Alberto Chiu
Alberto Chiu

“Disculpen las molestias, nos están asesinando”. Así de lapidario era uno de los mensajes que, en silencio, portaba una de las manifestantes que ayer caminaron del monumento a González Ortega, por el centro de la capital, hasta la Plaza de Armas para plantarse por un rato frente a la llamada Casa de los Perros, y gritarle al gobierno del estado sus cuitas, su coraje, su desesperación y su decepción, malestares causados por la muerte de una de sus compañeras.

El “caso Paloma”, que ahora sabemos fue un secuestro que terminó con el asesinato de esta joven estudiante de derecho y a la vez docente de un centro infantil patrocinado por el Frente Popular de Lucha de Zacatecas (FPLZ), volvió a estremecer en cierto grado las calles de la ciudad. Pero sólo en cierto grado. Y al parecer el mensaje que me impactó tenía razón.

Pero es que al ver marchar a las compañeras, amigas y familiares de la maestra Paloma, no se podía dejar de notar que, al menos en algunos transeúntes esta clase de manifestaciones, más allá de una empatía o una solidaridad momentánea, les provocaba cierto grado de repudio, o rechazo, o “incomodidad”. ¿Qué de veras estamos tan desinteresados y tan apáticos como sociedad ante la desgracia de uno de los nuestros?

Si no, ¿por qué tendría esa joven que ofrecer disculpas por marchar, por manifestarse, por exigir seguridad para ella y justicia para su amiga o compañera desaparecida? ¿Por qué tendría que ser una ofensa para los observadores atestiguar esta exigencia de un grupo social que se siente vulnerado y vulnerable?

Si al gobierno le falta efectividad en la persecución de los delincuentes, y en la aplicación irrestricta de la ley, creo que a nosotros, la sociedad, nos falta más empatía para con las víctimas, y más compromiso para con nosotros mismos. Porque si hay que señalar las faltas, hay que señalarlas de ambos lados, y de esa no nos podemos escapar tan fácil.

Ayer fueron apenas unas doscientas personas las que marcharon en exigencia de justicia; la mayoría de ellos, identificados con el FPLZ, por el trabajo de Paloma en uno de sus Cendis; otros más, compañeros de escuela. ¿Y dónde está representado todo ese otro sector poblacional, el de la gente de a pie que también podría sentirse vulnerable y solidaria con ella, con su familia y con su sufrimiento?

Lo dicho, nos hacen falta muchas cosas: exigir con más firmeza y constancia al gobierno a que haga bien su trabajo, que imparta justicia y castigue a los culpables; pero también exigirnos entre nosotros a la acción, ya no sólo a ser simples espectadores, pasivos, ante las desgracias de nuestros vecinos, amigos, conocidos o familiares. ¿Qué hicimos nosotros para participar en la prevención de la violencia, o en la búsqueda de soluciones?

En algún momento, tenemos que hacer un examen de conciencia a fondo, y ver qué tanto nuestra propia desidia y apatía están, lamentablemente, alimentando también la violencia.


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