Alberto Chiu
Alberto Chiu

Durante casi dos décadas, el discurso del hoy presidente Andrés Manuel López Obrador alimentó, no cabe duda, un sentimiento que compaginaba con la creciente exigencia popular de un “cambio” que, aunque indefinido, se hizo sentir con fuerza en las pasadas elecciones del 1 de julio. El resultado, que coronó con el triunfo electoral y la reciente toma de protesta del nuevo mandatario, reavivó todavía más la esperanza de que todo lo malo cambiase pronto… pero no será así.

Y es natural, casi imposible cambiar un sistema y una inercia de la noche a la mañana, pero es que ese discurso, lleno de promesas y de anhelos, ya había calado hondo en millones de mexicanos. Sin embargo, ya el propio López Obrador ahora puso un pie en el freno, y en cambio pidió “paciencia” pues, según dijo, le dejaron “un país en quiebra”. La realidad ante las idílicas promesas.

Es cierto, prometer no empobrece, pero… ahora los mexicanos habremos de armarnos de esa romántica virtud de la paciencia para aguardar a que, en algún momento dentro de los próximos años de su todavía incipiente gobierno, logre efectivamente hacer realidad las tantas y tantas promesas hechas.

La paciencia que pide ahora el presidente no es otra –quiero pensar, con base en las ideas de corte religioso que ha manifestado– que la expresada como el valor de “tolerar, comprender, padecer y soportar los contratiempos y las advertencias con fortaleza y, por ende, sin lamentos”. En otras palabras, pide que el pueblo (completo, no sólo los que votaron por él) aguante, sin quejarse, a que cumpla su cometido.

Entre las comunidades cristianas (con algunas de las cuales parece bastante identificado López Obrador), la paciencia es una virtud de suma importancia y valía para el hombre, para su convivencia pacífica, y para alcanzar el desarrollo pleno sin apresuramientos ni apasionamientos, siempre acompañada de la perseverancia en la búsqueda del bien. Claro que es una visión romántica, que en muchos aspectos puede chocar con la realidad.

De modo que una vez asumido el poder y el mando de las instituciones, ahora el presidente establece un marco de realidad a sus pretensiones: el cambio no puede ser de sopetón, hay muchas inercias dentro del gobierno, y todos le tenemos que entrar al mismo cambio desde los ámbitos personales, pues si nosotros fallamos, será todavía más difícil que se transforme la realidad.

¿Y hasta dónde debe extenderse la paciencia del pueblo? ¿Cuánto tiempo es prudente aguantar, tolerar, soportar sin lamentos, esperando esa mejoría? No hay plazos definitivos, así que ya veremos hasta cuándo dura esta “luna de miel” que pide el mandatario del país.

Y habrá que esperar a ver cuánto aguantan, en esa espera, quienes sufren los embates de la delincuencia; quienes padecen el flagelo del hambre y la marginación; quienes no gozan de salud o educación; quienes de alguna manera esperaban –idílicamente, quizás– que su vida cambiara de la noche a la mañana con la llegada de López Obrador a la Presidencia.


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