Enrique Laviada
Enrique Laviada

Sin duda es doloroso reconocerlo, pero Zacatecas destaca en el panorama nacional en lo que a mujeres víctimas de la violencia se refiere. Estas agresiones suceden en cualquier parte, a muy distintas horas, la lista de nombres es larga, las circunstancias sumamente penosas, las razones generalmente permanecen ocultas y los responsables muy rara vez son detenidos y de la impunidad mejor ni hablar, es que realmente duele, mucho.

El catálogo de ofensas en contra de la mujer puede ser consultado con facilidad en los expedientes abiertos, tenemos casos documentados de mujeres torturadas, desaparecidas, secuestradas, abusadas, asesinadas, en una espiral que no parece tener fin.

Las agresiones criminales en contra de las mujeres crecen de manera exponencial, en tal grado e intensidad que ninguna se siente segura ni en las calles ni en los lugares públicos ni en los centros de estudio o trabajo ni en los espacios de esparcimiento, vaya, ni siquiera en sus propios hogares.

Mujeres.

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En efecto, según estudios dados a conocer recientemente, las mujeres son víctimas de la violencia en formas que rayan en lo grotesco e ilustran la monstruosidad a la que se puede llegar en su contra. Los homicidios registrados muestran generalmente la saña y el uso (por los perpetradores) de medios para causar el mayor dolor posible, prolongar el sufrimiento y, además, dejar huella explícita de su atrocidad.

Toda esta información es, ahora, algo disponible en los archivos de organismos como el INEGI, y que atañen, por tanto, a una realidad difícil o tal vez imposible de ser ocultada, como se reconoce en los documentos difundidos con motivo de los días internacionales dedicados a la violencia en contra de las mujeres, a diferencia de otros tiempos.

Sin embargo, aún permanece la incertidumbre alrededor de las cifras negras, es decir, al respecto de la enorme cantidad de casos de agresiones criminales, ocultas en una especie de inconsciente colectivo.

Mujeres.

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Pero lo más lamentable es que, aun cuando esos crímenes responden a patrones determinados y plenamente identificables, la autoridad (salvo pocas excepciones) prefiere optar por la más absurda de las negaciones: se trata de una verdadera resistencia a reconocer una trágica realidad.

Todas las agresiones criminales en contra de las mujeres, dado su papel en la sociedad, no sólo afectan a la víctima directa, sino que son vidas que se rompen, en un sentido amplio, colectivo, que rebasa con mucho el sufrimiento individual.

A veces resulta increíble que a las fiscalías (incluidas las especializadas en delitos de género) les cueste tanto trabajo asumir la evidencia del feminicidio, asustan las tramas burocráticas tendidas alrededor de los casos, desespera la lentitud con la que avanzan (o no avanzan) las investigaciones, sorprende que se establezcan criterios rigoristas ante familiares de las víctimas, todo con el afán, se supone, de evitar la mala imagen de los gobernantes.

Lo cierto, con arreglo a las más recientes experiencias, es que la intervención de los grupos organizados de la sociedad en defensa de los derechos humanos de mujeres y niñas, las organizaciones no gubernamentales y la iniciativa valiente de los familiares de las víctimas son las que han producido, invariablemente, una actitud defensiva de la autoridad, a todos los niveles, independientemente del partido político de su procedencia, lo que se convierte en un simbolismo negativo que, posiblemente, sólo posiblemente, pueda cambiar con el nuevo gobierno, eso se espera, ésa es la expectativa, ésa es la esperanza social depositada.

Mujeres.

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Acertijo

No se busque en otra parte el sentido mismo de la evolución.


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