Enrique Laviada
Enrique Laviada

El fin de semana publicamos una nota en la que se daba cuenta de un hecho atroz: en Sombrerete, una niña de apenas cinco años fue violada y asesinada, presuntamente por su tío (al tiempo su padre adoptivo), con la posible complicidad de la esposa. Recién nos asomábamos a la información y ya podíamos percatarnos de que se trataba de una historia terrible.

Apenas al día siguiente, luego de lo publicado por NTR, la fiscalía del estado convocó a una rueda de prensa para revelar los detalles de lo que ya había definido como un feminicidio, con el agravante ominoso de que se trataba, en efecto, de una pequeña niña colocada en absoluta indefensión desde al menos tres años atrás.

Fueron los representantes de la fiscalía quienes ofrecieron públicamente los detalles espeluznantes del historial de ataques, lesiones, heridas, vejaciones, dolor, abusos, a los que había sido sometida Lisa durante todo ese tiempo, sin que nadie la defendiera, sola, abandonada, indefensa, a merced de desquiciados.

La impunidad, la impunidad.

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Para cualquier periodista es complicado tomar ese tipo de “parte forense” (siempre tan lleno de tecnicismos legales), para traducirlo en palabras entendibles, directas, para dar idea de la enorme consternación que puede causar semejante tragedia.

Sólo una mentalidad burocrática e inexplicablemente obtusa puede confundir esa necesidad de hacer pública la información (por más descarnada que sea) con el morbo o algún afán de obtener primicias para los periódicos. Me refiero a la titular de la Secretaría de las Mujeres, Adriana Rivero (dolorosa ironía).

En un evento realizado un día después la tardía versión oficial de los hechos, la secretaria de las Mujeres declaró que en cinco años se han cometido 59 feminicidios en Zacatecas, de cuyos detalles (supongo) únicamente le interesan los eufemismos o las medias palabras.

Pero ni modo. Los datos más recientes sobre el caso de Lisa son inocultablemente perturbadores, pues resulta que ya fue confirmado el largo periodo de tortura al que fue sometida y todo apunta a la siniestra pareja que ayer fue puesta tras las rejas; seis meses durará la investigación complementaria para luego ir a juicio.

Como periodistas estamos acostumbrados a ver muchas desgracias, pero debo confesar que la muerte de Lisa, tanto sufrimiento, nos conmovió en el fondo del alma. No alcanza uno a entender qué clase de mente puede cometer un crimen tan abominable en contra de una criatura, pero pronto nos convencimos de que forma parte de un entorno en el que la muerte se hace costumbre.

La impunidad, la impunidad.

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La maraña burocrática que existe alrededor de este caso es reveladora.

Hasta hace poco, una tal Lorena Lamas era la procuradora de la Defensa del Menor, una burócrata arraigada que lo mismo ha ocupado cargos en el sistema electoral. El punto es que también fue integrante del Consejo Técnico de Adopciones y actualmente es secretaria ejecutiva del Sistema Estatal de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes, que depende de la Secretaría General de Gobierno. Fue ella quien (se supone) debió revisar las pruebas que acreditaban al tío de Lisa (ahora señalado como su victimario) para obtener su custodia.

Más tarde esta funcionaria fue sustituida por Griselda Basurto, quien duró un tiempo en el puesto, en calidad de “encargada” de la Procuraduría de Defensa del Menor, y quien tenía la obligación de verificar el proceso.

Finalmente, para contribuir a esta maraña burocrática, llegó el actual procurador, un tal Manuel David Pérez Navarrete, quien ayer mismo aseguró que, en su opinión y “desde su perspectiva”, los posibles autores del atroz crimen cumplieron los requerimientos para la adopción y eran, de acuerdo con la información documental disponible, “viables e idóneos”, como si el mundo fuera su escritorio, del que al parecer no se separa y disfruta con la notable pedantería de la cual puede ser capaz.

Lo único cierto es que, durante todo ese tiempo. Lisa fue víctima de torturas, vejaciones y finalmente asesinada, en tanto los burócratas buscan explicaciones a su ineptitud, las fiscalías no dan resultados, los funcionarios del gobierno estatal se lamentan y todos tratan inútilmente de taparse unos a otros.

La impunidad, la impunidad.

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Acertijo

Dicen que, pese a todo, era jovial y nada pudo apagar su inteligencia.


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