Alberto Chiu
Alberto Chiu

Le ha dado vueltas a las redes sociales, desde hace un par de días, toda una serie de notas y publicaciones acerca del hoy diputado electo Pedro Carrizales, mejor conocido como El Mijis, quien se levantó con el triunfo abanderado por el Partido del Trabajo, en la contienda por una curul en el Congreso de San Luis Potosí, por el VIII Distrito local de aquella entidad.

A las diversas notas que se han publicado, se suman un montón de fotografías donde se le puede ver con camisetas sin mangas o incluso con el torso desnudo, descubriendo muchos de sus 15 tatuajes (como uno en el pecho que dice “Hecho en San Luis Potosí”), y al que presuntamente se añadirá otro más que conmemore su triunfo electoral, según ha trascendido.

El tema viene al caso porque, a toro pasado y hasta después de conocerse su victoria en las urnas, comenzaron a aparecer notas en las que se explica que efectivamente fue un “chavo banda”, un pandillero más; que “gracias a Dios” se rehabilitó; que fundó y promueve el llamado Movimiento Popular Juvenil cuyo objetivo es reencauzar a jóvenes pandilleros o en situación de calle y reivindicar sus derechos, como él mismo lo ha dicho; que desde 2015 arrancó el proyecto “Un grito de existencia”, para luchar contra la discriminación de la que son objeto muchos jóvenes por su vestimenta y sus tatuajes.

En fin, que lo publicado hasta estos últimos días viene a develarnos una verdad de la que muchos están conscientes pero prácticamente nadie acepta como suya: somos delicadamente discriminatorios por prejuicio. Somos prejuiciosos, principalmente con base en las “apariencias”, en la forma de vestir, en los tatuajes y perforaciones o piercings, en los grupos o núcleos o tribus sociales con los que nos reunimos, en las creencias ideológicas o religiosas… y la lista sigue y sigue.

Es un problema que, en pleno siglo XXI, se supondría que no debería existir pero lamentablemente existe. Se manifiesta cuando una persona con tatuajes o perforaciones es rechazada al solicitar algún trabajo; cuando no se acepta a algún estudiante porque expresa ideas distintas a las de los directivos o dueños de una escuela particular; cuando una persona es rechazada para integrarse a un grupo de amigos únicamente porque se identifica con un partido político u orientación sexual distinta, etcétera.

Prejuiciosos y discriminatorios. No podría haber una combinación más terrible para quienes aspiramos a pertenecer –y ser– una sociedad tolerante, pacífica, comprensiva, plural, moderna, incluyente, abierta, democrática, propositiva… una sociedad en la que la convivencia en paz entre sus integrantes se distinguiera por encima de las diferencias de credo, raza, preferencia política, o hasta moda.

Las excusas que revelan esos prejuicios y discriminación los escuchamos todos los días: “es que da mal aspecto”; “es que aquí no contratamos a quienes parecen delincuentes”; “es que seguramente ha de ser drogadicto”; “es que es gay”; “es que…”. ¿Y cómo combatir esa discriminación? Pues hay que hacer un cambio de paradigmas y empezar a valorar a las personas por lo que saben, por sus capacidades y habilidades, por sus obras.

Y ese no es un cambio como el que recientemente aprobaron los diputados locales en Zacatecas, para sancionar a quien discrimina a alguien tatuado. Ese es un cambio que empieza por uno mismo, desde la trinchera que ocupe, y que requiere de la voluntad personal para dejar de juzgar a los demás por “lo que parecen”, en lugar de valorarlas por “lo que son”.

Porque efectivamente, si nos seguimos rigiendo por la estúpida valoración “de apariencias”, seguiremos encontrándonos –como desde hace mucho– con personas pulcramente vestidas, perfectamente arregladas, que en realidad resultan todas unas fichitas en materia de corrupción, maltrato, ilegalidades, mentiras, etcétera. ¿Y de ellos no decimos nada? La balanza está totalmente fuera de su eje. Ojalá algún día seamos lo suficientemente maduros para entender que el valor de una persona no está en si se tatúa o no, sino en lo que hace por los demás.


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