REFORMA | NTRZACATECAS.COM
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Cada día, una media de 500 venezolanos entran a Brasil por esta ciudad fronteriza de 12 mil habitantes.

Huyen de la hiperinflación y la miseria en su país, pero muchos se topan con una bienvenida poco agradable.

La tensión en la región vecina está al máximo y ya se han producido ataques xenófobos.

“Quiero irme de aquí lo antes posible, queremos que la ONU nos ayude para poder llegar a otra ciudad. Aquí no podemos estar, este pueblo está enfurecido, tenemos que irnos”, explicó a REFORMA Antonio López, un albañil venezolano que perdió sus escasas pertenencias durante uno de esos ataques.

El pasado 18 de agosto, un grupo de vecinos arrasó el improvisado campamento donde dormían decenas de inmigrantes. Quemaron sus tiendas de campaña, objetos personales, incluso ropa y el poco dinero que traían.

Muchos (alrededor de mil 200) volvieron asustados a Venezuela, mientras los agresores cantaban orgullosos el himno nacional de Brasil en la carretera fronteriza.

La mayoría de indocumentados venezolanos deambula durante días por esta pequeña ciudad mientras tramita sus documentos de residencia o refugio. Sin embargo, la mayoría quiere llegar al menos hasta Boa Vista, la capital del estado de Roraima, a más de 200 kilómetros.

Pero muchos se quedan atrapados en Pacaraima durante semanas o meses, hasta que consiguen reunir el dinero suficiente para el pasaje de taxi (50 reales, unos 12 dólares).

La pequeña urbe, sobrepasada con la llegada incesante de venezolanos, se convirtió en una olla a presión. Muchos vecinos aseguran que la criminalidad, la prostitución y el tráfico de drogas se dispararon con la llegada de inmigrantes.

“No digo que todos sean unos delincuentes, alguno bueno habrá, pero es que algunos no sirven ni para comer maíz”, indicó la vecina Maria Fátima de Souza durante una tensa protesta contra el flujo migratorio.
El sacerdote español Jesús Boadilla, que vive allí desde hace 9 años, es testigo de cómo se han ido calentando los ánimos.

“Al principio aceptaban de buen grado al inmigrante, porque incluso movían la economía, pero poco a poco la población local empezó a vivir intranquila, con miedo, por la suciedad en las calles, llenas de gente acampando en el suelo”, comentó.

El cura critica que los vecinos haya dirigido su indignación hacia los venezolanos y no hacia los responsables políticos, verdaderos culpables del abandono histórico que vive esta región.

“Las autoridades tardaron mucho en hacer acto de presencia”, sostuvo. Para él, esa pasividad ha provocado el desgobierno en la ciudad y ha dado alas a la xenofobia.

Otro factor clave son las proclamas de muchos políticos locales contra los venezolanos, que alimentan la idea de que el Estado se preocupa más por ellos que por sus propios ciudadanos.

Así, la presión aumenta a medida que se acercan los comicios de octubre: los venezolanos se han convertido en moneda de cambio electoral.


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