RAÚL ALEXANDRÉ BARCELÓ ÁVILA
RAÚL ALEXANDRÉ BARCELÓ ÁVILA

Una década es la condena que me separa de amarla.

¿Cuándo esa década dejará de ser década?

Si uno no decide enamorarse o de quién enamorarse.

¿Qué clase de castigo es enamorarse de alguien que abrió los ojos una década después?

Porque a diez le sobra el cero y cero es nada.

¿En qué momento la nada adquiere valor?

¿En qué momento el cero le resta valor a los demás números?

 

Tres mil seiscientos cincuenta días –sin contar años bisiestos–, dos juegos olímpicos, dos mundiales de futbol, diez Champions League. Dos sexenios, tres trienios. Primaria y secundaria. ¿Cuántas palabras se dicen en diez años? ¿Qué distancia se recorre en diez años? ¿Cuántas letras se leen en diez años? ¿Cuántos recuerdos se pierden en diez años?

En una década pasan muchas cosas, pero hasta que me enamoré de «Ese» me di cuenta que, en dos décadas, en mi vida casi nada había pasado.

Cuando Ese comenzaba a caminar, mis pasos ya eran incontables.

Cuando Ese decía sus primeras palabras, mi voz ya había causado heridas.

Ahora, Ese sueña y yo pierdo el sueño.

Ese juega y yo vacilo.

Ese cree y yo desconfío.

Daría la mitad de mis pasos con tal de caminar junto a ella.

¿Puede ser un abrazo el mayor sueño de un hombre?

Por supuesto que sí.

Sus brazos me abrazan sin condición. Sin juzgar mi pasado, mis errores, mis palabras. 

Sus ojos borran las huellas de los monstruos que con trabajo –y sin querer– crie.

Ser consciente del número causa sufrimiento. No hay placer, no hay alegría.

Parafina que cae constante sobre la piel. Aguja fina que entra directo en la nunca.

¿Por qué se juzga la pureza de un amor? ¿Quién dice a quién amar? ¿Quién dice qué amar de una persona? ¿Quién dice que no podemos enamorarnos de la esencia de una persona? Sobre todo si esa persona nos motiva a ser mejores.

Si esa persona inspira al poeta. Ya sea que escriba sobre amor, sobre sufrimiento o sobre ambas.

¡Qué viva el amor para que los poetas escriban! ¡Qué viva el amor para que los poetas mueran!

En ocasiones, no hay mejor remedio que consolarse pensando en la muerte.

¿Será que todo poeta tiene un amor imposible?

Me enamoré.

Como lo hizo mi padre, como lo hizo mi madre, como lo hicieron quienes leen este texto –o como lo harán algún día–.

Ese, mi querida Ese

Eres inmensa como el mar

jugaría en el agua salada

a llenarme de ti

Me tumbaría en la arena

y hundiría mis dedos en ella

como me tumbaría junto a ti

para tus cabellos acariciar

Tu voz me calma como la marea

suave sonido que alimenta el alma

Y tu risa tiene el ritmo del oleaje

choca en mis oídos y me estremece

Tus ojos son ocaso de día

y luna llena de noche

Sol y luna que hacen las aguas brillar

Como tú haces brillar al mundo

El océano está lleno de vida

y tú creas océanos en los demás

Ese, mi querida Ese

Eres inmensa como el mar.

Un poeta enamorado es un hombre desarmado, pero sin duda, peligroso.


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