Eduardo Martín Piedra Romero / Futuro politólogo.
Eduardo Martín Piedra Romero / Futuro politólogo.

 “Aun así, uno se pone a reflexionar sobre la trascendencia cultural de México. El choque que presupone el desprenderse temporalmente de algunas costumbres, palabras, sabores y amores, respecto a la intensión de empaparse de lo nuevo. Es esto justo lo que genera un sentimiento nostálgico en cada uno de nosotros.”

 

 Llegamos a una casona restaurada recientemente en el Barrio del Cordón, uno de los primeros que se crearon fuera de la ciudad amurallada, la ciudad vieja, y actualmente es de los lugares más turísticos de la ciudad, así como el portador de varias dependencias gubernamentales, entre ellos, la embajada de México en Uruguay.

La representación que México sostiene en Uruguay se orienta en el sentido de la fraternidad y el cobijo para los patriotas que se encontraran acá, de tal manera que, la figura del embajador representa al ejecutivo de un país en otro. Pedimos visitarle para indagar sobre la Fiesta Nacional, que es una escenificación del Grito de Dolores para los compatriotas mexicanos que viven en el Uruguay El embajador, Francisco Arroyo, es un hombre amable, sencillo, cauto. Nos recibió, conversemos un poco, y recibimos los pases para la fiesta.

Ya instalados en la casa, conocimos a Belén y Bárbara dos uruguayas muy amables que nos han mostrado toda la hospitalidad del mundo. Entre charlas, bromas y tareas se nos van las horas de todas las noches. Nos han acompañado a hacer el abastecimiento de víveres para la semana, así como orientado en el acceso a algunos lugares y hasta llevarnos a comprar recuerdos de acá. Belén me ha acompañado a comprar libros, en una librería antigua, que recién abre de nuevo y trae a la vida a 70,000 libros de diversas categorías. No he podido resistir y he comprado a los clásicos uruguayos ante el mundo: Eduardo Galeano y Mario Benedetti.

La segunda semana ha sido más viva que la primera, la comodidad del barrio y la casa, la cercanía con las uruguayas y el acercamiento académico con la universidad, infiero con todo esto que la vida acá ha sido buena.

Aun así, uno se pone a reflexionar sobre la trascendencia cultural de México. El choque que presupone el desprenderse temporalmente de algunas costumbres, palabras, sabores y amores, respecto a la intensión de empaparse de lo nuevo. Es esto justo lo que genera un sentimiento nostálgico en cada uno de nosotros. Particularmente en septiembre con el tema del grito, desde el inicio de mi corta existencia siempre he festejado el día, uno está acostumbrado al pozole, a los tacos, los amigos, los cuetes, las tortillas, el guacamole y el tequila o la cerveza. El gritar al unisonó ¡Viva México!, disfrutar del mariachi, aunque sea solo por esa ocasión y la verdad es que el vivirlo desde afuera de mí país se siente distinto, como si profanara la fecha.

En Montevideo la fiesta se hizo el 14 y no el 15, como la tradición indica. La comunidad mexicana acá es pequeña y desconocida para mí.  Sólo tengo a Jaime, quien viene., como yo, desde Guanajuato; y, como sabemos los mexicanos, dos no hacen la fiesta. Las fiestas que las embajadas organizan, como lo dije líneas arriba es algo simbólico, es decir, no van más allá del grito y una pequeña degustación de lo poco mexicano que se puede conseguir.

Y es que un mexicano sabe que la fiesta no se reduce a eso; al contrario, la fiesta se compone de las horas previas donde va la cena, y horas posteriores donde la fiesta gira en torno al alcohol.

Acá eso no pasó. Todo cambió, hasta el clima. El saber que entre el 15 y 16 de septiembre a seis mil kilómetros y pico de distancia la gente que conozco y quiero está festejando y yo no, no de la misma forma.

Saberse mexicano y sin festejos patrios es como estar desnudo, es como tener un pasado difuso que se pierde entre la cotidianeidad y el estilo de vida de Montevideo. Acá entre asados, chivitos y maltas uno se consuela con la esperanza de agarrarles el gusto.

La semana tres fue de nostalgia. Mi lengua necesita del ardor generado por el picante, de la garganta amplia por el tequila. Mis ojos, de los fuegos artificiales que truenan, que plasman luces y colores. Y la canción de México en la piel se siente más que nunca.

Algo bueno saldrá de este choque cultural, así me consuelo.

 

 


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