ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

A pesar de las “optimistas” conferencias de prensa que nos ofrecen el secretario de Seguridad Pública Ismael Camberos, el fiscal Francisco Murillo Ruiseco y hasta el gobernador Alejandro Tello, respecto de los “buenos resultados” que se han obtenido en el combate a la inseguridad, es imposible que de un día para otro cambie la mala percepción que tiene la ciudadanía sobre el tema.

Mucho menos, cuando por ejemplo el día de ayer desde temprano nos enteramos de cuatro asesinatos más que se suman a la larga lista de homicidios dolosos (la mayoría relacionados con la delincuencia organizada) que enlutan a la entidad un día sí, y al otro también.

Y menos aún, cuando nos damos cuenta que entre los asesinados este martes, nuevamente hay un menor de edad, un joven de apenas 16 años de edad que, por sentido común, debería ser simplemente un estudiante del nivel bachillerato, pero que por causas que todavía no conocemos, fue blanco posible de alguna venganza, o resultado de un ataque artero y sangriento entre rivales delincuenciales… ojalá la autoridad clarifique al menos ese hecho como todos los demás que están pendientes de esclarecimiento.

No sólo porque el asesinato de un menor de edad como Christian “N”, de Ojocaliente, sea distinto de los otros tres homicidios cometidos ayer contra personas mayores de edad que, se supone, estarían en plena edad productiva. Sino también porque la muerte de cada vez más jóvenes nos devela la muy precaria situación en la que muchos de ellos se encuentran, la descomposición evidente del tejido social en sus fibras más sensibles, y sobre todo la ineficacia del gobierno para contener con firmeza y abatir con eficacia el actuar de los delincuentes en la entidad.

Ahora vemos los asesinatos, por decirlo de alguna manera, desde ópticas del género (los feminicidios, por supuesto), o de los grupos de edad (los de niños y adolescentes contra los cometidos contra adultos), y por supuesto que esa misma diferenciación le pone los “pelos de punta” hasta al más insensible de los que conformamos esta sociedad insatisfecha por los magros resultados en materia de seguridad.

Por supuesto que ahora vendrán los especialistas y la autoridad a explicar si los asesinados estaban en riesgo de ser muertos debido a sus actividades, o debido a las personas con las que se codeaban, o quizás debido a querellas personales. Pero como quiera que sea y cualquiera que vaya a ser la justificación, siguen siendo cuatro muertes deleznables, reprobables.

No puede uno dejar de repetir que no basta con que se den esos magros resultados en cuanto a seguridad pública. Y que lo óptimo o al menos deseable es que de una vez por todas alguien, quien tome las decisiones, eche toda la carne al asador para limpiar, capacitar y fortalecer a las corporaciones de seguridad del ámbito civil local, con el claro objetivo de hacerle frente al problema con inteligencia y estrategia, coordinación y colaboración, equipamiento y destreza, y sobre todo, con una verdadera vocación de servicio a la sociedad.

No basta con “recargarse” en los apoyos que puedan darnos las fuerzas federales o el Ejército y la Marina Armada de México, pues tampoco es tarea de éstos últimos, ni es lo óptimo, tal como lo han expresado en diversos y múltiples foros los especialistas en la materia a nivel nacional e internacional. Colaboración sí, pero no dependencia exclusiva, como parece ser el tenor de la actualidad.

¿Qué falta entonces para que nuestro gobierno nos dé esa certeza de que está actuando con decisión y entregando resultados tangibles? Pues lo primero sería que veamos una reducción sustancial en el número de asesinatos, de levantones, secuestros, extorsiones, robos, ataques, etcétera. Y el aumento en la correcta detención y efectivo enjuiciamiento y sentencia de los presuntos responsables de esos hechos. Porque a base de discursos y ruedas de prensa, difícilmente se logrará revertir la percepción de inseguridad que muchos tienen, sobre todo cuando ven que la violencia sigue… a diario.


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