EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*
EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*

 

 

EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*

 

Imaginemos un mundo donde las grandes obras de la literatura nunca existieron; los autores, por razones indistintas, flaquearon a tan gran hazaña que es la escritura –a veces durante décadas– de una obra maestra. Imaginemos que el trabajo del escritor es un poco menos exigente: los resultados son obras menores; pero como imaginamos un mundo distinto esas serían las mejores. Imaginemos la labor del escritor: entre menos importante la obra en nuestro mundo, mayor importancia en el otro. Al fin y al cabo ¿quién diría lo contrario cuando nuestra realidad sería aquella?

Imaginemos un mundo sin Hamlet, En busca del tiempo perdido, Guerra y paz, El Quijote, La divina comedia. Que no existiera el personaje femenino en Madame Bovary o Ana Karenina y fueran hombres los protagonistas. Imaginemos ahora aquellos manuscritos que todos los escritores, por razones conocidas y otras no tanto, quemaron, destruyeron o prohibieron publicar después de su muerte. Y esos libros son los que tendríamos que leer todos porque nos harían entender nuestra realidad, desdoblarían el mundo para llevarnos a otro plano, su lenguaje nos haría explotar hasta parecer pedazos de globo en el suelo. Las grandes obras de Salinger serían aquellos relatos sobre la familia Glass que nunca se publicaron, nuestro El guardián entre el centeno, el libro que habla sobre el hermano de Holden que existe bajo llave, o aquellos testimonios de la II Guerra Mundial que escribió durante más de cuarenta años. Las obras de Shakespeare mundialmente conocidas serían las que, según cuentan, están enterradas junto con él, inéditas. Quizá el universo de Stephen King conocido sería aquel que pensó en su infancia y nunca logró plasmarlo en papel, el de Lovecraft una mitología llena de ponis y unicornios. Nuestra A sangre fría sería Plegarias aprendidas; la mejor obra de Hemingway, El jardín del Edén, uno de los libros más vendidos en la historia En agosto nos vemos de García Márquez, o El forastero misterioso como el Tom Sawyer de Twain, todas ellas publicadas póstumamente.

Imaginemos que Kafka, en vez de pedir que quemaran sus libros después de morir, hubiera dicho que los publicaran en las mejores editoriales, y Max Brod, de ideas contrarias, nunca hubiera recuperado libros como El castillo y El proceso. O que James Joyce no hubiera tardado casi cuarenta años en escribir dos de sus grandes obras porque encontró un boleto de lotería premiado y viajó por el mundo en vez de escribir; un joven Vargas Llosa que ganó un premio con Los jefes a una corta edad y, ya en París, haya encontrado trabajo de modelo y olvidado la escritura. Las mil y una noches, el libro sagrado más importante.

Imaginemos un mundo donde el lector no es tan exigente, lee lo más simple, porque ¿para qué leer libros complejos, extensos, con nombres rimbombantes si al fin y al cabo sólo tenemos una vida y hay que buscar la manera más simple de pasar el rato? Imaginemos un mundo donde la mejor literatura es escrita en los periódicos; las mujeres forman el canon y, por lo tanto, estarían en el top; las librerías como tiendas de abarrotes con millones de ofertas porque el consumidor escasea. O imaginemos nuestro mundo sin lenguas, libros, personas y naturaleza. Un mundo sin mundo, galaxias sin galaxias, e imaginemos la oscuridad absoluta siendo leída por dios y él como el mejor creador de historias que nadie más va a conocer.

 

*Escritor.

 

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