CLAUDIA CÓRDOVA*
CLAUDIA CÓRDOVA*

Aquí estoy viendo videos de YouTube sobre momentos relajantes (ASRM) en el cine y la televisión, las perras sentadas en mis pies. Estoy pensando en prepararme un café para seguir procrastinando este texto… ¿con miel o con azúcar? Hace muchos años Bruno me enseñó a tomarlo con miel de mezquite, desde entonces lo tomo así cada que tengo oportunidad.

Yo sé que sí voy a votar y sé por quién, mi decisión está tomada, pero cómo convenzo a otros de hacer lo mismo… ¿será este texto sobre convencer? ¿O sólo doy mis razones para votar? Pero tampoco es que mis razones sean muy buenas, me convencen a mí porque yo tengo ese mal hábito de creerme mis propios cuentos, como el de tomar café con miel de mezquite (que bien podría ser un remedio para la tos) o la idea de que la escena de Poltergeist donde Diane y la doctora Lesh susurran es relajante.

“Votes o no votes, organízate”, dicen los zapatistas en un dicho que se ha vuelto el grito de guerra de la clase trabajadora que aspira a la clase media, que parece posible sólo para aquellos que gozan de tiempo; yo, en cambio, estoy aquí haciéndome tonta entre mi segundo y mi tercer trabajo para escribir este texto y pienso: “¡mierda! Tengo que sacar unas fotos, mandar unos correos y la neta ya me urge que me paguen”; y luego pienso que como ciudadana debo integrarme a la organización política, que tengo que ir a los talleres y las asambleas y las marchas y las tertulias y las presentaciones de libros… y me dan unas francas ganas de llorar y vomitar, en ese orden, creo que estoy enferma, “capitalismo”, ya saben, de esas cosas que nos gusta decir a los chairos, enferma de “capitalismo neoliberal”.

El otro día leí un texto de Amador Fernández Savater donde explica la precariedad del tiempo y dice que “Hay que correr siempre más para llegar al mismo sitio: una vivienda, unos ingresos, un trabajo”, pero también explica que la dominación es una cuestión de deseo, de querer siempre más: más dinero, más viajes, más drogas, más conciertos, más libros, más reconocimiento, más visibilidad, más trabajo. Tener más es un símbolo de estatus, pero el éxito hoy se mide en relación al poco tiempo que te queda para estar con tus amigos: “¡Mira que trabajadora es! ¡Está al borde de un colapso nervioso! ¡Qué comprometida!”.

La pregunta es ¿y si gana tal o cual candidato significa que voy a tener más tiempo? ¿Será que podré vivir dignamente con un sólo salario y dedicar mis tardes a la organización política? ¿Será que si gana tal o cual candidato podré tener un trabajo con seguridad social? ¿Será que Manuel y yo podremos gozar de esa paternidad que hemos estado posponiendo tanto? ¿Será que si gana tal o cual candidato se me quitarán estas enormes ganas de llorar y vomitar?

No, creo que no.

Entonces ¿por qué sí votar? Tal vez porque sea lo único que nos queda, ante la imposibilidad de dividirse en dos, una para el trabajo y otra para la lucha. Nos queda votar, hablar de política en nuestros trabajos y en la mesa familiar, poner filtros a nuestra foto de perfil, ser buenos ciudadanos y etcétera; ser todo eso que nos dicen los memes de Facebook que seamos, buenos y obedientes ciudadanos.

¿Y si en lugar de desear más y trabajar más y comprometerse más y luchar más… deseamos otra cosa? Un deseo alternativo, más atractivo y poderoso que el deseo depredador que ahora nos habita, como lo propone Savater.

Entonces ¿qué desear? ¿Qué clase de deseo es un deseo alternativo?

Esa sensación de estar constantemente sacando las papas del fuego, “estar abrumado” creo que le llaman; tal vez esté relacionada con intentar vivir bien en un mundo que está mal, querer estar sano en un mundo que está enfermo, ser buen ciudadano en un sistema corrupto que genera violencia y desigualdad; como dice aquel meme: I’m not antisystem, the system is anti-me (Yo no soy anti-sistema, el sistema es anti-mí).

¿Y si dejamos de ser los buenos y obedientes ciudadanos? ¿Y si dejamos de ser los pasivos consumidores? ¿Y si dejamos de ser los puntuales contribuyentes? ¿Y si dejamos de ser los resignados votantes?

Dicen los socialistas de la vieja escuela que “la lucha es el único camino” o como se diría hoy en la época de la interseccionalidad (vaya usted a saber qué significa eso, todavía lo estamos discutiendo): las luchas –en plural– son el único camino. Las luchas que se tocan, convergen, se mezclan y se contagian las unas a las otras; y que luego se separan pero se acompañan, como cuando miramos desde el taxi esperando a que nuestra amiga entre a su casa, de lejos pero diciendo “qué bueno que ya llegó”.

Así las luchas, en plural, nos miramos y nos juntamos cuando tenemos que hacerlo. Pero como todo, hay luchas con malas compañías, ya vemos a nuestras amigas de izquierda anticapitalista, a las antiespecistas y a las feministas asociadas a las mujeres pro-vida, que por azares del destino convergen en un punto en común: todas quieren escuela pública o seguro médico universal o transparencia y rendición de cuentas. Y ni modo, toca apechugar y coincidir en lo que se tenga que coincidir y estar en desacuerdo en lo que se tenga que estar. Agencias le llaman.

¿Y no es eso votar? Una gran negociación, votar al proyecto con el que tengamos más puntos en común, decir “estoy de acuerdo en esto, pero de esto otro tenemos que hablar”; aceptar que no habrá nunca un partido político que complete nuestras expectativas y que la política no es irreductible, que se trata de construir en el camino. Gane quien gane, votes a quien votes, todos los días se toman decisiones políticas. La lucha es por las narrativas, por darle significado a las palabras, y por sentido al sentido común (sí, ése que nos pertenece a todos).

Entonces ¿votar para qué? Me gusta la idea de Immanuel Wallerstein de votar como táctica defensiva, votar porque no está demás y la lógica es muy clara, si hoy toca ganar derechos y mañana defenderlos, más vale que tengas aliados en el gobierno, que votes a aquellos con quienes puedas establecer un diálogo ya sea porque son tus amigos y vecinos o porque son actores políticos con apertura.

Votar sí y por joder, porque el régimen no quiere que votes. Votar, no para validar un sistema corrupto sino porque es un derecho ganado. Votar por las que dieron su vida y la siguen dando (ya van 113 asesinatos en esta campaña electoral). Votar porque nos faltan 43 y miles más. Votar porque “nunca más un futuro sin nosotras”.

 

*Maestra en Producción Artística y en Política Mediática.

Es miembro del colectivo Campaña Negra


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