Enrique Laviada
Enrique Laviada

La política show

Se pone de nuevo de moda que la política sea espacio, ocasión y hasta vocación de quienes prefieren el espectáculo como forma de acercamiento con el público.

De hecho, la idea de ciudadanía se confunde, precisamente, con la de público, en el sentido que tiene la palabra para designar a las personas que asisten a una presentación, para usar el anglicismo de rigor: un show.

Entre esos políticos los hay de todos los tamaños, edades y colores, la mayoría de las veces, simples; sin embargo, otras, hasta distinguidos por su investidura, trayectoria o pretensiones.

Harto show.

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No puedo olvidar, por más que lo intento (es ironía), aquellas imágenes de la candidata triunfante, Alejandra del Carmen León Gastélum, recién llegada a Morena, brindando con una botella de champán en la mano, al tiempo que insultaba a sus adversarios, haciendo vibrar las redes sociales en una instantánea picaresca propia de estos tiempos, ahora ellas es senadora de la República.

Pero qué decir, estimado lector, del tal Fernández Noroña, en uno más de sus actos de exhibicionismo agrediendo e injuriando a Porfirio Muñoz Ledo y a Martí Batres (quienes presiden la suerte de parlamento mexicano), para elevar la insolencia al grado de “lucha ideológica” entre la mayoría gobernante.

Aunque poco más tarde, fue el propio Batres, quien nos brindó el capítulo del almuerzo en su oficina, con el lanzamiento de su Tupper Chalenge, también difundido con el necesario ímpetu, en su lucha sin cuartel contra de los derroches burgueses (la ironía sobra) de sus antecesores, por la regeneración nacional y la cuarta transformación (suenan himnos proletarios).

Aunque muchos opinan que, la estatuilla al mérito de la frivolidad corresponde, Sergio Mayer Bretón, príncipe de la farándula, ahora convertido por obra y gracia de la bancada de Morena, en presidente de la Comisión de Cultura, a la que dijo puede representar aunque no sea un Sócrates, y con eso dijo todo.

Lo peor (siempre hay algo peor) es que la debida consistencia de toda esta barbaridad, suele correr a cargo del presidente Andrés Manuel López Obrador, con sus denigrantes fifís y sus corazoncitos y sus besuqueos, lo que al parecer ya le pesó en la investidura, y (dicho sea de paso) a pesar de su genio y figura.

Harto show

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Con ganas (muchas) de no quedarse atrás, los presidentes municipales electos (también por Morena), hacen tanto como pueden en estos recientes retos del espectáculo, a su manera, pueblerina y lo suficientemente patética.

Ahí tiene usted, por ejemplo, al tal Ulises Mejía Haro disfrazado de albañil, poniendo adoquines en una obra del centro de la Capital, como queriéndonos convencer de que sirve para algo, con un casco que le quedaba grande y un puesto ídem.

Sólo superado por Julio César Chávez, recogiendo basura en las calles de su demarcación, muy en su papel de improvisada hormiguita para darnos a entender que puede hacer su trabajo.

Por su parte, Saúl Monreal Ávila se nos aparece posando al volante de un enorme camión de basura, con la sonrisa de la casa bien ensayada, mientras el tiradero a cielo abierto en su demarcación se encuentra al borde de una verdadera catástrofe ecológica, pero no importa, lo que vale es la foto y el propósito.

Harto Show.

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Acertijo

De pronto lo esencial

 


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