ELIO LIRA
ELIO LIRA

Dicen que el llanto se escuchaba lejano. Entre el polvo que dejaban a su paso las trocas en el camino de terracería, donde se sentía apenas el sabor salado de la tristeza. En el lugar, una niña lloraba sin consuelo y enjugaba sus lágrimas con la manga sucia de su vestido, estaba hincada junto al cadáver de una mujer joven, quien yacía sin sentido en una vereda que cruzaba aquella comunidad de casas olvidadas. La hoy occisa, como suele decirse en el argot de la nota roja periodística, “habría sido degollada” y, al parecer, se trataba de la madre de la niña que lloraba y temblaba aún de miedo a su lado.

Al llegar elementos de la policía municipal pudieron constatar que la mujer presentaba entre 15 y 20 heridas por arma punzocortante, en brazos, hombros y piernas, y se encontraron señales de lucha, es decir, alguna evidencia visible de que la infeliz mujer habría hecho todo lo posible por defender su vida, antes de que su agresor “le cortara el cuello”.

De acuerdo con el parte policial se trataba de “un cuerpo de fémina en carácter de no identificada”, cuyo asesinato habría sido cometido pocas horas antes. Ya desde ese momento cualquiera se podía imaginar la escena de terror de una madre que se desangra frente a la mirada infinitamente impotente de una niña de escasos cuatro años de edad. Se suponía, incluso, que la menor habría tratado de contener con sus propias manos la sangre que brotaba del cuello de su madre, tal y como lo delataban las manchas en manos y ropas de la menor. Sin embargo se sabía que fue su llanto la voz de alerta vecinal. Eso es lo que pudieron atestiguar los primeros en llegar “al lugar de los hechos”, vecinos de la colonia, quienes desde el primer momento “llamaron al número de emergencias 911”, luego de lo cual llegaron las patrullas con sus sirenas a todo volumen, y horas más tarde el representante del Ministerio Público, para iniciar las investigaciones correspondientes al caso.

Al día siguiente por la mañana, familiares de la mujer degollada reclamaron el cuerpo de quien en vida llevaba el nombre de Alejandra “N”, con apenas 23 años de edad, y quien fuera brutalmente asesinada, en efecto, ante la mirada de su pequeña hija. De acuerdo con las declaraciones de algunos de los familiares, la hoy occisa tenía su domicilio en la colonia Emiliano Zapata de la ciudad de Fresnillo, pero se negaron a dar más información al respecto por temor a sufrir represalias.

De acuerdo con las primeras indagatorias, la joven madre fue vista con vida el viernes anterior, alrededor del mediodía, cuando salió de su casa con rumbo desconocido. Las fuentes cercanas al caso insistieron en que la escasa información era resultado de la “negativa de los familiares a denunciar” por temor o por ignorancia. Mientras se daba a conocer que la madre de la joven mujer y una hermana se encontraban recluidas en el Centro de Readaptación y Reinserción Social (Cerereso) y que, dos días antes de que fuera brutalmente asesinada, tendrían una audiencia “a efecto de realizar un careo con los policías que las detuvieron”.

Las versiones acerca de lo ocurrido eran sólo eso: “versiones de la gente que habita en la cercanía del lugar de los hechos”, vecinos que por regla general declaraban “no conocer bien a bien” a la víctima o acaso “sólo de lejos o de pasada”, nadie que fuese cercano, ni un amigo, ni un pariente, nadie. El miedo podía sentirse. Y es que como suele suceder en los últimos tiempos, el crimen común y la actividad imparable de las bandas de narcotraficantes que operan impunemente en la región mostraban en éste, como otros muchos casos, lo más delgado y evidente de la línea que los divide o en muchos casos los relaciona.

No obstante, fuentes de la Fiscalía del Estado de Zacatecas aseguraron que el hecho sería tratado como un caso de feminicidio, pues el cadáver se había encontrado expuesto en un lugar público, con signos evidentes de violencia criminal, provocando lesiones infamantes, degradantes, mutilaciones previas o posteriores a la privación de la vida, así como datos y evidencias de ser resultado de una agresión debido a razones de género, reuniendo “todos los considerandos establecidos en la ley que rige la materia”. Para entonces las fuentes de la fiscalía confirmaban que la mujer habría sido atacada con un arma punzocortante, causándole diversas heridas en el tórax, brazos y piernas. Además de un corte en el cuello que lesionó la arteria yugular, causándole una “profusa hemorragia” que se prolongó por algunos minutos hasta causarle, finalmente, la muerte. Las evidencias recabadas por la autoridad competente aseguran que Alejandra habría luchado con su agresor, de quien aún se desconoce la identidad y su paradero. Familiares de la víctima, que solicitaron el anonimato, reclamaron la lentitud con la que se actuaba en este caso, a diferencia de otros en los que se habían visto involucradas personas conocidas, famosas y de otra escala social que ameritaron la movilización policial intensa y la detención casi inmediata de los responsables de hechos criminales sucedidos casi de manera simultánea.

A varias semanas de distancia, el gobernador Alejandro Tello Cristerna informaba sobre la declaratoria de la alerta de género para los 58 municipios del estado de Zacatecas y que no se escatimaría en recursos y esfuerzos para detener los feminicidios en la entidad. Sin embargo, a la fecha, nada se sabe de la persona que asesinó artera y cobardemente a Alejandra Arias; la niña fue entregada a sus familiares más cercanos. La joven madre sería sepultada en presencia de unas cuantas personas, y se escucharía, de nuevo, el llanto tan triste como sólo lo puede ser el de María “N”, la niña que presenció el asesinato de la mujer a la que le cortaron el cuello, una noche apenas cálida de mayo en un lugar perdido en el mapa urbano de Fresnillo, Zacatecas, una de las ciudades consideradas de las más peligrosas del país. Un caso entre muchos otros, aún sin resolver.


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