ADOLFO LUÉVANO*
ADOLFO LUÉVANO*

“La aborrecible práctica de quemar libros no es una novedad (la Historia lleva registrada una cuenta extensa de destrucción de bibliotecas), como tampoco lo es la no menos aborrecible práctica de prohibir algunos títulos bajo cualquier, ridículo pretexto; pero en lo que sí parece haberse adelantado notoriamente Bradbury es en su crítica a la intromisión por parte de los gobiernos en la vida de las personas.”

 

Me gané en una rifa un ejemplar de Fahrenheit 451. No me entusiasmaba mucho la idea de obtenerlo, pese a que una prima me había recomendado, casi con brillo en los ojos, la lectura de esa novela. Y es que tiempo atrás había fracasado en el intento de leer otro relato extenso de Ray Bradbury: Crónicas marcianas. Éste me lo recomendó un muchacho mientras hacíamos fila en una librería de la Ciudad de México. No nos conocíamos pero el muchacho era guapo y el libro estaba muy barato. Fue una mala decisión, entonces, hacerle caso al desconocido de la librería y en cambio no confiar en el buen gusto de mi conocidísima prima. Pero tal vez fue mejor así, pues esperaba tan poco de Fahrenheit 451 que al final obtuve más de lo que acaso en realidad contiene.

La anécdota es harto conocida. En un futuro distópico, los Estados Unidos se han convertido en una extraña dictadura y los bomberos ya no se ocupan de apagar incendios sino de provocarlos. Pero no incendian cualquier cosa sino libros, los cuales desde luego están prohibidos. En la novela se habla de “fireman” y no, por ejemplo, de “firefighter”; luego, la palabra “bombero” no es muy acertada para designar a este tipo de esbirro gubernamental, pero al parecer no hay manera de trasladar esa ironía al español.

El protagonista de Fahrenheit 451 es, debía ser, un fireman. Su apellido es Montag y se distingue del resto de incendiarios porque poco a poco, a través del contacto con su nueva vecina, ha desarrollado interés por el contenido de esos libros cuyo trabajo es destruir sin siquiera preguntar por qué. En cierta ocasión, luego de meditarlo muchísimo, se atreve a rescatar uno de esos libros y entonces inicia un camino modesto e irreversible hacia la destrucción, no tanto del mundo que lo rodea sino del que lo habita.

La vigencia de este relato no sólo se debe a la calidad de su ejecución, la cual hace de Fahrenheit 451 un libro accesible para prácticamente cualquier lector, joven o viejo, incipiente o experimentado; se debe también al hecho cada vez más patente y doloroso de que autores como Bradbury, Orwell y Huxley no estaban tan nada más valiéndose de su capacidad para crear fantasías cuando escribieron sus historias sino, sobre todo, mirando con atención hacia el futuro.

Cierto: la aborrecible práctica de quemar libros no es una novedad (la Historia lleva registrada una cuenta extensa de destrucción de bibliotecas), como tampoco lo es la no menos aborrecible práctica de prohibir algunos títulos bajo cualquier, ridículo pretexto; pero en lo que sí parece haberse adelantado notoriamente Bradbury es en su crítica a la intromisión por parte de los gobiernos en la vida de las personas. Los mecanismos de control de las masas pueden no ser aún tan vulgares o evidentes como los que aparecen en esta novela, pero podemos apostar a que ya operan en el mundo unos mucho más sutiles y tal vez igualmente eficaces.

Un detalle fascinante de Fahrenheit 451 es la, por así llamarla, presencia ausente del Estado. No se identifica a ese poderoso villano, enemigo de la libertad,  en un personaje específico, pues éste se encuentra diseminado ya entre los ciudadanos. El gobierno es el pueblo o, mejor dicho, el pueblo es una extensión del gobierno. Todos son espías voluntarios sin saber bien a bien que lo son. Por ello, para escapar de ese orden monstruoso, los disidentes deben, en primer lugar, recuperar o acaso inventarse su consciencia de individuos, escapar de la masa informe en la cual, por cierto, se vive bien porque, claro, no se vive realmente. Pronto descubrimos que la salida de emergencia está en los libros, en el acto minúsculo pero tremendo de separarse del mundo para leer.

Montag es un héroe, por supuesto, pero sus logros son, en comparación con las dimensiones de su realidad, insignificantes: sólo ha conseguido salvarse a sí mismo. Así pues, Fahrenheit 451 no es un relato optimista ni ingenuo. Bradbury parece advertirnos que los libros sí son objetos peligrosos, en especial cuando se los lee. La cuestión es para quién o para qué resultan peligrosos. El Estado los teme, pero el propio caso de Montag nos confirma que un lector no hace la diferencia; y muchos tampoco, pues es bien sabido que la lectura no conduce a la comunidad, al reconocimiento y asociación de los sujetos, sino a una forma nueva de estar solos. La soledad que al final de la novela experimenta Montag es a lo que algunos pueden llamar libertad y otros, desolación. Yo me inclino a no llamarla de otro modo más que soledad.

 

*Profesor y lector


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