Dr. Miguel Moctezuma L.
Dr. Miguel Moctezuma L.

El Costo Emocional de la Resistencia Pasiva: un testimonio

Días pasados un docente me expresó: “me siento cansado e impotente de no poder hacer nada frente a tanta impunidad en la UAZ, ya no puedo ni escribir, estoy bloqueado…” Este comentario me recordó una reflexión previa, que compartiré de manera resumida:

Algunos docentes de la UAZ de alto nivel creen que si no protestan, nadie los va a molestar y todo mundo los va a respetar. Así se han quedado callados por muchos años, con un costo personal y emocional que ahora los atrapa.

Un estudio comparativo sobre la estabilidad emocional entre docentes de la Preparatoria UAZ y los profesionales de la salud del Hospital General de Zacatecas revela diferencias abismales que son para preocuparnos, más marcadas e intensas en el primer caso. Sus manifestaciones son: el insomnio, la inseguridad, la angustia, el miedo, las afecciones gástricas y recientemente el cansancio y pérdida de la pasión por la docencia. Para algunos, la solución ha sido aceptar que nada se puede cambiar.

Por supuesto, tomar medicamentos para dormir, ayuda en algo. Sentir inseguridad indica que se ha perdido la certeza de aquello que nos daba estabilidad. Dicen los expertos que la angustia, aunque está unida al miedo, se diferencia de éste en que no se identifica la causa; en cambio, se sabe perfectamente la génesis del miedo. Por supuesto, esto agota emocionalmente y se somatiza en el cuerpo.

Cuando accedí a estos resultados, la primera sospecha fue que probablemente estas manifestaciones estaban sesgadas; pero, desafortunadamente se confirmaron. Esta situación es quizás más preocupante en los niveles de licenciatura y posgrado.

Inmediatamente recordé mis propias crisis emocionales: la primera cuando cursaba la preparatoria y mi pensamiento atado a las creencias religiosas se veía cuestionado con la ley natural de que “la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma;” entonces, todo el pensamiento sobre la existencia divina se me derrumbó. Ese hecho me llevó al dolor y a la culpa por aproximadamente dos años. Para entonces me era imposible poner en el centro la duda científica. La segunda crisis emocional la viví en el Doctorado. Llegué como un estudiante con los más amplios honores, con una formación profunda sobre el marxismo de Marx, desde ahí buscaba interpretar todo el conocimiento que recibía, hasta darme cuenta de que había vacíos teóricos y conceptuales que el marxismo no resolvía suficientemente, tales como: la agencia social, el género, la libertad y la dependencia humana, el racismo, la educación, la cultura, las identidades, las redes de relación social, etc. Necesariamente había que recurrir a otras explicaciones teóricas. Lo hice, pero, antes sentí que se me venía el mundo encima. A mi retorno a la UAZ todo me llevaba a dudar de las verdades, a observar el ritualismo con el que la mayoría de los colegas se dirigían a sus opresores.

Sin embargo, esa experiencia propia terminó reconociéndose como la manifestación de un problema más profundo: la crisis de los paradigmas teóricos, la contradicción entre el discurso teórico y político respecto de la realidad, así como el sometimiento personal a un sistema de sujeción que ahoga al más sano. Este reconocimiento es el camino que finalmente nos libera y nos hace fuertes “ante ese mundo vulgar y embustero”, como dice una canción popular. A todo esto, y como parte de la inseguridad que vivimos hay que agregar otros hechos: la precariedad y el acoso laboral que abarca principalmente a quienes han sido contratados recientemente, y cuya crisis financiera de la UAZ los agobia, sin poder encontrar certezas de solidaridad incondicional.


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