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Cada día, desde el pasado 7 de abril, en Brasil se repite un ritual tres veces al día.

Decenas de personas toman un megáfono para gritar: ‘¡Buenos días Lula!, ¡Buenas tardes, Lula!, Buenas noches, Lula!’. Son los simpatizantes del ex Presidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) que acampan frente a la cárcel donde está preso, en Curitiba.El campamento es un símbolo del Brasil que considera al ex líder un preso político y que anhela su vuelta al poder.
En el otro extremo, muñecos de Lula vestido con el traje de rayas típico de un presidiario se venden por docenas en las manifestaciones anticorrupción, dominadas por el electorado más conservador.
Unos gritan ‘Lula, ladrón’. Otros, ‘Lula, ladrón, robó mi corazón’.
“Un grupo le ama y el otro le odia. Eso no siempre fue así. Cuando salió del Gobierno, en 2011, tenía un 80 por ciento de aprobación, era muy popular.
“Pero desde la Operación Lava Jato (que destapó un monumental esquema de corrupción) y con la ineficiencia del Gobierno de Dilma Rousseff (su sucesora), pasó a tener un polo de rechazo grande. Tan grande como que el 30 por ciento le adora, el 30 por ciento le odia, y la mitad del camino está lleno de indecisos”, explicó a Grupo REFORMA Paulo Baía, sociólogo de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).
El líder y candidato del Partido de los Trabajadores (PT) es el favorito en todas las encuestas para las elecciones de octubre, a pesar de que sus seguidores saben que es poco probable que pueda presentarse.
El ex Presidente cumple desde el 7 de abril una pena de 12 años y un mes de cárcel por delitos de corrupción y blanqueo de dinero.
La ley brasileña impide candidaturas de personas con condenas en segunda instancia, pero Lula y su partido no tiran la toalla. Por lo pronto el 15 de agosto registrarán su candidatura de manera oficial ante la Justicia Electoral.
“Lula es el único que gobernó para los pobres, mirándonos a la cara sin sentir vergüenza. Eso no se nos olvida. Su partido ha cometido muchos errores, pero me parece que sólo él puede sacar a Brasil del pozo en el que estamos”, comentó Marcelo Souza, un vendedor ambulante durante el festival musical ‘Lula libre’, que el sábado reunió a decenas de miles de personas en Río de Janeiro para pedir la libertad del ex Presidente.
Para Baía, la clave de los amores que aún desata el ex líder es la nostalgia de sus años de Gobierno, cuando la economía crecía con fuerza, el consumo se disparó y sus programas sociales consiguieron acabar con la lacra de la miseria extrema, mientras que sus detractores lo son sobre todo por los escándalos de corrupción en los que se ha visto inmerso, asegura.
“Nos toman por tontos, Lula gobernó durante años y nos quieren hacer creer que no robó un céntimo, que es un santo mártir”, afirma Edson Moura, ingeniero que no se pierde una de las marchas anticorrupción en el barrio de Copacabana.

ASÍ LO DIJO
“Un grupo le ama y el otro le odia. Eso no siempre fue así. Cuando salió del Gobierno, en 2011, tenía un 80 por ciento de aprobación, era muy popular”.
Paulo Baía, sociólogo brasileño.

“Lula es el único que gobernó para los pobres, mirándonos a la cara sin sentir vergüenza. Eso no se nos olvida (…) sólo él puede sacar a Brasil del pozo en el que estamos”.
Marcelo Souza, simpatizante de Lula.

“Nos toman por tontos, Lula gobernó durante años y nos quieren hacer creer que no robó un céntimo, que es un santo mártir”.
Edson Moura, detractor de Lula.


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