Alberto Chiu
Alberto Chiu

Tal como lo consignan diversos medios nacionales e internacionales, el tercer debate de los candidatos presidenciales –realizado ayer en tierras mayas– fue objeto de toda clase de críticas y burlas que, a los pocos minutos, se convirtieron en sendos memes en las redes sociales. Para “eso” dio nuestro ejercicio democrático, aparentemente.

A decir de varios analistas, sin embargo, quedó claro que el candidato Ricardo Anaya se debate, más bien, entre las acusaciones en su contra (incluida la de su propio partido) y la búsqueda de acusar a sus rivales, en una especie de lucha sin sentido que lo tiene, literalmente, en caída libre por las preferencias electorales tras insinuarse una y otra vez su participación en actos “no tan legales” que podrían tener también consecuencias legales.

Y mientras eso sucede, a decir de varios analistas más la parte final de la carrera presidencial se centra en dos candidatos nada más: José Antonio Meade Kuribreña y Andrés Manuel López Obrador. Uno con más propuestas que el otro, el otro con más “teatro” que el primero. ¿Nos sirvieron los tres debates realizados para definir nuestro voto?

Nuevamente, acusaciones entre los candidatos fueron y vinieron. Los casos del presunto lavado de dinero y de corrupción se ventilaron otra vez entre ellos –sobre todo contra Ricardo Anaya–, y sirvieron en varias ocasiones para que la ciudadanía percibiera momentos de exasperación entre los candidatos.

Faltan apenas 17 días para que los mexicanos tomemos la decisión final sobre quién queremos que dirija el destino de nuestro país, y tres debates después me parece que todavía deben quedar dudas en muchos de nosotros. Tanto por la insuficiente información que recibimos de los debates, como por el constante golpeteo que se traen entre ellos, los candidatos, ventilado diariamente a través de los medios de comunicación nacionales.

Entonces, ¿en base a qué tomaremos la decisión el próximo 1 de julio? Bueno, pues en base a lo que conozcamos de ellos (poco o mucho) en base a sus programas y proyectos difundidos (y si no los conocemos, hay que buscarlos) y en base a la confianza que nos hayan generado con sus discursos en estos días de campaña. Pero votar por inercia, o porque “alguien” nos dijo que era lo que había que hacer… no, eso no.

La próxima elección –como sucede cada ciclo electoral– no sólo se pone a prueba la popularidad de un político o de un partido. Se pone a prueba también la capacidad de cada uno de nosotros para discriminar propuestas, para analizar planes de acción, para estudiar a nuestros candidatos. Se pone a prueba nuestra capacidad ciudadana de ser analíticos y críticos, de ser escrupulosos a la hora de seleccionar a quien será el primer servidor público del pueblo mexicano.

Vamos, pues, que la jornada electoral que se avecina estará en nuestras manos directamente, y no dependerá de lo que los candidatos hayan hecho o dejado de hacer en sus respectivas campañas electorales. O como dicen los jóvenes de ahora: “es nuestro problema”.

Lo que no debería ser nuestro problema es el poder, precisamente, tener a nuestra disposición la información suficiente para emitir el voto. No debería ser un problema el disponer de datos para conocer a los candidatos; ni debería ser un problema el poder discriminar entre las informaciones falsas (fake news) y las reales sobre los candidatos, para expresar nuestra voluntad mediante el voto consciente y calculado… y sin embargo, todavía es nuestro problema.

El problema principal, como siempre, es uno mismo cuando prefiere no buscar información o cuando prefiere dejar su decisión en manos de otro, ya sea por amistad o compadrazgo u “obligación”. El problema principal es que dejemos de pensar individualmente y dejemos nuestro poder ciudadano en manos de quien lo quiera manipular.

Ojalá, de verdad, que el debate de ayer haya abierto al menos el camino para que todos razonemos nuestro voto, y que logremos poco a poco hacer de nuestra democracia un ejercicio maduro y consciente.


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