ADOLFO LUÉVANO*
ADOLFO LUÉVANO*

El programa de trabajo me exige hablarles a mis alumnos del antiguo teatro griego. Lo hago con entusiasmo, con toda la intención de contaminarlos. Pero sus ojos me miran sin mirarme en realidad. Parecen pescados, pienso. Y sin embargo insisto. Les cuento que la existencia del teatro es una fortuna, pues el dramático no es un género, por así decirlo, tan natural como el de las narraciones o el de las canciones, los cuales se encuentran en todas las culturas. Contar y cantar se nos dan por naturaleza, subrayo, pero actuar es un artificio aún más artificial. Nada. Ojos de pescado.

Planeo el siguiente ataque. Me acuerdo de Averroes y estoy por comentarles que el filósofo de Andalucía, precisamente porque el teatro era una excentricidad de los griegos, se equivocó al traducir a Aristóteles. Me imagino sus rostros retorciéndose al oír esos pentasílabos. Averroes, Andalucía, Aristóteles. Peor si de paso caigo en la tentación de comentarles que Borges escribió un cuento delicioso sobre ese fracaso. Y entonces me digo: aborta, Adolfo, aborta.

Continúo por la vía griega. Les hablo de Dionisio y pronto les hago notar las semejanzas entre su mito y el de Jesucristo. Entonces una minúscula luz aparece en sus ojos, una chispa apenas. Es momento de perseguir el fuego. Les digo, tal vez con acierto, que podemos imaginarnos esas fiestas ofrecidas al dios del vino como si se tratara de las que acá, en nuestros pueblos, se celebran en honor de los santos y de los avatares de la Virgen. Aunque tímida, la llama se mantiene. Enfóquense en las danzas, les indico, pues los coros griegos eran más o menos eso. El fuego se robustece. De algo así surgió el teatro, aterrizo. Las danzas rituales eran sólo eso hasta que un director de coro, les explico y advierto cómo enseguida el fuego se debilita, introdujo entre el baile la declamación de unos himnos. Ese corista se llamaba Tespis y los himnos son conocidos como ditirambos. Ante la mención de nombres tan caprichosos, otra vez me rodean las miradas de pescado. Por dentro, me doy por vencido.

Pero debo continuar. Es mi trabajo. Les empiezo a hablar de Edipo como si estuviera cambiando abruptamente de tema. Les cuento el mito entero, tal como lo registra Robert Graves, a quien no se le escapan las variaciones propias de un relato tan antiguo. Sin proponérmelo, consigo unas risitas cuando menciono a la pitonisa del Oráculo de Delfos, y otras más cuando les digo que Yocasta, resuelta a satisfacer sus deseos sexuales, una noche se salta los desvíos de Layo, lo embriaga y se lo lleva a la cama. Me divierten sus rostros cuando se imaginan al pequeño hijo de los reyes de Tebas prendido de la rama de un árbol, con los pies atados o incluso, si seguimos una versión más cruda, con las mismas extremidades perforadas por un clavo. Deben de estar viendo su rostro enrojecido, su boquita abierta y sus ojitos apretados. Sin lugar a dudas oyen el llanto irresistible.

Para cuando el niño es adoptado por los reyes de Corinto, me doy cuenta de que el fuego ha regresado a la clase. Y el incendio ya es una cosa innegable cuando el príncipe de Corinto, de nombre Edipo o El de los pies hinchados, se topa con el rey de Tebas en un cruce de caminos o, si nos ajustamos a otras versiones, en un puente y hasta en un desfiladero. Mis alumnos han abandonado su condición de pescados. Los veo ver a la esfinge preguntona y luego a Edipo entrando a su casa sin saber aún que ésa es su casa. Casi puedo sentir la incomodidad que los invade cuando les digo que, ante la desaparición de Layo y el aprecio del pueblo de Tebas por el recién llegado, Edipo y Yocasta se vuelven pareja y conciben a dos hijas.

Después los divertirán los enredados parentescos que generó un matrimonio tan monstruoso. Antes es necesario mostrarles la peste de Tebas, la visión sobrenatural del ciego Tiresias, la confrontación entre Edipo y su tío y cuñado a la vez, el prudente Creonte. El calor de las llamas es enorme cuando con noticias y verdades llega un mensajero de Corinto y por fin Edipo, detective y acaso delincuente, manda traer al antiguo criado de Layo, el mismo que décadas atrás recibió la tarea de desaparecer al hijo que éste, contra su voluntad, tuviera con la reina Yocasta.

Suena el timbre. Nos llama a receso. Pero los alumnos no se mueven de sus butacas. Me he quedado callado. Vámonos, les digo de pronto. ¡No!, me responden. Se acabó la clase, justifico. Imploran: Díganos qué pasó. Ya no hay tiempo, les digo con cara de verdugo mientras me acerco a la puerta. Les prometo que mañana les cuento el resto. Se acuerdan entonces de sus estómagos vacíos y vacían el salón en unos segundos.

Al día siguiente me aparezco con unas fotocopias de Edipo rey, no de toda la obra sino a partir del momento en que el criado de Layo, temeroso de ser la mano que arranque el velo por completo, acude al llamado de su nuevo rey. Reparto el reparto. Además de tener cubiertos los personajes principales, contamos con un coro numeroso. La lectura es desastrosa. La buena voluntad de mis alumnos no los convierte en buenos actores. Pero a pesar de los muchos tropiezos y de la falta de histrionismo, nos la pasamos bien descubriendo el desenlace de esta parte del mito de Edipo.

Al terminar la lectura, les explico la razón por la que Sófocles inicia su tragedia con la peste de Tebas. Por entonces la originalidad, que ahora nos es tan cara, se apreciaba desde un ángulo muy distinto. Luego ensalzo la habilidad del Platón de la tragedia para reunir en una sola pieza que demanda unidades temporal y espacial, los muchos elementos de un relato tan abundante. Señalo el arte, por lo demás tan característico del antiguo teatro griego, de mostrar ocultando. Y ejemplifico esto con las acciones finales tanto de Yocasta como de Edipo, que son atroces, y el público las ve aunque no las ve. Regreso a los intrigantes nudos de ciertos diálogos, como ése en el que Yocasta, desestimando las sospechas de su esposo e hijo, le comenta que “ya infinidad de mortales se acostaron en sueños con su madre”. Me abstengo, claro, de preguntarles si consideran esto cierto. Pero sí menciono de paso a Freud. No les suena a nada. Su nombre parece espuma de extintor. Descubro que el fuego se ha apagado.

Pero sé que los ojos de mis alumnos ya no son los mismos. Cómo podrían serlo. A partir de entonces saben ser también los ojos de teóricos.

 

*Profesor y lector


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