Enrique Laviada
Enrique Laviada

En una declaración verdaderamente patética, hecha desde su cuenta de Twitter, Porfirio Muñoz Ledo dice que Andrés Manuel López Obrador es un “iluminado”, lo que podría quedar sólo en una volada, de no ser porque el declarante es, al momento, quien encabeza y representa a la Cámara de Diputados.

El señor Muñoz Ledo ha ido demasiado lejos al agregar que el nuevo Presidente de la República “se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria (por siempre, señor). Se develó como un personaje místico, un cruzado, un iluminado” (suenan fanfarrias celestiales).

Para el emocionado legislador (no es ironía), el titular del Ejecutivo, en la era de la llamada cuarta transformación, supera todas las barreras y aparece como “auténtico hijo laico de Dios y un servidor de la patria”, lo que hemos visto, dijo, es “una transfiguración” (la del Presidente) que vagaría entre lo humano y lo divino.

Un “iluminado”.

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Este señor Porfirio Muñoz Ledo, puesto en un repentino estado de arrobo, representa con exactitud lo que no conviene en estos momentos al país, es decir, un gobernante idolatrado al extremo, todopoderoso, inapelable.

Sorprende, además, que semejantes palabras vengan de un personaje que se rebeló al sistema, justo frente a los excesos presidencialistas, recuérdese que encabezó la rebelión priísta conformada por la entonces sorprendente Corriente Democrática que perfiló lo que sería la ruptura política más significativa e importante en contra de una imposición presidencial.

Me resulta penoso (del verbo tengo pena ajena) verlo arrodillado ante un Presidente que ahora se desborda del común autoritarismo para convertirse en un “hijo laico de Dios”, casi infalible, al que se le debe no sólo respeto, sino una especial veneración.

Con ese tipo de “sentimientos profundos”, esta versión del culto a la personalidad podría superar todas las anteriores (con cierto espanto), ya que al respecto la historia consigna su resultado final en regímenes totalitarios.

Un “iluminado”.

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Esa extraña sacralización de la política, en especial referida a la imagen de López Obrador, que pretende colocarlo en una escala “superior” no es buena idea y creo que lo hará, tarde o temprano, vulnerable como jefe de Estado, en una mitificación parcial y socialmente inoperante.

Las visiones religiosas y místicas son excluyentes por definición, hacen al personaje intocable, por ser (o pretender ser) algo relacionado con el mundo de lo divino, ante el que todos debemos rendirnos, sin reparo alguno.

Imagine usted, estimado lector, que tales deslices “espirituales” fuesen incluidos a la manera de preceptos en la anunciada Constitución Moral, para consumar un extravío similar al de Muñoz Ledo, sólo que esta vez en forma de norma común, impuesta desde el gobierno.

Comparto la opinión de quienes ven en todo esto un riesgo sin precedentes; lo que necesitamos en México, luego de la tremenda victoria electoral de López Obrador, no es un “iluminado”, sino un Presidente con la debida tolerancia hacia las distintas posiciones, prudente en sus palabras, cuidadoso de la convivencia democrática, generoso hacia sus opositores, que sepa reconocer la necesidad de incluir, amigo de la pluralidad y firme en sus principios.

Un Presidente, no un “iluminado”.

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Acertijo

A Dios lo que es de Dios y lo demás debería darse por bien sabido.


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