Enrique Laviada
Enrique Laviada

En diversos discursos el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, se ha referido al intermediarismo que practican algunas organizaciones, pero con dedicatoria especial a Antorcha (mundial), así la nombró, que ha crecido mediante la captación de recursos públicos que luego administra a su conveniencia, repartiendo los apoyos y llevando los programas sociales a sus agremiados.

Se acabó, dijo alzando la voz en una encendida arenga.

Con eso ha dejado perfectamente en claro que en el futuro será su gobierno (a través de sus representantes) el encargado de establecer relación con los grupos sociales, por lo que desaparecerá las figuras intermedias (se llamen como se llamen) y hará llegar programas, recursos y apoyos de manera directa.

Se acabó.

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De la manera de operar de Antorcha Campesina y Popular, puede obtenerse un auténtico catálogo de procedimientos respecto de ese intermediarismo al que se ha referido López Obrador, es más: se trata de uno de los casos más audaces y eficaces cuando hablamos del control de grupos sociales mediante recursos públicos.

Esta organización, liderada por Aquiles Córdova Morán, un conocido maestro de la Universidad Autónoma Chapingo, se remonta a principios de los años setenta, primero como una formación de cuadros, adoctrinados en la ideología política del marxismo-leninismo que, de acuerdo a planes y estrategias, penetraron en zonas campesinas y colonias populares de las que resultó el Movimiento Antorchista con fuerza principalmente en los estados de Michoacán, Oaxaca, Veracruz, Puebla, San Luis Potosí, Estado de México, Guerrero, Hidalgo y Sinaloa.

Hacia octubre de 1988, Antorcha realiza un giro en su definición política y se adhiere a las filas del Partido Revolucionario Institucional (PRI) con lo que logra alcanzar una presencia nacional, para entonces convertirse en una parte importante de la maquinaria electoral, logrando ocupar regidurías, alcaldías, así como diputaciones locales y federales.

Por estos días, esta organización ha sido blanco recurrente en los discursos de López Obrador en los que ataca el intermediarismo y sus perniciosas prácticas.

Se acabó, dijo.

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Sin embargo, lo que no ha dicho (una nueva contradicción) es que una parte notable (es ironía) de los liderazgos que le acompañan se distinguen, precisamente, por haber ejercido ese intermediarismo de manera harto profesional y con los mismos dividendos, de modo que resultaría casi imposible separarlos en buenos y malos, progresistas y retardatarios, o algo parecido.

Entre esos liderazgos brillan nombres (otra vez la ironía) tales como: José Narro, Dolores Padierna, Alberto Anaya, Alfonso Ramírez Cuéllar, Clara Brugada, Delfina Gómez, René Bejarano, sólo por citar algunos ejemplos de esos “luchadores sociales” que han trepado de un cargo a otro y captado cantidades impresionantes de recursos públicos, subidos en sus “organizaciones amplias” que incluyen campesinos, colonos pobres, taxistas, sindicatos, tianguistas, solicitantes de vivienda, deudores de la banca e inquilinos agrupados en un mosaico de membretes y asociaciones “independientes”, pero muy útiles.

En estos tiempos está, además, el agravante de que las fronteras entre los organismos propios del intermediarismo social y la organización partidista (léase Movimiento Regeneración Nacional) son prácticamente nulas, lo cual implica la existencia de “grupos corporativos” bien fincados, pero que Andrés Manuel López Obrador sólo identifica, quizá, como parte de su capital político electoral, y ni quien quiera aclarar absolutamente nada.

Y se acabó.

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Acertijo

Cría cuervos y tendrás criadero de cuervos.


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