Alberto Chiu
Alberto Chiu

Ayer, de manera totalmente inopinada (así me lo parece), presidentes de diversos organismos empresariales ofrecieron una declaración conjunta para borrar (así lo pretendieron), de un plumazo, cualquier posible insinuación de que al menos durante el sexenio previo, el de Miguel Alonso Reyes, hubo siquiera un atisbo de corrupción.

Figuraron en esta declaración conjunta las cámaras de la Construcción, de la Industria de la Transformación, la del Comercio, Servicios y Turismo, la de los Restauranteros e incluso de la Coparmex, además de colegios de profesionistas como los ingenieros y los arquitectos, y otras diversas asociaciones gremiales. ¿Por qué? Sigo sin entenderlo.

Nadie quiso (ni quiere) hablar del “elefante en la sala”. Nadie quiso (ni quiere) hablar de un asunto tan deleznable y catastrófico como el de la corrupción de un gobierno, a pesar de cualquier evidencia de verdad como puedan ser, por ejemplo, las amargas experiencias de decenas de constructores, prestadores de servicios, vendedores de productos, etcétera.

La única –y endeble– argumentación que utilizaron los líderes de los organismos empresariales fue, según se consigna, el que “no se tiene registro ni denuncias formales que evidencien lo contrario”. Es decir, que si no hubo denuncias de corrupción, luego entonces (según ellos), no hubo corrupción. ¿De veras? Sigo sin entenderlo, y cada vez me resulta más difícil.

La explicación (no pedida) deja en el aire –y en la conciencia de muchos, no tengo duda– la todavía más terrible certeza de todo lo contrario: de que sí hubo actos de corrupción, de que existieron los cobros de moche o “diezmos”, que hubo (y hay) un montón de irregularidades acompañadas de una cauda de complicidades entre funcionarios y ciudadanos comunes y corrientes de las que nadie quiere hablar (el elefante en la sala…), porque sería prácticamente inevitable que acabasen todos ellos embarrados de porquería.

Más aún, surge también la suspicacia de por qué en este momento, y por qué ellos, salen a tratar de “lavar la cara” a un gobierno que insistentemente, en diversos testimonios periodísticos y en voces acalladas, fue señalado por la comisión de dichos actos ilícitos a cambio de favores y prebendas.

¿Fue una declaración para responder a la hoy senadora Soledad Luévano, quien insiste en perseguir con el peso de la ley a los corruptos del pasado, a quienes ha señalado incluso con denuncias formales? Y si así fuera, ¿qué obtienen con salir a defender lo que muchos de sus agremiados reconocen como verdad inatacable, pues fueron objeto de dichas prácticas?

Porque, además, matizan su declaración al asegurar que ellos no tienen evidencia de denuncia alguna, porque ellos no estaban al frente de las cámaras en el periodo en que se ha señalado la corrupción; y que por lo menos en lo que han ocupado esos cargos, defienden la transparencia y honestidad del gobierno de Alejandro Tello. Hay un elefante en la sala, y nos quieren convencer de que no está ahí. Y mientras no lo quieran ver, el elefante no se irá.


Nuestros lectores comentan

  1. Fernando Hernández lopez

    Totalmente cierto lo que describes Alberto, votamos este 1 de julio pasado para que se castigue a los corruptos.. En especial a Miguel Alonso Reyes.

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