Mara Muñoz
Mara Muñoz

SERE(Í)S LIBRES EN DESIERTOS HUMANOS

El desierto humano atraviesa el continente, desde la Patagonia hasta la América del norte. En este páramo de conciencias, habitamos una manada de mujeres que no calla, que habla desde la rabia, la dignidad y la memoria. No callaremos, dejamos saber ante la fría mirada de quienes han normalizado el horror. Lucía Pérez tenía 16 años, fue violada y asesinada de la forma más brutal, esa que deja en nuestras cuerpas de mujer el mensaje del dominio masculino, de la profanación de la última célula que fue ajena antes de nacer. Ella murió torturada y la respuesta de la justicia argentina fue una sentencia pírrica y la libertad de los asesinos. El mensaje es claro, la justicia del Estado es patriarcal, no sólo se queda en el aire la proclama que ante la barbarie no hay justicia que alcance, la que alcanza en su sistema se burla de nosotras, del dolor de nuestras comunidades estrujadas en su entraña por la violencia, por el irrespeto a nuestro derecho más básico: la vida.

De este lado del continente, Mariel con cinco años nunca conoció la familia perfecta que promete este sistema. Para ella fue ajena toda solidaridad humana, esa que proclaman aquellas buenas conciencias que prometen salvar las dos vidas, y que sólo se interesan en la otra cuando de controlar su cuerpo se trata, o cuando “lo humano” tiene forma de cigoto. Desde que nació esta niña de Sombrerete, un pueblo donde la gente hace alarde de cuidar de su comunidad,  sufrió la dureza de los golpes de su madre, en ese punto el Estado intervino para entregar su guarda y custodia al verdugo que la torturaría sexualmente hasta asesinarla. También en México impera la justicia patriarcal, y cuando una feminista da estos argumentos, todavía hay quien se atreve a decir que hombres y mujeres somos oprimidos, que en nuestra opresión no hay diferencias, que no hay nada de particular en la forma en que nos aniquilan a niñas, jóvenes y ancianas.

Nadie nos robará la palabra, nunca más seremos víctimas de nuestro silencio. Quien sepa leer entenderá que nuestra elección es resistir, enunciar, nombrar a nuestras muertas para que nunca más queden encubiertos los agresores en el olvido. Las compañeras feministas lo dicen bien, frente a la justicia patriarcal, memoria feminista. Por nuestras muertas, una vida de lucha. Porque el dolor hermana nuestras manadas, porque el agravio histórico al que hemos sido sometidas tiene que quedar en los poemas que escribimos en nuestras cuerpas en resistencia. Subvertimos su razón, su moral, sus leyes, nuestra presencia está para ser incómoda y las formas de recordarles su miseria son múltiples. Día a día las exploramos, las agrandamos para resistir desde nuestros pensamientos hasta nuestras acciones.  Porque la vida de Lucía nos inspira a todas, repartidas en el mundo. Porque la indefensión de Mariel nos recuerda que aún viven millones de niñas dejadas a su suerte en manos de verdugos. Porque ya no nos da miedo decir que la mayor violencia que recibimos las mujeres es de los hombres. Porque de la Patagonia hasta México, nuestra América Latina, se extiende un desierto humano, en el que danzan almas libres que no conocen la rendición ante esta guerra contra las mujeres.

 


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