ADOLFO LUÉVANO*
ADOLFO LUÉVANO*

 

“La desesperada carrera de policías y ladrones que habita en las páginas de Plata quemada, nos indica la locura de unos y otros y al final de todos, de la sociedad entera. Se necesita estar locos, o sea ser humanos, para a través de un proceso sin lugar a dudas alquímico darle tanto valor a unos papeles. Y el excitante final de esa carrera no hace sino confirmar esta tesis. Para entonces, Dorda y Brignone ya no son unos ladrones ordinarios; son una suerte de profetas o de mártires, unos desequilibrados enemigos del sistema, unos salmones…”

 

Recuerdo hoy un libro de Ricardo Piglia, una novela: Plata quemada. La leí hace mucho tiempo; de tal modo que ahora, más que una síntesis decente de su argumento, mi memoria tan sólo conserva un grupo de imágenes inconexas: un asalto bancario bien planeado pero sangriento y escandaloso; los mellizos, Dorda y Brignone, jóvenes y hermosos, adivinándose el pensamiento el uno al otro, amándose con complejos, es decir, a pesar de ellos; un final insospechado para quienes, como yo, le llaman pan al pan y al vino vino.

Cabe la posibilidad, encima, de que esas imágenes hayan sido alteradas, definidas por la versión cinematográfica que vi en cuanto terminé de leer la novela… Acabo de hojearla y confirmo que su contenido se me ha mezclado con el de la película: dice el narrador en el primer párrafo que los mellizos no eran hermosos –salvo para sí mismos, acoto yo, cursi como siempre–.

Pero ya recuerdo: más allá del interesante amorío que protagonizan, el motivo principal de Plata quemada es una discusión alrededor del dinero, que las palabras de Bertolt Brecht citadas a manera de epígrafe por el mismo Piglia, expresan con toda claridad: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”. La cita adelanta, con bastante nitidez, la posición del narrador respecto al dinero: no es menos ladrón el asaltante que el banquero, e incluso este último lo es más.

Apenas ayer conversábamos mi novio y yo sobre el carácter inmaterial del dinero. Me habló de un reportaje en el cual le preguntaban a la gente de a pie si conocía el origen de los billetes, quiénes los producen, por qué motivos y bajo cuáles condiciones… Ninguno de los entrevistados, pese a ser clientes de banco, piezas minúsculas pero piezas a fin de cuentas de la Economía, supo dar una respuesta convincente ni mucho menos acertada. Yo le hablé de la ocasión en que, durante una clase en la cual revisábamos el mito como un subgénero narrativo y también, desde luego, como un poderoso elemento de cohesión social, les advertí a mis alumnos que los mitos no son exclusivos de las sociedades primitivas ni de los sistemas religiosos; que nosotros mismos, dizque posmodernísimos, participamos de muchos mitos. Como cuál, me preguntó un alumno. Como el dinero, le respondí tras pensarlo un poco. Y le aclaré: Es la fe de todos la que hace de un pedazo curioso de papel un billete, tal como dos maderos atravesados, una vez los baña la fe, dejan de ser dos maderos atravesados para convertirse en un símbolo del dios cristiano.

La desesperada carrera de policías y ladrones que habita en las páginas de Plata quemada, nos indica la locura de unos y otros y al final de todos, de la sociedad entera. Se necesita estar locos, o sea ser humanos, para a través de un proceso sin lugar a dudas alquímico darle tanto valor a unos papeles. Y el excitante final de esa carrera no hace sino confirmar esta tesis. Para entonces, Dorda y Brignone ya no son unos ladrones ordinarios; son una suerte de profetas o de mártires, unos desequilibrados enemigos del sistema, unos salmones…

No me atrevo a afirmar que Piglia quiso presentar como heroicas las acciones de estos inclementes ladrones de banco, menos cuando toda la novela está basada en hechos reales y, en consecuencia, al publicarla podía herir a algunos lectores todavía vinculados con el caso. Pero sí estoy convencido de que se sentía fascinado por esos delincuentes, aun desde antes de que adquirieran rasgos literarios. No creo que le fascinara la poca estima que Dorda y Brignone tenían por la vida ajena; sí, tal vez, la poca estima que tenían por la vida propia.

Y es que los mellizos van por el mundo viviendo, al parecer, no por el gusto de vivir sino por el placer abyecto de hacerle difícil la vida a los demás. De esta manera, la vida es para ellos un medio apenas, a ratos tedioso. Lo mismo el dinero: no es su objetivo sino su pretexto. Sólo así se explica la victoria amarga que al final consiguen: “quiere decir que no tienen moral, ni motivos, que actúan y matan gratuitamente, por el gusto del mal, por pura maldad, son asesinos de nacimiento, criminales insensibles, inhumanos”. Así, indignada, los describe la ciudad que ahora los rechaza, los excomulga. El lector puede decir que, en efecto, Dorda y Brignone ya no son humanos, pero porque tal vez al final son algo superior al hombre. Yo a veces digo eso.

 

*Escritor


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