MAURICIO FLORES*
MAURICIO FLORES*

—¿Esta noche duermes aquí o en casa?

—Esta noche dormiré en Tahrir.

 

Referencia: Traducción de Ce Santiago, Sexto Piso, México, 2017, 316 pp.

 

 

La irrupción de la primavera árabe –ese movimiento revolucionario encabezado por una juventud harta de viejas dictaduras en países como Egipto y Túnez– puso en el escenario planetario una forma inédita de hacerse presente. De optar por un nuevo presente, tiempo en el que se condensaron viejos anhelos –ahora renovados– y que encontraron en las redes sociales –benditas redes sociales, les llamó recientemente un político mexicano– su mejor arma. Redes “de confianza y de consuelo y de revolución”, como se identifican desde La ciudad siempre gana, novela del inglés Omar Robert Hamilton (1984), quien también documentó –desde su actividad de cineasta– buena parte de las jornadas de principios de 2011 en la Plaza Tahrir de la ciudad de El Cairo.

La ciudad siempre gana es así la novela de esa alentadora experiencia, específicamente la egipcia. Lo que no sucede con regularidad. Una ficción –si se quiere marcadamente testimonial– que en apenas unos cuantos años después del hecho se ubica como el imaginario literario que incluyen una destacada estructura, trama independiente, personajes convincentes y algo más. Una narrativa destinada a insertarse en el todo que proyectó la revuelta. Impensable –lo dice la historia apenas escrita– sin el Twitter, el Facebook y cuanta más plataforma digital funciona desde hace algunos años en nuestro mundo.

Un grupo de jóvenes –de entre los cientos de miles que inundaron las calles de Egipto– son identificados por el novelista para narrarnos su intervención en el proceso libertario. Que –como toda experiencia libre y en busca de la libertad– contendrá epopeyas, cierto; pero también las expresiones de los sentidos más humanos. Inquebrantables alientos donde hasta el aire “es un sino invisible, un fatalismo estimulante”. En La ciudad siempre gana todos –inclúyanse personajes y lectores– llevarán grabada una fecha. El 25 de enero de 2011. El arranque de una “guerra generacional” –y no la data de la renuncia del dictador Mubarak– que nos envuelve a todos.

“Todas las imágenes están aquí (…) Sólo necesitas estar en el lugar adecuado en el momento adecuado”. En Plaza Tahrir. Por eso la importancia que a la ciudad (la que siempre gana) le imprime la narración del novelista. Escenario de triunfo y derrota. Donde el amor entre dos jóvenes es posible. Donde –días después– será imposible no recordar el “latido de orgullo por la victoria frente al último asalto de Mubarak”. Algo así como “un regalo de despedida” –bienvenido adiós– del “mayor de los orientalistas. Un ataque con camellos a la protesta político-juvenil. Y todo –habrá que recordar– reproduciendo geométricamente en las (benditas) redes sociales.

“¿Cómo contar lo que ha sucedido en Tahrir?”, añade la narración. Cómo –sin éste, simplemente decir– que una mujer y un hombre no mayores de treinta años habrán de interrumpir sus imaginadas veladas de amor nocturno por sus andares por la ciudad que hierve –como sus amores– hasta encontrar la mano que necesita ayuda. La solidaridad no corrompida. “Ve al hospital no mires atrás no dudes respira sólo corre no te separes de los laterales no escuches tú sólo corre ay joder tú sólo corre cuando te disparen lo sabrás tú sólo corre”. Así, sin puntuación ni respiro –deliberado estilo novelístico– como se le descubre al lector apenas avanzadas las primeras páginas de La ciudad siempre gana.

 

Será diferente

(“Todo lo que sea salir/ de casa, estornudar de tarde en tarde,/ escupir contra el cielo de los tundras/ y las medallas de los similares,/ salir/ de esta espaciosa y triste cárcel,/ aligerar los ríos y los soles,/ salir, salir al aire libre, al aire”, escribió Blas de Otero. Aun sin tener en mente un nuevo tiempo ni la vieja ciudad hermosa –“de infinitas mescolanzas e inacabable metáfora” – pero sí el entendimiento de que el futuro, como lo saben los jóvenes personajes Mariam, Khalil y Hafez, “puede aún rehacerse”. Esta vez será diferente).

Uno lo cree –sí– con ellos.

“He estado leyendo un libro sobre los movimientos independentistas de África… –asume Hafez– y prácticamente todos van por los mismos derroteros: llega la revolución, parece gloriosa y popular e invencible, algo sale de madre y entonces el Ejército organiza un golpe de Estado, la gente es masacrada y encarcelada, luego otro general derroca al anterior con promesas de democracia y demás. Y así sucesivamente. Todas y cada una de las veces”.

A lo que Malik responde –esperanza compartida– “con súbita confianza”.

“Eso aquí no va a pasar (…) Ahora es distinto. Hay móviles e Internet, colega. Hace falta algo más que un ejército para controlar a la gente. El mundo entero se ha ido al carajo y están todos hablando de ello. La idea es demasiado fuerte. Y no puedes matar a todo el mundo”.

 

*Periodista y promotor cultural.

@mauflos


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