ENRIQUE LAVIADA
ENRIQUE LAVIADA

Jair Bolsonaro

 

Viene en la prensa internacional que fieles de todas las iglesias evangélicas de Brasil rezan con fervor para que su candidato a la presidencia, Jair Bolsonaro, triunfe en los comicios que se realizarán el domingo próximo en aquel país.

Pero, en realidad, hacen mucho más que orar; lo que se sabe es que se encuentran en modo activista completamente definido y representan a segmentos muy importantes del electorado que, incluso, podrían ser decisivos para definir el resultado final.

Bolsonaro es un diputado de la ultraderecha, militar retirado, ideológicamente conservador, católico, que ha ganado adeptos rápidamente con sus posturas en contra del aborto, los matrimonios de personas del mismo sexo y por lo que llama una “nueva moral”, cuyos excesos llegan a la homofobia, la misoginia y el racismo, aunados a su nostalgia por el “orden y el progreso” que, supuestamente, impuso el régimen militar en los años setenta, uno de los más crueles y sangrientos que haya conocido la humanidad.

Pero este hombre tan reaccionario también ha aprovechado el hartazgo social hacia el grupo gobernante (proveniente de la izquierda) y la corrupción que impera en ese país, de modo que los brasileños, según algunos analistas, están tentados a retroceder en materia de democracia con tal de cambiar de ambientes.

Este señor Bolsonaro es un curioso representante de la transgresión y como otros populistas se alimenta de acosar a sus rivales y ofrecer al “pueblo” todo cuanto sea posible imaginar, aunque no necesariamente corresponda con la realidad.

Me suena.

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Andrés Manuel López Obrador

Viene el próximo domingo a Zacatecas, como parte de su gira de agradecimiento, justo en el momento en el que su presidencia se perfila como una de las más poderosas del México contemporáneo, rodeado de buenos deseos y una enorme expectativa.

Por él también rezaron fervientemente los integrantes de las distintas iglesias evangélicas, es más: algunos de ellos se organizaron en un partido de predicadores en busca del encuentro social y, desde luego, algunos cargos políticos, de modo que su participación fue clave en el proceso, y se sabe que ello implicó acuerdos relacionados con lo que aquí se denomina “Constitución Moral” y la sujeción de todos a “la voluntad de Dios” y el contagio de un lenguaje que mezcla lo cívico con los contenidos religiosos sin disimulo alguno.

El discurso oficial de los tiempos de la llamada “cuarta transformación” parece incluir, invariablemente, alusiones al bien y al mal, al perdón de los pecados y a la vida eterna, aunadas a las reservas morales que desde el poder amenazan velada o abiertamente la libertad de criterio, pensamiento y comportamiento de los individuos, un retroceso que los votantes no parecen considerar de importancia, con tal de echar del poder a los corruptos.

Esa tentación regresiva se junta con preceptos populistas que dibujan un presidencialismo omnímodo, una vuelta al pasado echeverrista, mediante una permanente alusión arcaica al concepto de “pueblo” que se sobrepone al ciudadano, sin cejar (ahora supuestamente desde la izquierda) en su determinación de ofrecer todo cuanto sea imaginable, aunque no necesariamente corresponda con la realidad.

Por cierto, se trata de un populismo que también se alimenta de acosar a sus adversarios, hasta colocarlos en calidad de enemigos, si fuese necesario.

Me suena.

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Acertijo

En la nebulosa del populismo, los extremos se juntan.


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