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México.- Al hablar de su progenitor Rafael Tovar y de Teresa (6 de abril de 1954-10 de diciembre de 2016), la noche de este viernes en el Palacio de Bellas Artes, Rafael Tovar López-Portillo dijo que este lugar recoge la vida entera de su papá y en donde se puede entender su pasión creadora y su vocación al servicio del país desde distintas disciplinas.

Se dijo orgulloso y honrado de estar en el «Palacio de Mármol». “Este recinto es acaso el lugar en el que, a través del cual, podría contarse la vida de mi padre. Es a este lugar adonde se dirigía los domingos de su infancia y adolescencia, dejando atrás el mundo decimonónico de casa de su abuelo Guillermo, para adentrarse en el mundo de la música, su eterna compañera”.

Recordó que fue en ese palacio desde donde despachó, primero como director del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes), después como presidente del Conaculta (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes) y finalmente como secretario de Cultura.

“Fue aquí que, a mis 11 años, le pregunté qué era para él la muerte, respondiéndome que la muerte sería no volver a escuchar el concierto para piano número 23 de Mozart”.

Comentó que fue en este sitio donde su padre se inspiró en lo personal y en lo profesional y desde donde ideó la creación de su obra literaria, de ideas e instituciones que le dieron sentido a su vida, “y desde donde ayudó a comprendernos mejor como país y como cultura desde la institucionalización; decía que si no se logra que todo aquello que vale la pena se institucionalice, nada permanece en el tiempo, pues las ideas se anulan”.

Destacó que siempre le resulta interesante encontrarse en el Palacio de Bellas Artes, lugar de inspiración de su padre y que seguramente nació en el corazón de Porfirio Díaz para ofrecerle al pueblo de México un lugar de expresión, de libertad, de creación y de todo aquello que más distingue a las sociedades: su cultura y sus tradiciones, y que abre el diálogo para entender al resto del mundo.

A lo largo de los años, dijo, “hemos podido ver cómo el Palacio de Bellas Artes ha transitado del espacio físico al espacio simbólico del quehacer cultural, y a veces político, de nuestro país. Por eso es importante pensar que el quehacer, la creatividad, los actos de las personas trasciendan al tiempo a través de la institucionalización, para garantizar su permanencia a través de normas que establezcan los criterios para su operación y ejercicio”.

Rafael Tovar y de Teresa, historiador, diplomático y abogado, fue embajador de México en Italia, tres veces presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y primer secretario de Cultura de México.

A él le correspondió presidir la comisión encargada de organizar y llevar a cabo las actividades para la conmemoración del Bicentenario de la Independencia Nacional y del Centenario de la Revolución Mexicana.

“Mi padre fue creador de un sinnúmero de programas e instituciones que hoy permanecen y que vale la pena recordar: el Centro de la Imagen, el Canal 22, la Videoteca Cultural, el Sistema Nacional de Fomento Musical, el fideicomiso para el Museo de Arte Popular, el Programa Nacional de Desarrollo Cultural Infantil Alas y Raíces a los Niños, la Agenda Digital de Cultura, el Centro Nacional de las Artes, el Programa Cultura para la Armonía y, finalmente, la Secretaría de Cultura”, subrayó.

Tovar López-Portillo añadió que otra de las pasiones de su padre fue la historia. “En lo que empezó como una curiosidad infantil por querer saber qué, cómo, cuándo, por qué y para qué, papá comenzó a preguntar sobre su familia y a interesarse por los suyos, vivos y muertos. En las largas sobremesas en casa de su abuelo, escuchaba a sus mayores hablar de lo que él consideraba ‘un verdadero paraíso perdido’”.

Así es que supo de la llamada “Casa Grande”, la finca de Tacubaya que tenía, entre otras gracias, teatro, lago, zoológico y hasta un tren. Así supo que la “Susana”, la pequeña locomotora, acabó en Anaheim, nada menos que en Disneylandia y que por ahí debe seguir arrumbada.

“Ahí fue que supo de los baúles llenos de acciones que perdieron su valor después de la Revolución y del crash de 1929 y de los estuches vacíos que alguna vez protegieron las joyas familiares”.

Así supo que la tatarabuela Susana mandó a hacer en París un espectacular collar de esmeraldas, brillantes y rubíes que únicamente usó para el Baile del Centenario en 1910. También escuchó las historias del tío Nacho, Ignacio de la Torre y Mier, yerno del General y propietario de la hacienda de San Carlos Borromeo, en donde conoció a Emiliano Zapata, entonces su capataz.

“Ahí supo que el tío José, casado con María Luisa Romero-Rubio, hermana de Carmelita, fue el primer embajador de México en Austria después de la cobarde ejecución del emperador Maximiliano. Fue en esas sobremesas con el abuelo Guillermo y con el tío Nacho, con mis abuelos Isabel y Rafael y con su adorado hermano Guillermo, con quienes escuchó por primera vez de la Revolución y de un nombre que marcaría su vida: Porfirio Díaz, a quien la familia siempre ha profesado un enorme cariño y un inmenso respeto”, dijo.

Fue así, después de esas pláticas, que su curiosidad fue creciendo y que a los 31 años lo llevó a escribir en diversos cuadernos que sirvieron de anecdotarios familiares. Ahí quedaron plasmadas historias que más adelante fue hilando para construir lo que después se llamaría “Paraíso es tu memoria”, su primer y única novela publicada. “Meticuloso como era, se vio inmerso en una cantidad de información que lo rebasó incluso a él”.

De esa forma, Rafael Tovar y de Teresa comenzó a toparse con datos y detalles difíciles de incluir en una novela, pero no imposibles de utilizar en otros textos y fue ahí que tuvo la idea de escribir “El último brindis de Don Porfirio”, una minuciosa crónica sobre los festejos del Centenario de la Independencia y del último año de un presidente que gobernó por más de tres décadas.

“En dicha obra, mi padre publicó documentos inéditos y fotografías nunca antes vistas de archivos públicos y privados que le sirvieron para mostrar la transformación que el país vivió durante los años del gobierno del General Díaz, pero también la enorme desigualdad económica y la polarización social que ha sido nuestra máxima falla como nación”, enfatizó el hijo del recordado intelectual mexicano.

En el libro se da cuenta, además de las magníficas fiestas, los maravillosos uniformes militares, las distintas delegaciones extranjeras que asistieron y de la fastuosidad generalizada, de las más de mil 500 poblaciones que se beneficiaron de una infraestructura nunca antes vista. “Dichas muestras tangibles, fuera de utilidad social o con significado cívico o histórico, incluyen al Palacio de Bellas Artes”, acotó.

Por su parte, “De la paz al olvido”, otro de sus libros, narra los últimos años de don Porfirio, de su renuncia a la Presidencia de la República, a su muerte en París, mostrando el lado más humano de Díaz, “un hombre que no supo dejar el poder a tiempo y que, desde el exilio en Francia, vivió la I Guerra Mundial, pero también las noticias que le llegaban de México: la Revolución, la incesante lucha por el poder, el conflicto armado y el conflicto social del país que gobernó y por el que dio todo, hizo todo y sacrificó todo”.

Así, la víspera se realizó el relanzamiento de “El último brindis de Don Porfirio” y “De la paz al olvido” actividad que, señaló, “nos da la oportunidad de honrar la memoria de mi padre, pero también de recordar estas dos obras fundamentales para entender, en el caso del primero, el fin de una era y, en el caso de segundo, el fin de una vida, la de Porfirio Díaz”.

Este relanzamiento, llamado “Una visión del fin de una era”, rubricó el hijo del ilustre mexicano, hace referencia a la era de don Porfirio. “Una era que, a mi parecer, no ha finalizado sino que se ha transformado. Por su parte, la era de Rafael Tovar y de Teresa es una que tampoco finaliza, pues su obra, toda ella, literaria y política, perdurará, al igual que la de don Porfirio, por muchos años más”.


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