Alberto Chiu
Alberto Chiu

Ayer escribía, en estas mismas líneas, que el nuevo presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, nos ha pedido paciencia para echar a andar todos los proyectos y dar cumplimiento a todas las promesas que hizo a lo largo no sólo de su campaña, sino desde hace años, y que a final de cuentas contribuyeron para su triunfo electoral.

Sin embargo, ese llamado choca luego con la realidad como la que, al iniciar esta semana, nos han mostrado por ejemplo ya los primeros escarceos de campesinos de El Barzón Nacional, que empezaron a presionar –pacíficamente, según ellos– para que se respete el precio del frijol prometido por López Obrador, y para que desde allá, a nivel central, sepan que aquí ya están esperando ver resultados concretos y tangibles en la atención del sector campesino.

Sí, es obvio que también se puede identificar inmediatamente como manifestación de presión política de grupos perfectamente identificados con personajes como José Narro Céspedes, con todo lo que ello significa en cuanto a las “negocias” que suele emprender a cambio de beneficios para él y sus seguidores.

Al mismo tiempo, y a pesar de que desde el domingo se formalizó la coordinación territorial de seguridad pública, la realidad también nos ha recetado este lunes un inicio de semana sangriento con varias ejecuciones, presuntos levantones y hasta supuestas amenazas a la autoridad municipal a plena luz del día, sin que se note todavía un “accionar diferente” en la participación de las diversas corporaciones policiacas.

Es cierto, estos primeros días son de acomodos, de cambios de personal, de muchísima incertidumbre para quienes terminan un ciclo y para quienes apenas lo inician, y es claro que en medio de esa incertidumbre se suelen colar muchos errores de coordinación y de transición. Ni son pretexto, ni son justificación. Las instituciones del Estado deberían –al menos en teoría– estar listas para seguir funcionando sin menoscabo, a pesar de estas etapas de transición.

Lo único que podemos esperar los ciudadanos es que esta etapa transicional pase rápido, que no deje lugar a dudas sobre lo que cada funcionario de todo nivel debe hacer, y sobre las responsabilidades que corresponden a cada quien. Vamos, para el ciudadano de a pie la transición debería ser absolutamente “transparente”, en el sentido de que no debería percibir cambio alguno en la solución de sus trámites ni problemas.

Pero no siempre es así, pues ya que las instituciones están integradas por seres humanos con virtudes y defectos, no faltará la ocasión en que éstos últimos se impongan, y ya sea por envidias, por rencores o revanchas, quienes se van luego suelen no dejar los “trastos limpios” para el que les sustituye, sin ver que quien verdaderamente resiente los errores… es el ciudadano.

Así que en lo que se acomodan los nuevos funcionarios y se acaban de ir los que ya terminaron, efectivamente armémonos de paciencia, pero no dejemos de observar detenidamente las primeras acciones de quienes llegan. En ellas, muy seguramente encontraremos la clave de cómo se conducirán en lo sucesivo.


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