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 MÉXICO.- A mitad de la marcha del silencio una alegre orquesta de saxofones y trombones interpreta “Bella Ciao”, el himno antifascista italiano que otros cantan a grito: “Cuando veas a mi madre/ tú le dices que hoy no me espere/ que este movimiento no da un paso atrás”.

Bailan, cantan, los estudiantes de la UNAM, de la UAM, del Poli, los bailarines del INBA, sobre el Paseo de la Reforma, alegres en su protesta en contra de la violencia en los campus universitarios. Gritan: “¡El que no brinque es porro! ¡El que no brinque es porro!”.

Se convocó como la “marcha del silencio”, en recuerdo de la realizada el 13 de septiembre de 1968 por el movimiento estudiantil. Pero sólo fue una nostalgia.

“No es sencillo callar cuando nos están matando”, dice uno de los carteles. La protesta superó al silencio.

Desde el 3 de septiembre, cuando un grupo de jóvenes atacó en Ciudad Universitaria con palos, navajas y petardos a estudiantes que pedían seguridad en el CCH Azcapotzalco, se acumularon las demandas. Demandas que van desde acabar con los grupos de choque, a la destitución del Rector Enrique Graue a quien se le acusa de dar una tibia respuesta, y desde ahí avanzan a más recursos para las universidades, acabar con la violencia contra las mujeres, crear un autogobierno…

Antes de partir a la marcha, los estudiantes de Filosofía y Letras organizaron una de sus casi interminables asambleas donde todo se vota, se discute, se analiza, se teoriza. Hasta que la cita los obligó a darla por terminada y salir hacia Metro Copilco. Iban encabezados por tres jóvenes encapuchados. Si los porros que los atacaron se sentían tan seguros que ni se cubrieron el rostro, los que piden el fin de la violencia, se la cubren y prohíben las fotos.

Del Museo de Antropología al Zócalo, Paseo de la Reforma es un desfile de problemas del país. Piden los carteles: reaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, alto a la construcción del aeropuerto en Texcoco, fin a la guerra contra el narco. La UNAM como micropaís. Lo único cierto que tienen todos es que los estudiantes sufren violencia (en los baños de mujeres de Ciencias Políticas se han tenido que colocar botones de pánico).

“En la marcha de hace 50 años sí había silencio y éramos más y nos llovió pero muchísimo, y ahí sí había represión, el 1 de septiembre Díaz Ordaz nos había amenazado y salimos a demostrar que el silencio era más fuerte que sus bayonetas”, dice, sobre Bucareli, Víctor Guerra, asesor jurídico del Comité del 68.

Pero aun con toda su historia, el Comité que casi iba al frente con una manta no logró imponer su modelo. Quedan las viejas consignas, pero no las repeticiones, a pesar de que el movimiento amenaza con llegar así al 2 de octubre.

Más atrás, en el “bloque negro” (12 estudiantes con capuchas negras), un joven grafitea un muro. “A su libre mercado nuestra libre violencia”, y una A como símbolo de la anarquía.

–¿Y hacia dónde va esta marcha?
–Ni idea.

Quien sí lo sabe es Ignacio del Valle, líder de los campesinos de Atenco que se oponen por segunda vez a un aeropuerto. Va con su machete en la mano izquierda, y en la cabeza una cachucha con una bandera blanca, símbolo del 68. “Ahorita vamos al Zócalo, pero vamos a acabar con el Gobierno que nos quita nuestras tierras”.

Así avanza la marcha del silencio, miles que cubre un sentido de Reforma de la Diana a Insurgentes, bajo la llovizna. Es una tarde crepuscular y húmeda.

“Nuestros sueños no acaban en sus urnas 1968/2018”, dice el cartel que carga uno de los jóvenes. Llegan al Zócalo, con el puño izquierdo en alto, con la “V” de la victoria. “¡El que no brinque es porro! ¡El que no brinque es porro!”, y brincan, felices, jóvenes, alegres, a pesar de todo.

 


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