JOSÉ CHÁVEZ RIVERA
JOSÉ CHÁVEZ RIVERA

Nací a los diecisiete años de edad y sufrí mucho, porque no tuve infancia, al año siguiente me enlisté en el ejército y pelee en la guerra de Vietnam, a pesar de no ser ni estadounidense ni vietnamita y mucho menos soldado. Después de la guerra trabajé en un hospital recogiendo muestras coproparasitoscópicas, de lo que se desprende mi odio a cualquier tipo de despojo, incluyéndome a mí mismo. Fui silla de estadio, locker de escuela, Valium de adicto y maricón de baño público. Me casé nueve veces con la misma mujer, hasta que por fin encontré el amor, con esa misma mujer, con la que procree un quesito. He escrito los libros Arráncamela vida, Yo dormí con don Porfirio y Mamá, soy quesito. Actualmente la carrera de letras es lo único que lo mantiene vivo.

 

Fuera de broma:

Nací en octubre, en un hospital de Zacatecas, a las ocho de la mañana. Mi papá es un hombre blanco de ojos verdes que tiene la agricultura en el corazón y aprendió bien el oficio de albañilería, en el que hizo una vida. Mi mamá es una mujer morena, amable y trabajadora que siempre cantó canciones al realizar las labores de la casa, constante en el cuidado de su familia y muy noble. Soy el séptimo hijo de nueve totales; llevo una buena relación con todos mis hermanos, quitando que no siempre estamos de acuerdo en todo.

Ahora tengo treinta y dos años; si dividiera mi vida en partes, éstas serían:

 

Primera: La edad de los niños

En casa había una mesa de madera junto a una ventana, sobre la mesa un mueble de tres cajones, también de madera. La ventana provocaba, desde mi punto de vista, un efecto a contraluz; recuerdo esa imagen del mueble como la representación del misterio en la vida. Cuando la casa estaba sola y yo lo sabía, iba en busca de aquello que guardaban allí y lo alcanzaba con dificultad. Una caja de gelatina en polvo de sabor naranja o limón, azúcar, ruedas de chocolate abuelita, o cualquier otro dulce que no estaba pensado para comerse a puños, con la alegría añadida del descubrimiento. Eso aplica a la televisión y la literatura, a la música y al amor.

Un día supe que existía el cine, un día noté a una niña en especial y un día escuché una canción. Así que lo más importante y lo que disfruto más llegó a mi vida como por accidente en aquellos primeros años, los del juego; tuve la suerte de crecer en un rancho y por eso pude echar lagartijos a los hormigueros, mojarme en los arroyos y comer zanahorias o elotes directo del campo.

 

Segunda: La edad de sentir

Yo siempre tuve un mundo interior que definía mi contacto con el mundo exterior, para mí siempre fue sentir, luego pensar y luego experimentar. En esta segunda edad conocí el cine, las letras y la música como un medio para tocar al mundo y desde entonces estuve seguro de que comenzar a producir era cosa de tiempo. Cursé la secundaria y entré a la preparatoria, en ambos lugares estuve contento con mis compañeros; era muy grande, así que nadie se metía conmigo y yo apreciaba todo, los colores y olores, todas las imágenes. Estaba encantado de caminar media hora a la escuela y me gustaba escuchar a los profesores. Tenía la obligación de trabajar en la construcción y no me gustaba hacer tareas, pero siempre fui obediente.

Un día abandoné la prepa, dejé de ver a los amigos y me dediqué a ver televisión y películas, a leer; ésta es la tercera edad.

 

La edad del silencio

Óscar Édgar López dijo un día que avergonzarse de hacer algo por mal hecho o extraño sería como si la gladiola mirara hacia abajo y pensara que haber estado en la tierra fue inmadurez y no parte del proceso. Lo digo porque mis años de silencio fueron mis años de vergüenza, de oscuridad, me quedé sin amigos y muy solo, afortunadamente no fueron muchos aunque si fueron dolorosos. Sencillamente era yo, muy joven pero muy solo, sin hacer nada. Como si estuviera nada más dejando pasar el tiempo sin ninguna ambición ni esperanza.

 

La edad de las letras

Volví a inscribirme en preparatoria por casualidad. Tengo mucho que agradecerle a la Universidad Autónoma de Zacatecas, que me recibió como si nunca me hubiera ido. Creí que al paso de un tiempo iba a quedar mal con las tareas y empezar a faltar hasta dejar de asistir. Pero ocurrió un enorme cambio en mi vida apenas en segundo semestre, se me pidió escribir un cuento y lo hice sin saber lo que sucedería. Lo leí en clase y resultó tan bien hecho y tuvo tan buenos comentarios que probé por primera vez la experiencia de hacer algo que nadie puede hacer mejor. De pronto mi vida cambió, recibí la aceptación del grupo y pude medirme, libre de cualquier temor, con todos los compañeros de la escuela; me sentí valiente para conseguir amigos, me sentí comprometido a cumplir y comencé a no fallar, a tener asistencia perfecta y a aceptar que no sería nunca muy bueno en matemáticas pero disfrutando ser de los mejores en todo lo verbal.

Desde entonces el mundo brilla diferente y mejor. Descubrí que estoy enfermo de los riñones, cosa grave y que me impide trabajar, corta mis días y tal vez termine por marcar el fin de mi vida. Pero siento que nada va a detenerme siempre que tenga valor y siga en contacto con aquello que amo, y amo a mis amigos, a las letras, a la escritura y al goce infinito de existir en el mundo y ser parte de algo importante.


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