerse de la vista gorda” con tal de conseguir alguna clase de privilegio.

Si tanto ha luchado la sociedad para que por ejemplo funcione el sistema nacional de transparencia, y tanto se ha sacrificado para que todas las estructuras oficiales efectivamente funcionen a la vista de todos, y el gobierno lleve a cabo sus acciones de cara a la sociedad, ¿por qué no luchar con mayor denuedo para acabar con los corruptos? O al menos para que quien esté tentado a corromperse, se la piense un poquito y detenga ese impulso.

Para ello, por supuesto, se necesitará la voluntad política del gobernador en turno, y la de los diputados, y la de los propios funcionarios de todos los niveles. Y la conciencia plena de que quizás ya no es tan fácil que se salgan con la suya, y de que quien lo intente podría enfrentar todo el peso de la ley.

Pero por encima de todo ello, que digamos ya es esperar bastante de nuestra clase política, se necesita urgentemente que la sociedad, muchos víctimas de delitos de corrupción, se armen de valor y denuncien. Que no se queden esas voces calladas ante cualquier atisbo de corrupción, ante cualquier intentona de hacerlos caer en las mismas redes que provocan la impunidad, y que lo hagan público pues, quien no lo denuncia, al mismo tiempos se hace cómplice silencioso de lo que padece y lo que recrimina. Ya es hora de perder el miedo, para no dejarle a las generaciones futuras sólo un legado de problemas que nosotros tuvimos la oportunidad de detener, pero no lo hicimos por no vernos involucrados.

 


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