Alberto Chiu
Alberto Chiu

La muerte de Susana Martínez, agente de la policía municipal capitalina, dejó un sabor de boca muy amargo tanto a la corporación, como principalmente a su familia y, finalmente, a la sociedad entera, pues además se le reconoció como una servidora pública ejemplar con casi 20 años de carrera en el área de seguridad pública.

Tal como lo dijo el actual titular de la corporación, el capitán Jorge Eduardo Muñoz Franco, “la mala suerte nos sorprendió” y, con todo y el poco o mucho entrenamiento y capacitación que pudiera haber tenido la agente Martínez, bien se sabe que muchas veces los delincuentes tienen mayor poder de fuego (y hasta suerte, si se le puede llamar así) a la hora de enfrentar a la autoridad. Nada se pudo hacer para salvar su vida, las heridas fueron demasiado graves.

Hay que reconocer, por lo menos, la valentía con la que, con esa poca o mucha preparación y capacitación, Susana hizo frente a delincuentes a los que perseguía, y con los que se enfrentó. No se echó para atrás, y quiero pensar que su intención debió haber sido, precisamente, “servir y proteger” a la ciudadanía de la capital para la que trabajó siempre.

Nada que reprocharle, mucho que reconocerle. No hay palabras para agradecerle y honrar su sacrificio. Quizás ese sea el tesoro que deja a sus hijas, a su familia.

Pero lo que no acabo de entender, es la posterior declaración del secretario General de Gobierno, Jehú Salas Dávila, cuando dice que el asunto de la delincuencia organizada –y la violencia que ésta genera– será algo que el gobierno federal tendrá que asumir, y que la estrategia tendrá que ser la dictada por el próximo presidente de México.

A ver, unas preguntas (si quieren, retóricas): ¿y cómo le va a hacer el próximo policía municipal que, como Susana Martínez, se tope con delincuentes de alguna banda del crimen organizado? ¿Les va a preguntar primero si los delitos que cometen son del orden federal o del orden común, para decidir si los aprehende o si se hace a un ladito hasta que lleguen las fuerzas federales, o la PGR, o el Ejército, o quién?

¿Cómo justificar que un elemento de policía municipal (de donde sea, conste) se quede mejor “resguardado” en su comandancia, mientras a las afueras de la misma, en las calles de su municipio, las bandas delincuenciales se agarran a balazos, como sucedió en Nochistlán? ¿Y con qué mecanismos y qué celeridad se harán presentes las fuerzas de seguridad federal, para tomar el control de la situación, sin menoscabo de la autoridad municipal?

Creo que ese discurso de “dividir” o “repartirse” las responsabilidades en el combate a la delincuencia (común, organizada, o de cualquier tipo), es más pantalla y pretexto, que estrategia real. Creo que la autoridad (municipal, estatal, federal) tiene una tarea muy bien definida en el combate al delito, y que si acaso lo único que hace falta es fortalecer la coordinación y el apoyo de un nivel hacia los otros.

Seamos claros: la muerte de la oficial Susana Martínez nos demuestra que hay policías municipales valientes, que sirven al pueblo incluso a costa de su propia vida. Y por triste o lamentable que suene, ese es precisamente el meollo de la vocación de un policía, sin importar su corporación. Ojalá su muerte no sea en vano, y que los políticos no la utilicen sólo para posar para la foto y para dar pretextos inútiles de su ineficiencia contra los delincuentes.


Nuestros lectores comentan

  1. diogenes el cinico ... lampareado...otra vez

    vuelvo a recalcar mi comentario que en dias pasado le hice al Sr. Laviada (el que considero un verdadero informador-periodista y critico) no como otros que estan en el periodico de enfrente de un solecito que hacen criticas idiotas, pero bueno me esto saliendo de lo que voy a comentar, los politicos en mi Mexico (reafirmo) son los mas estupidos, ignorantes, pelafustanes y mediocres que hay en el mundo su mente es 100% TEFLON, en esta redaccion se menciona a uno de esos, gracias señor Chiu que lo trasparenta como todos los vemos. punto.